Queremos tanto a Luis

La muerte extendió los afilados dedos al borde de su cuna, meciéndola, y Luis Chambilla aprendió a no temerle desde niño.

Quizá se había acostumbrado a verla esconderse entre las telarañas de candelabros o descubrir su sombra en el reflejo de los espejos. Y cuando los médicos anunciaron a su madre la temprana muerte del niño, entendió por qué sus ojos observaban el mundo con tanta melancolía.
Algunas veces, cuando lo contemplo, pienso si encontró el modo de contener en su cuerpo a la muerte, apropiarse de aquellas formas y hacerse del poder sobrenatural de cortar el hilo de su propia existencia. Será por eso que desde aquel anuncio, han transcurrido muchos años y aunque los pronósticos clínicos fueron superados ampliamente, la figura de Luis se fue alargando y su piel va tiñéndose con las distintas gradaciones del amarillo.
Tacna y el paisaje líquido de su natal Ilo se instalaron en sus sentidos para siempre. Y ante la idea de perderlo todo de pronto, ha estado reteniendo cada imagen del hombre y las cosas. Convirtiéndolas luego en palabras, transfigurándolas a través de su literatura. Sí, es cierto, Luis Chambilla es poeta y narrador. Anda por ahí susurrándonos recuerdos de mujeres envejecidas llevando sobre sus cabezas sombreros anacrónicos, ahorcados que iluminan el sendero de regreso al hogar, aleteo de gaviotas sobrevolando las casas y arrojando peces putrefactos… 
Ayer, mi esposo y yo escuchábamos la presentación que Luis hacía del libro El aullido de lo imaginable, de Raúl Miranda. Y no dejábamos de sonreír por su habilidad de alegrar una mesa evadiendo las formalidades. Entonces comentaba sobre la extremada timidez del autor. La dualidad del yo poético entre el romántico y el obsceno. El límite entre la realidad y la ficción. Recomendándonos que no debiéramos imaginar a Raúl caminando por las calles y dando pellizcos a cuantos senos o nalgas encontrase; lo que encendió de un rojo inverosímil el rostro del joven poeta, provocándole una risa nerviosa. Siempre me ha complacido aquella manera suya de mostrarnos que la literatura es por sobre todas las cosas un divertimento. Luego nos fuimos a celebrar el poemario y la noche se nos hizo corta, por lo que tomamos también las horas de la mañana.
Sospecho que Luis no bebe porque se lo hayan prohibido estrictamente los médicos, sino por no adormecer sus sentidos —ya dije antes que necesita retener intactos los recuerdos—. Y mientras comenzábamos a extraviarnos en el vodka, él solo tomaba jugo de naranja. Hecho que no fue impedimento para divertirse tanto o más que nosotros. Conversamos de sueños y pesadillas, de libros y películas, de psicoanálisis y filosofía, de religiones y  agnosticismo. Bailamos haciendo rondas, dando brincos, compitiendo por los mejores pasos. Expulsamos muchas veces semidesnudo a Manolo, para abrirle nuevamente la puerta y descubrirlo con alguna novedad traída de la calle: carteles rotos, globos, serpentinas, o la rama de un árbol. (Debo confesar en este punto, que si me uní a los demás en la conversión de Manolo en una piñata, fue por haberme dolido demasiado su atrevimiento de lastimar al arbusto). Y pocas veces nos hemos reído tanto.
A la mañana siguiente, Luis, Wilmer, Ismael, Juan, Willy y yo andábamos desvelados por las aceras de Coronel Mendoza hasta las alturas del mercadillo Bolognesi, para desayunar cerca de mi casa. Y todo este tiempo, mi esposo sonreía enternecido por la amistad de Lucho y por su complicidad. Es cierto que nuestro amigo está consciente de anidar a la muerte en su cuerpo y ha estado escribiendo de ella continuamente, habituándose a engañarla a diario. Y sin embargo, nadie como él está más vivo, de allí que lo amemos tanto.      

Tacna, 16 de octubre de 2011

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