Bryce en Arequipa

En junio de 2009 Alfredo Bryce estuvo en Arequipa para recibir el grado de Doctor Honoris Causa por la Escuela de Educación de la UNSA. Tres de los integrantes de “Apóstrofe” (Willard Díaz, Goyo Torres y Jorge Monteza) lo entrevistamos ante cientos de jóvenes estudiantes, en el Aula Magna de la Universidad. Ahora que se anuncia su retorno, para la FIL 2011, es oportuno recordar fragmentos de esa memorable conversación publicada por la Revista.

WD.- El cuento La esposa del rey de las curvas, de tu último libro, parece una metáfora autobiográfica acerca de los inicios de tu vocación literaria. ¿Es esto cierto?
AB.- En efecto, es un cuento muy real, pero a la vez es una enorme ficción acerca de la ficción, acerca de la forma en que descubrí la Literatura. El origen de mi vocación está en la noche de los tiempos, pero si me exigen un detalle probablemente el mío sea que un día por la avenida Salaverry, de Lima, que es una avenida muy grande y llena de muchas curvas y árboles, volvía yo del centro con mi padre, hombre ordenado, respetuoso, tímido, silencioso, que no era un campeón de nada —era un campeón de sí mismo porque era un padre maravilloso, entrañable—, ni correspondía a la idea del héroe que necesita un niño. Pero por una de esas coincidencias que tiene la vida, que son maravillosas, resulta que mi padre tenía un carro similar al de un corredor famoso en esa época conocido como “El rey de las curvas” por la velocidad abracadabrante en que daba las curvas y recuperaba terreno y así ganaba la carrera, Arnaldo Alvarado, famoso en toda Latinoamérica. Mi papá tenía un carro igual al suyo, y aquel día en las curvas de esa avenida me dijo “¿Por qué no probamos este carro estupendo?” y empezó a acelerar y acelerar, y yo lo vi crecer y crecer con un efecto maravilloso, empecé a mirarlo de abajo hacia arriba, grande y heroico él; hasta que dijo “¡Cuidado! Mejor llegar cinco minutos tarde y no perder la vida”. Y entonces disminuyó la velocidad y volvió a ser normal. Y yo pensé “Qué desperdicio de papá que tengo”.
Pero al día siguiente que fui al colegio dije “Mi papá es Arnaldo Alvarado”. Me llamaba yo Alfredo Bryce Echenique, comprenderán ustedes lo difícil que era probar que yo me llamaba Arnaldo Alfredo Bryce Echenique Alvarado, era complicadísimo. Solo la magia de esa historia hacía que mis compañeros la oyeran.
Ya había creado yo otras fabulaciones. Un día conté en mi casa que durante la primera comunión vi entrar al pavo real del colegio, que el padre le dio la hostia junto a mí y el pavo con gran devoción y muy contrito recibió la comunión, y que inflado y feliz salió de la iglesia. Contaba todo esto a mis padres y, lógicamente, ellos pensaban “Qué tipo tan increíble hemos dado a luz, un loco más en la familia”. Yo fui de esos niños que cuentan a los adultos cosas que los entretienen, y con eso todos son felices. Probablemente ese es el origen de mi vocación.
Tiempo después mis parientes me dijeron “¡Ah, pero si tú eras desde niño un escritor nato!”. Podía ser, pero por entonces yo odiaba la literatura. Odiaba esos libros horrorosos de mis tías. No quería leer sino inventar mis propias historias. Pero un día tomé consciencia de que la ficción era mi destino y de que yo sería escritor. Y si no había leído literatura infantil era porque había creado mi propio universo ficticio. Entonces empecé a leer con una curiosidad voraz.
La respuesta que me piden termina cuando ese día, mientras contaba yo que mi papá era Arnaldo Alvarado, llega mi mamá y entonces todo los niños corrieron hacia mi mamá y le preguntaron “Señora Bryce, ¿es usted la esposa de Arnaldo Alvarado?”, y mi madre les dijo “Si mi hijo lo ha dicho, por supuesto, soy la esposa del Rey de la curvas”. Me salió el cuento perfecto.

WD.- ¿Es cierto lo que hemos leído en algún lugar, que tu primer libro de cuentos se perdió, lo cual fue muy doloroso para ti, y que cuando tuviste que reescribir los cuentos de “Huerto cerrado” añadiste el célebre “Con Jimmy en Paracas”?
AB.- Cuando terminé mi primer libro de cuentos, en Italia, regresé a París. Lo tenía metido dentro de una maleta en el automóvil. Los ladrones abrieron la maletera y se llevaron entre mis cosas el manuscrito. Por supuesto, sufrí mucho, pero dije “Con llorar no voy a lograr nada” y me puse a escribirlo de nuevo.
Yo había sido formado en la Universidad de San Marcos y allí leí mucho, luego enseñé Literatura en París y leí a los grandes escritores latinoamericanos de ese momento, a Vargas Llosa que empezaba su carrera, a todos los escritores del llamado boom latinoamericano.
No había escrito todavía nada mío, pero me di cuenta de dos cosas: primera, yo había crecido dentro de una familia que tenía un gran sentido del humor, pero en todas esas grandes obras nadie se reía, el humor estaba prohibido; y me dije “Esto no es vida”, porque en la vida hay humor; y segunda, como ya había viajado mucho, conocía varios países, había vivido en veinte casas, dije “Voy a contar las diferencias, los valores que cambian y caducan en diferentes países. He descubierto a mi país por contrate, en la distancia; voy escribir sobre él”. Como decía un gran escritor peruano, Julio Ramón Ribeyro: lo único que he aprendido en Europa es hasta qué punto soy peruano, ¡bah!”.
Y así empecé a hacer una literatura oral como de cuentacuentos, donde la palabra quería imitar la emoción de la vida misma. Lo cual no es fácil, porque hacer literatura oral no significa grabar una historia. Una vez me rompí un brazo y no podía escribir; entonces alguien me dijo “Si escribes como hablas, entonces grábate”. Me grabé y descubrí que hablaba como un sacerdote jesuita en esa soporífera misa de domingo a la una. Y, claro, quedé aterrado. Cuando me quitaron el yeso volví a escribir de nuevo.
De modo que cuando tuve que rehacer mi libro “Huerto cerrado” traté de añadir a mis cuentos el humor y de responder a la pregunta ¿hasta qué punto soy peruano, un peruano frente al mundo, uno de esos peruanos viajeros, desterrados, que buscaban un destino diferente, que ven desaparecer las fronteras culturales y sociales? Y empecé a escribir una literatura sobre las ciudades a las que llegaba, riéndome de ellas pero con una risa de curiosidad, de amor, de generosidad; y quería inventarlas a través del prisma o de la mirada de un peruano.
Eso traté de hacer desde mi primer libro de cuentos. Al terminarlo la primera vez, sin embargo, dije “Esto me parece todavía demasiado formal”. Había leído por entonces a un escritor extraordinario, argentino, que conocí en París y del que llegué a ser gran amigo aunque era mayor que yo, Julio Cortázar, que era un gran desmitificador de las instituciones, burlón, irónico. Era el primer escritor que empezaba a reírse con el mundo y del mundo pero sin burlarse, a partir de una observación amorosa del mundo. Y bajo ese influjo escribí “Con Jimmy en Paracas” y descubrí que para hacer literatura oral había que inventar una oralidad escrita, que se recrea a partir de mucho trabajo con nuestra gran lengua española; y también que tenía que ir leyendo y buscando entre los fundadores de nuestra literatura. Me di cuenta de que la jerga del Perú de un viaje mío a otro ya no valía, un joven de diez no hablaba como uno de quince; y sin embargo Ricardo Palma siempre tiene juventud en sus palabras. De allí me nació el placer de escribir oralidad, de escribir “Con Jimmy en Paracas”. Trece páginas, exactamente, escritas con dos dedos, pero que no corregí ni en una línea. Me salió como si hubiera estado allí conmigo toda mi vida. Y dije “Voy a seguir con otro así, oral, como si estuviera conversando con un amigo”. Y arranqué con otro cuento. Y me gustaba tanto sentirme como Alfredo Bryce por primera vez autor de la obra de Alfredo Bryce y ya no hijo del estilo de tal escritor ni de tal herencia cultural, que seguí escribiendo e hice unas seiscientas páginas de lo que fue mi primera novela, “Un mundo para Julius”.

GT.- ¿Cuál de tus novelas es tu preferida, la que sientes que te representa mejor?
AB.- Creo que lo son todas en el momento en que uno las trabaja. Pero si hay un libro por el que guardé particular cariño es el que escribí en un momento feliz de mi vida, en que sintiéndome ya un escritor inventé un personaje llamado Pedro Balbuena y una novela absolutamente chiflada, desordenada, “Tantas veces Pedro”.
Pedro era un personaje absolutamente loco, generoso y cariñoso, que iba por el mundo contando una novela que iba a publicar y que muere sin escribir absolutamente nada; pasó su vida entera como una novela que tenía la ambición loca de querer escribir, como si la vida y la obra se confundieran y fueran una sola cosa. En esa novela fui feliz, con ella me salí de donde la gente me estaba encasillando, como el autor de “Un mundo para Julius”.

JM.- Cuando leí “Huerto cerrado” quedé impresionado, a partir del epígrafe y la dedicatoria, que de alguna manera marcaron mi afán de estudiar literatura y de ser yo también un escritor. La dedicatoria era “A Mercedes y Antonio Linares, por amigos”, y el epígrafe “Es preciso escribir como si uno fuera comprendido, como si uno fuera amado y como si uno estuviera muerto”. Pero ese libro fue escrito en 1968. ¿Sigue pensando lo mismo?
AB.- Pues sí, como dije alguna vez a la pregunta ¿Por qué escribe usted? Una pregunta complicadísima. La primera y la más real y la más ingenua de las respuestas que puede haber es “Escribo para que mis amigos me quieran más”. Está en todos los escritores.
Ese “Que me quieran más” quiere decir que me respeten más, que me estimen más y todo eso. Cuando dije “Quiero ser escritor” mis amigos empezaron a reírse de mí y a decirme “Eso no sirve para nada, vas a morirte de hambre”. Se burlaban de mí, pero sin maldad. No me entendían bien y querían decir algo gracioso, algo amable. Pero, claro, se puede decir  que la amistad está por encima de todas las cosas de mi vida
Lo otro suena grave. Decir “Es preciso escribir como si uno fuera amado, como si uno fuera comprendido y como si uno estuviera muerto” es decir “Como si uno fuera libre, no dejarse condicionar por nada, no escribir para nadie, escribir para escribir mejor y tratar de escribir como si uno estuviera solo”. Es una idea de independencia y libertad para la literatura.
Pero no hay autor que no escriba para ser leído, que no quera ser leído. Y si además es amado y comprendido, esa es la felicidad misma. Cuando escribí eso, lógicamente, yo era un principiante. Y poner una dedicatoria tan dura, tan exigente fue trazarme una especie de moral, de mi entrega a la literatura que no abandonaría por nada. Ha sido una idea que ha gobernado mi vida.

JM.- Al leer “El huerto de mi amada” constato que una presencia notoria en su muestra literatura es la música popular, creo que en especial la del bolero. ¿Es un recurso técnico o temático?
AB.- En efecto, en América Latina la música popular y la literatura están muy unidas, y el bolero es literatura con música, sus letras son muy bonitas. Como se ha dicho: los boleros son perfectas historias de amor que duran tres minutos; me parece la mejor definición que se ha hecho del bolero.
Creo que de todos los géneros musicales el único que está hecho para interesar indistintamente a hombre y mujeres es el bolero. Nadie se imagina un tango que no sea cantado por un hombre ni una ranchera que no sea cantada por un machote. El bolero era ambiguo, lo cantaban maravillosas mujeres como Olga Guillot, Toña La Negra. Si lo cantaban los hombres lo hacían con voz de mujeres: el Trío Los Panchos era el Trío Las Panchas, tan finos ellos. Pero el bolero era un género ambiguo, participaba del ideal masculino y del ideal femenino.
Hubo un escritor argentino que en realidad era un escritor de boleros, Manuel Puig, que escribió La traición de Rita Hayworth, Boquitas pintadas, en las que el hombre se volvió menos macho y la mujer tuvo una presencia mayor. Lo cual no hace sino revelar la tendencia de nuestros tiempos.

WD.- Tuve la suerte de conversar con Julio Ramón Ribeyro, y le pregunté sobre algo que había leído. En una entrevista contaste que una vez se encontraron tú y él en un aeropuerto, y que Ribeyro estaba muy asustado. Que al verte se alegró y te dijo qué bien que vas a viajar conmigo: un avión no puede caerse con dos escritores. Ribeyro me contestó: “¿Eso ha dicho Alfredo? El que se moría de miedo era él”. ¿Cuál es la verdad?
AB.- En efecto, un verano hace muchos años nos encontramos en un aeropuerto de vuelta a Francia. Habíamos ido a veranear al sur de Portugal y nos habíamos dado cita, pero él no apareció y resulta que, como siempre en la vida de Ribeyro, cuando llegó al lugar la casa que había alquilado no tenía puertas, no había casa, lo habían engañado. Era el mes de agosto en que todo el mundo está de vacaciones; y Ribeyro dio la vuelta a todo Portugal buscando un hotel donde alojarse y acabó en el mismo aeropuerto, porque tampoco encontraba cómo volver a París. Se había pasado todo el mes vagando en trenes, nos encontramos en el aeropuerto. Le dije “Dónde has estado”.
Temblaba. “Va a salir el avión. Le tengo pavor a volar” me dijo, se quería escapar. “Eso no puede ser posible” le dije. “Es que el año tal se mató tal escritor —decía—, el año tal este otro: todos los escritores solo mueren en los aviones”. Pero finalmente lo convencí, porque tenía un miedo patológico a volar. Era algo superior a sus fuerzas. Tuve que domesticarlo y meterlo al avión. Ya en el viaje me dijo “Ahora me siento seguro, si vuelo contigo no me voy a morir. Estadísticamente la literatura peruana quedaría muy mermada”. Pero me había contagiado el miedo y dije “Esta sí, por primera vez se van estrellar dos escritores”. Fue el vuelo más horroroso que he tenido.

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