El maestro y su biblioteca

Cesar-DelgadoCon seguridad César Delgado Díaz del Olmo es uno de los profesores de colegio más extraños de este país. Hace algunas décadas se internó en el valle de Siguas para enseñar en una escuela rural unidocente. Llevó consigo una máquina de escribir y algunos tratados de Historia, Psicoanálisis y Estructuralismo, y en la soledad de un cuarto, apenas amparado por la tenue luz de una bombilla escribió el libro ahora titulado “Garcilaso, el mestizo”, un ensayo que explica cómo el bastardo, negado por el padre, intenta curar la herida y “Crea un orden ideal que acoge a todos los mal nacidos de este mundo”.

 Y con la inocencia de los apasionados César explica su hazaña: “Aunque sea por simple curiosidad, conviene seguir una idea hasta el fin”. Su libro anonadó a los intelectuales limeños por la osadía y solvencia de las ideas de un maestro primario; quien desde entonces fue ascendido a la calidad de “autodidacta”. El temerario Delgado había escrito desde la provincia, desde el margen y en soledad, (como le ha dicho estupefacto el psicoanalista Max Hernández), alejado de las escuelas de Literatura e Historia de la UNSA, sin recibir bonos de investigación, y aprovechando feriados y huelgas.
César volvió a la lid hace dos años cuando notó la necesidad de una Biblioteca Juvenil que permita a los escolares entender a su ciudad a través de la literatura. Y con la terquedad que lo caracteriza puso manos a la obra: “El principal criterio para la selección es que estaba dirigida a los jóvenes. Primero hemos escogido algunos clásicos: María Nieves, Melgar, Flora Tristán; después, hicimos antologías de cuentos, tradiciones y leyendas arequipeñas, “Arequipa y los viajeros”, “Meditaciones arequipeñas” que es una colección de ensayos cuyo tema es Arequipa, todo orientado al escolar”.
Le miro incrédula porque no imagino a un escolar, y ni siquiera a sus colegas, enfrentándose a tales lecturas. César levanta la mirada, con paciencia de maestro explica: “Como soy profesor tengo confianza en que los escolares recibirán los textos muy bien, llenarán un vacio porque no tenían textos arequipeños para leer”. Pero mi desesperanza continua y Delgado argumenta: “En los libros antiguos hemos modernizado totalmente el lenguaje con el fin de facilitarle la lectura al escolar, estos libros no son para especialistas, sino para escolares. Incluso en Garcilaso hemos llegado más lejos, es uno de los textos más antiguos y más difíciles, y allí hemos actualizado el lenguaje con especial cuidado, también la ortografía, sin quitarle el sabor original, pero pensando en facilitar su lectura”, y todavía quedo con dudas.
Pero César, como todo buen maestro, no deja de dar lecciones: “La idea es incentivar los valores locales, de aceptación, de conciencia regional; esa es la idea que guía esto, no es solamente un proyecto académico, es un proyecto que quiere influir de alguna manera en la vida de las personas, quiere un cambio de actitud con respecto a su lugar de origen, quiere que formen el valor de la identidad regional. Los escolares jamás tienen lecturas con motivos regionales, y ahora se las brindamos”.
Y por fin entiendo, César como todo buen autodidacta no se guía por los fines prácticos ni mercantiles. Si lo hiciera no se le hubiese ocurrido el proyecto o hubiera pensado en textos fáciles. Entiendo que este maestro respeta a sus alumnos y por tanto les tiene fe, no los observa incapaces de leer un clásico arequipeño, no los mira inermes, él todavía cree en el deber ser, en lo que podría ser de la generación nueva si se acercara a su ciudad por me acaba de enseñarme algo sobre la democracia cultural: perder las esperanzas en la capacidad de discernimiento de los otros, es ubicarse en un lugar exclusivo, pero también es atribuirse el derecho de restringirles a los otros la capacidad de conocer.

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