Revolutionary Road

Cuando los individuos que se saben “especiales” viven en un mundo de medianía y frustración, tienen dos opciones: la mentira o el sufrimiento. Este es el tema de Revolutionary Road, una de las mejores películas del 2008, dirigida por San Mendes, el británico director de teatro que un buen día se animó a hacer cine y ganó un Oscar con su tercer film, Belleza Americana, cuyo contenido también aborda el cansancio ante la vida “simple”.

Después de dos películas más, Camino a la Perdición  y Jarhead, que no tuvieron mucho éxito, Mendes  vuelve a retomar su tema y adapta al cine la novela Revolutionary Road, del escritor norteamericano Richard Yeats, no muy conocido por estos lares, pero que goza, según la crítica, con la solvencia de Cheever, Carver y Ford.
Revolutionary Road es el nombre de la calle donde se ubica la pequeña, común y encantadora casita de los Wheelers, un joven matrimonio de la década de los cincuenta, que parece “especial”, pero que en realidad vive una vida como todos. Frank, interpretado por Leonardo Di Caprio aparece, en bien logradas escenas, entre cientos de norteamericanos burócratas, todos  vestidos de la misma forma, terno de empleado y sombrerito maltrecho, que van a prisa rumbo a sus rutinarios trabajos.
April (interpretada porKate Winslet), la esposa, una ex estudiante de teatro, convertida en un ama de casa con dos hijos, se ve sacando el basurero, lavando los trastos y respirando pesadamente el hartazgo de la cotidianeidad. Después de recordar las pretensiosas conversaciones que ella y su esposo sostenían cuando eran jóvenes, se le ocurre que la solución es un viaje a Paris, la ciudad donde, según Frank “la vida se siente real”.
Frank se convence del viaje a Paris y, desde entonces, ambos viven la felicidad del poder de dejarlo todo atrás. Los vecinos y amigos, gente común, piensan que el plan es una disparatada irresponsabilidad, lo cual afirma en los Wheelers la conciencia de ser especiales.
Solo John, un doctor en matemáticas que ha caído en manos de un hospital psiquiátrico, interpretado por Michael Shannon, nominado al Oscar como mejor actor de reparto, aprueba la idea. “Huimos del vacío sin esperanza”, le explica Frank y John, maravillado, responde: “Mucha gente se da cuenta del vacío de la existencia, pero hace falta muchas agallas para ver la desesperanza”.
Cuando las maletas ya están listas, April se da cuenta que está esperando un tercer hijo, y a Frank, que ha heredado de su padre un mediocre puesto de vendedor, le ofrecen un ascenso irresistible. Ella piensa en el aborto para continuar con el plan, pero él se ve tentado: Ir a Paris para descubrir un talento que quizá no tenga o escalar en la empresa y lograr lo que sus antepasados no pudieron.
El conflicto se desarrolla con diálogos enfurecidos, pero reveladores: “nadie olvida la verdad, solo se perfecciona la mentira”, “hay que tener valor para llevar la vida que uno desea”. Fracasa el viaje a Paris. April confiesa lucidamente que su maternidad ha sido un error y decide abortar. El final no es trágico sino patético, no podría ser de otra forma, para estos seres a quienes la rutina no les ha quitado la conciencia de ser diferentes.

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