Escritores pintores

Dibujos SchultzMuchos destacados letraheridos de distintas épocas han incursionado en la pintura, mostrando idéntica destreza en ambas disciplinas. ¿Supermanes? Polifacéticos, nomás.

Apollinaire, fascinado por los ideogramas chinos, aplicó la estética del cubismo a la literatura: sus Caligramas -textos poéticos en forma de objetos- son el resultado.
Inspirado en él, Breton creó los poemas-objeto. Jean Cocteau afirmaba: “He descubierto que al pintar nos ponemos al borde de la anestesia. Dibujar es sólo otra forma de mecanografiar los renglones”.
Baudelaire era asiduo del Louvre y de los ateliers de Manet y Delacroix: en tinta sobre papel se retrató a sí mismo y a su musa, Jeanne D.
Gautier, poeta impecable, perfecto mago de las letras -según la dedicatoria de Baudelaire- pasó sus dos últimos años de colegio en el estudio de un pintor y realizó excelentes retratos femeninos. Jarry se inspiró en Paul Gauguin, con quien vivió una temporada, en 1894, para sus grabados y litografías.
El excesivo Rimbaud no sólo protagonizó la más maloliente performance pictórica de la época, sino que realizó dibujos y caricaturas: “A mí me gustaban los dibujos simples, los dinteles decorativos, los decorados de teatro”, afirmó. Verlaine, precoz dibujante, fue profesor de Arte dos años, en Inglaterra. “Dibujar es un acto del intelecto…Los tres mejores ejercicios, tal vez los únicos, para una mente inteligente son componer versos, cultivar las matemáticas y dibujar” (Válery dixit).
Michaux, quien recordaba que de niño subsistía en los márgenes, siempre en huelga, fue reconocido como poeta y pintor-mezcalina mediante-.
George Sand fue retratista profesional tras divorciarse. Para subsistir pintó retratos, paisajes, estuches de puro de madera y lo que llamó dendritage, figuras cristalinas en piedras y geodas.
Las hermanas Bronte retrataron su entorno-perros y gatos incluso -con gran destreza, aunque infravaloraban a sus propias, notables dotes artísticas.
Gibran ilustró sus propios libros: había estudiado con Auguste Rodin, in person, en la Academia de Bellas Artes de Paris en 1894.
Faulkner, con su estilo influenciado por el Art Noveau, dibujó viñetas para revistas de humor e ilustró y encuadernó un libro suyo para una novia juvenil.
Dostoievsky adornaba sus manuscritos con dibujos de edificios, autorretratos o personajes de sus obras, como Pushkin o Lermontov. Gogol fue minucioso dibujante de arquitectura barroca.
Blake creó los libros iluminados: texto e imágenes en un grabado en relieve que podía copiarse prescindiendo de la imprenta, toda una novedad entonces, como su gran colorido  e imaginación.
William Carlos Williams incursionó en la pintura los domingos, visitando a un amigo  pintor, ya mayor -y con una hija casadera-. Para el crítico M. L. Rosenthal, Williams poseía mucho mejor ojo de pintor que la mayoría de los poetas.
Como Burroughs, Kerouac pintaba con facilidad. Gerard, su hermano mayor, muerto prematuramente, era pintor y le enseñó a dibujar en su niñez. Ferlinghetti es otro reconocido escritor-pintor, además de ditor-fundador de City Light Press. “El arte empieza como una manera de perder el tiempo”,decía Gingsberg.
Según el biógrafo Ronald Hayman, Kafka pintaba como Giacometti.
Poe llenó las paredes de su cuarto, en la U de Virginia, de sus dibujos al carbón. Dejó notables retratos suyos y de su esposa.
Kipling ilustró muchas de sus historias. Visitaba en navidades, en su niñez, a una tía suya casada con el pintor Eduard Burne, su maestro.
Highsmith regalaba sus cuadros. Decía que cualquier arte, incluido el ballet, es una forma de narrar. Valoraba más la pintura, porque opinaba que cualquiera podía escribir un buen cuento.
Huxhley fue un diestro y colorista pintor, pese a que era ciego casi completamente desde la adolescencia. Hesse pintó 3,000 cuadros, por falta de uno, como terapia sicológica prescrita por Jung. En la II Guerra Mundial vendió sus manuscritos ilustrados a cambio de víveres y libros para prisioneros de guerra.
Hoffman ilustró la portada de su obra Opiniones del Gato Murr, fue tan prolífico escritor, como pintor y compositor musical, un caso de sinestesia, una mente privilegiada y una vida infortunada.
Ionesco decía que no era surrealista ni absurdista, sino patafísico. “Yo me enseño a pintar a mí mismo, o al menos lo intento”.
La novela gráfica fue el género en el que destacó Will Eisner. Conrad dibujaba fetichistas imágenes femeninas que destruyó casi en su totalidad, aunque su viuda vendió algunas, tras su muerte.
Kate Greenaway escribió e ilustró bellos libros-unos 150-infantiles, en su mayoría, idealizando esa etapa vital.
El multifacético Goethe fue pintor y grabador.
Dante Gabriel Rossetti se consideraba más poeta que pintor, afirmaba: “Si algún hombre lleva dentro algo de poesía, debería pintarla, pues está todo dicho y escrito y a pintarlo apenas han empezado”. Fundó la Hermandad Prerrafaelita en 1848 y pintó maravillosos retratos femeninos con los que logró renombre como pintor, muy a su pesar, a juzgar por su  siguiente declaración: “A menudo he dicho que ser pintor es lo mismo que ser ramera”.
Existen una serie de coincidencias, por circunstancias personales o históricas, entre algunos escritores-pintores(o viceversa).
Beatrix Potter, hija única y desatendida de unos millonarios snobs, creció aislada, confinada en el tercer piso de la casa familiar. Sólo se relacionó con institutrices, ranas, conejos y ratones, su fuente de inspiración. Sus padres usaben como premio o castigo sus materiales de pintura. A los 24 años, la solitaria Beatrix intentó emanciparse vendiendo dibujos para tarjetas navideñas. Escribió “Peter Rabbitt”, el primero de sus veintitrés cuentos ilustrados para el  hijo de su ex institutriz. El segundo, “El Sastre de Gloucester”, lo escribió para la hermanita del anterior, junto con 12 acuarelas. Pese a ser experta en  setas, -sus bellas ilustraciones científicas se conservan en el museo Armitt de Inglaterra- fue discriminada de la Linnae Society por ser mujer. Tras fallecer su novio, hijo de su editor, repudiado por sus padres, quienes lo consideraban de clase inferior, Beatrix se fue al campo, con la única y gran compañía de los animales que tanto quiso. Se casó a los 47 años y sus últimos 30 años de vida  crió ovejas. Vendiendo sus acuarelas compró 4,000 acres de tierra en el pueblo de Lancashire donde murió. Los legó al National Trust, para uso público.
T.H. White, poeta, ensayista, traductor e historiador -además de pintor- es conocido por su novela “Camelot”, adaptada al teatro y cine.
“Para compensar mi sentimiento de inferioridad, mi sensación de peligro, mi sensación dedesastre, tuve que aprender a pintar incluso y no sólo apintar, sino a hacer y mezclar hormigón y a trabajar la madera”. Así explicaba su variado currículum: piloto de aviones y autos de carrera, submarinista, jinete, experto en tiro al blanco con arco y flechas y armas de fuego, etc. El divorcio de sus padres a los catorce años generó lo que él llamaba compulsiva sensación de desastre: “Tenía que ser un erudito. Tenía que aprender taquigrafía en latín  medieval para poder traducir bestiarios”.
Hijo único de un alcohólico y violento funcionario policial en India, donde nació, fue enviado a una academia militar británica a los 14 años. Estudió en Cambridge y renunció a su puesto de director del Departamento de Inglés del Stone School de Buckingham, sin asumir nunca su homosexualidad.
Como Potter, se recluyó en una casa de campo, donde desarrolló su obra y cultivó él solito la tierra, con su queridísima y variada fauna: serpientes, búhos, halcones, tejones y perros. Murió en  Grecia.
En cambio, Else Lasker-Schuler, relevante poeta judío-alemana, nunca tuvo sosiego. Fue un ejemplo de arte total (Gesamkunst): ilustró sus poemarios, creó un idioma propio que llamaba asiático-místico  o Ur-lenguaje, de largos y herméticos neologismos. Según su amigo Gersham Shalem, rayaba en la locura…un fenómeno asombroso; mantuvo una conversación de media hora con el Rey David y ahora me anda pidiendo referencias cabalísticas sobre él.
Puede que su conducta se debiera a las depravadas agresiones que la traumaron en el colegio católico donde estudiaba, que abandonó a los once años. “Nací en Tebas, pero vine a éste mundo en Eberfeld”, decía ella. Sobrina y hermana de pintores, estudió tres años en Berlín con el pintor rabino Simson Goldberg, influenciada por los expresionistas Kokoschka o Grosz. La maternidad fue uno de sus leitmotivs, tras la muerte de su madre, “el gran ángel que caminaba a mi lado”.
Infortunada en su vida personal, ganó el Premio Kleist, el más importante del país, en 1932. En 1933 los nazis la apalearon en la calle. Tras intentar en vano salvar a su hijo tuberculoso, murió en la indigencia, en Jerusalén.
Víctima del nazismo fue Bruno Schulz, uno de los escritores más importantes de la historia, según Isaac Singer, redescubierto gracias al vate polaco Jerzy Ficowsky.
Schulz tradujo “El Proceso” al polaco. De su narrativa, proustiana, autobiográfica, destacan “Las tiendas color canela”, premiada con el Laurel de Oro de la Academia Polaca de Literatura. Ilustró y escribió “El Sanatorio de la Clepsidra” (Cuentos) y dejó una buscada y no hallada novela inconclusa, “El Mesías”.
Schulz detestaba ser profesor de dibujo en un instituo. “Los inicios de mi obra gráfica se pierden en el crepúsculo mitológico”, decía. Para el pintor Witkacy, Schulz era tan notable como los demoniólogos Munch, Beardsley o Goya, cuyo leitmotiv era la maldad. Por contraste: Schulz era tan pacífico y sensible que trataba de revivir a las moscas moribundas dándoles azúcar.
Sus grabados y óleos fueron destruidos o robados. A cambio de sopa y pan, pintaba murales para el dormitorio del hijo de un nazi que presumía de tener un pintor-esclavo judío. En 1942 fue asesinado en la calle por otro nazi.
En 2001, agentes israelíes se llevaron los mirales al Museo del Holocausto Yad Vashem. Polonia protestó, aunque antes infravaloraron a Schulz, enterrado en una tumba sin nombre.
Hay una serie de asombrosas coincidencias entre Alexander Pushkin y Mijaíl Lermontov, aparte de la más obvia (que ambos fuesen escritores-pintores).
Pushkin, uno de los autores rusos más valorados en su país, solía dibujar en los márgenes de sus manuscritos. En 1999, conmemorando el bicentenario de su nacimiento, la Academia Rusa de Ciencias publicó la colección completa de sus dibujos, sobrevalorados, según expertos. Pushkin estudió Arte en el Lyceum, la escuela de palacio fundada por Alejandro I cerca de San Petersburgo. La familia materna de Pushkin descendía de un esclavo africano regalado a Pedro el Grande. El autor de “Poltav” o “Eugenio Oneguin” murió en un duelo defendiendo el honor de su esposa, pretendida por George dÁrthes, quien pidió prestada la pistola al hijo del embajador francés.
Mijaíl Lermontov, también poeta, escritor y excelente y fino pintor, era fan de Pushkin y de Lord Byron. Dejó los estudios para ingresar en el ejército. Y sin embargo, en los diez últimos años de su breve vida -tan breve como los autores que admiraba- desarrolló su obra poética y narrativa, con obras como la introspectiva y pre-dostoievskiana “Un Héroe de Nuestro Tiempo”. A Pushkin le dedicó “La Muerte de un Poeta”, que exigía el castigo del asesino -al considerarse que el rival de Pushkin manipuló las armas- que le costó el exilio.
Lermontov murió en un duelo, según algunas versiones, con la misma pistola que cuatro años antes se usó para el duelo contra Pushkin.
Como Aldous Huxhley, George du Maurier perdió la visión de uno de sus ojos -el izquierdo-. A diferencia del colorista Huxley, du Maurier dejó de pintar y se dedicó a los dibujos en blanco y negro. Medio inglés, nacido en París y con una feliz infancia francesa, acabó viviendo en la siniestra Pentonville, cerca de un afamado presidio. Huyó a Londres, donde estudió Química y luego a París, para estudiar Bellas Artes. Según sus propias palabras: “Tengo tantas ideas de todo tipo que tarde o temprano tienen que fructificar”. Tuvo éxito con sus dibujos humorísticos en Punch y sus ilustraciones en libros y revistas. A Henry James sus dibujos le parecían literarios al reproducir todas las situaciones que pueden encontrarse en una novela costumbrista inglesa. James le animó a escribir y du Maurier debutó a los 56 años con la novela “Peter Ibbetsen”. Fue un precursor de las corrientes freudianas y de la importancia delinconsciente. En “Trilby” (versionada cinematográficamente como “Svengali”) narra el proceso de corrupción de la prota, abducida por un hipnotizador. El éxito de Trilby fue tal, que se comercializaron toda clase de productos alusivos, de modo que du Maurier acabó siendo rico y famoso. Un año antes de morir escribió “El Marciano”. La mayoría de sus dibujos y bocetos están en el British Museum y en la Universidad de Harvard, para su satisfacción: “Haber sido del agrado de la generación a la que se pertenece, con honradez y sin charlatanería, no es en sí poca hazaña, incluso si la generación siguiente lo olvidase todo de nosotros, hasta el nombre”.
Evelyn Waugh, autor de “Retorno a Brideshead” o “Cuerpos Viles”, dos de las más conocidas de sus decenas de novelas, debutó con “Decadencia y Caída”, a los veinticuatro años. Antes escribió ensayos sobre Rossetti y los prerrafaelitas, estudió arte, se endeudó, perdió tres empleos en dos años e intentó suicidarse. Diseñó portadas, ilustró las sobrecubiertas de “Decadencia y Caída” y “Cuerpos Viles”, fue conocido -y celebrado- caricaturista y grabador de madera.
En su diario, anotó: “Trabajaba con el pincel y era plenamente feliz en mi empleo de él, cosa que no pasaba cuando leía o escribía…Todos pintamos o dibujamos nuestra vida. Unos a lápiz, débil y tímidamente…Otros usan tinta y dibujan con firmeza, de manera  irrevocable…Pero algunos, y ésos son los elegidos, trazan su dibujo limpia y plenamente. No hay ningún elemento innecesario…Cada parte se integra en el todo y no hay ni punto culminante ni punto final”.

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