Werner Herzog

HerzogWerner Herzog es un heroico hombre de cine, literalmente. Paradojas de la vida, vio por primera vez una película a los doce años. Vivía en Baviera, una especie de Macondo germano donde no había ni radio. Pero, cómo todo aquel que ha vivido al margen de la caótica ciudad, cuando el joven de trece años llegó a Munich gozó la emoción del descubrimiento.  Lo imagino alelado frente a una pantalla de cine, o completamente extrañado por la rara figura del actor Klaus Kinski, que entonces tenía 27 años y vivía en un pequeño y pobre cubículo al lado de la familia Herzog.

Werner Herzog cuenta que de adolescente fisgoneaba mientras Klaus ensayaba vocalizaciones de Shakespeare durante diez horas seguidas: “era un tipo muy entrenado”. Pero además un histérico. El director alemán cuenta en el documental “Mi enemigo íntimo” que en una ocasión la dueña de la casa invitó a un crítico de teatro que calificó la actuación de Klaus como “excelente”: el actor estalló en iras, lanzó a la cara del crítico un plato y un par patatas gritando que su actuación no había sido excelente, sino majestuosa. En otro momento vio al actor encerrarse dos días seguidos en un baño para disipar su rabia. Cuando Kisnki salió, todo, incluido el retrete, estaba en ruinas.
Al convertirse en cineasta se le ocurrió la hazaña de venir al Perú y filmar dos películas nada menos que con el esquizofrénico Kinski en el papel protagónico. La primera fue “Aguirre, la Ira de Dios”(1972), la historia del rebelde español Lope de Aguirre que obliga a toda una tripulación de peninsulares a internarse y morir en el río Amazonas en busca de la ciudad perdida de los incas, “El Dorado”. Una cinta que aprovecha las gesticulaciones del histérico alemán cuya figura imponente ocupa primeros planos que nos hacen dimensionar la ambición y locura del personaje.
La película es un clásico, aunque para el público peruano supongo que a veces resulta insólito observar la presencia de un actor en poncho, chullo y con zampoña en mano tocando una pieza andina en plena época de la Conquista. La misma impresión se repite en “Fitzcarraldo” (1982). Esta vez Kinski da vida al cauchero Carlos Fitzcarrald que en vida  realizó la hazaña de hacer pasar un barco sobre una montaña para llegar a las aguas del río Ucayali. El cauchero peruano que trabajó con una nave pequeña no lo logró, pero Herzog y un centenar de nativos pasaron con un sistema de poleas una inmensa embarcación. Y todo porque el director alemán no gustaba de los trucajes en el cine. El resultado es tremendo, esta es una de las películas más artísticas de Herzog gracias a una fotografía impresionante. 
La filmación fue polémica, hubo rumores de que la escena que muestra la muerte de un nativo aplastado era verídica. Sin embargo, Herzog trató de ofrecer pruebas de que su hazaña no había cobrado la vida de ningún peruano. En la filmación su relación con Kinski se debilitó, seguramente fue un verdadero martirio soportar su histeria en plena selva amazónica. De tal experiencia el director alemán ha escrito un diario de filmación que lleva el preciso nombre de “La conquista de lo inútil”.
Después de esta película el conflictivo dúo no volvió a tener el impresionante éxito de los films ambientados en nuestro país. Siguió el fracaso de “Cobra Verde” en Brasil (1988) que Kinski abandonó a mitad del proyecto. Luego tuvo una carrera mediocre, era llamado para personificar a locos y psicópatas y terminó sus días en un sanatorio mental.
Herzog, por su parte, todavía nos sorprende con alguna película o documental, que muestra que los años no han domado su personalidad y  gusto por las hazañas. Últimamente vimos “Teniente corrupto” (2009) donde el director alemán cumple la proeza de dirigir al mediocre Nicolás Cage y mostrarlo en una de sus mejores performances. Así son los espíritus heroicos.

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