La insoportable brevedad

WescottUn personaje de “Fiesta” Glenway Wescott escribió apenas tres novelas antes de hacer mutis por el foro, tras una brillante trayectoria en Europa y en su propio país, Estados Unidos, entre los años 30 y 40 del siglo pasado. Miembro de la Generación Perdida, fue buen amigo de Isadora Duncan, Ford Madox Ford o Jean Cocteau. Menos cordiales fueron sus relaciones con Ernest Hemingway: Wescott le caía antipático al laureado dipsómano y en su novela “Fiesta” creó un personaje que lo parodiaba.

El elegante Wescott había nacido en una granja de Wisconsin. Criado en un medio rural, escribió  en Francia, en 1925, “Las Abuelas” -obra de semificción, según él mismo declaraba-, novela en la que detalla la historia de varios personajes de distintas generaciones de una familia en una sociedad rural y de paso, disecciona la historia fundacional de su país, con flema y contención -sus rasgos característicos-. Había debutado el año anterior con “The Apple of the Eye”.

“Las abuelas” está dedicado a su madre y el prota es el adolescente Alwyn, su alter ego, aunque sus grandes creaciones -o recreaciones- son los personajes femeninos -su especialidad- llenos de matices. Wescott muestra un notable conocimiento de la psique femenina y una sutileza sui generis al narrar episodios infaustos como linchamientos, guerras, hambrunas, enfermedades mentales, fracasos, soledad, etc.: “Para poner fin a su infancia, para iluminar la ignorancia de su corazón, para dirigir o tratar de dirigir su propia vida, se había visto obligado a imaginar muchas vidas que ya habían terminado”.

“Las abuelas” propiciaron su triunfo literario, aunque sería su segunda y breve novela la que mejor lo define como autor: “El Halcón Peregrino”, una de las grandes novelas americanas del siglo, según el parecer de Susan Sontag, quien contribuyó a revalorizar a Wescott. “El Halcón Peregrino” fue editado en 1940 y es una obra tan europea como las novelas de Henry James. En su brevedad encierra la perfección estilística, la agudeza sicológica y la elegancia wescottiana. Narra las turbulencias ocultas bajo la placidez de unos personajes en apariencia frívolos y/o estólidos: un rollizo y desquiciado irlandés y su fuera de lo común consorte Madeleine. Esta parábola sobre la incomprensión y la libertad transcurre en una tarde de verano en una casa campestre francesa, cuya anfitriona, la joven Alexandra, recibe la visita del amigo-narrador y del matrimonio, conocidos suyos, acompañados de Lucy, el halcón peregrino aferrado a la muñeca de  la singular Madeleine. La segunda trama de la novela se desarrolla entre las tres personas que trabajan en la intendencia doméstica. Hay además, algunas  reflexiones sobre el oficio literario destacables: “Nadie me advirtió de que carecía de talento suficiente. Por tanto, mi esperanza de devenir un gran artista de las letras se volvió amarga, febril, y angustiosa, empeorando con la edad. El artista sin éxito también termina sumido en la apatía…” Wescott dedicó ésta novela a su cuñada, quien, junto con a su hermano, fueron siempre su gran apoyo moral -e incluso material: compraron la casa en New Jersey en la que el autor y su partenaire sentimental pasaron sus últimos años. Quizás Alexandra sea un trasunto de su cuñada, cuya relación describe así: “Para mí, una de las funciones de la amistad consiste en poner freno a éso que hemos dado en llamar introspección”.

Tras ésta sofisticada novela, Wescott escribió otra por completo diferente: “Apartamento en Atenas”. El primer año de su publicación se vendieron 500,000 ejemplares. Un crítico afirmó que era el mejor libro surgido de la Segunda Guerra Mundial. Wescott adoptó un tono imparcial y aséptico para detallar todas las vejaciones sufridas por el matrimonio Helianos y sus dos hijos durante su convivencia forzada con el desalmado capitán Kalter. Nocholas Helianos, el pater familiaes, un editor sosegado y culto, se transforma de forma inversa a su hipocondríaca y sólo en apariencia pusilánime consorte. Wescott conoció a un héroe de la resistencia griega, Alex Helas, quien le contó la historia de una familia ateniense durante la ocupación. Sin truculencia y espanto Wescott escribe sobre la inagotable capacidad para la crueldad, mientras Nocholas Helianos “sentía la necesidad que deben de sentir casi todos los habitantes de un país invadido: la necesidad de alguien concreto a quien echar la culpa, alguien del círculo íntimo que resulte un culpable adecuado; la personificación de toda la debilidad y la perfidia del propio país tal vez fuera decisiva para provocar su derrota”.

Cada miembro de la familia -incluída la hija borderline- sufre las consecuencias: “La desgracia común, pensó, es infinita como el cielo oscuro lleno de estrellas dolorosas y nubes locas. El cielo es tan grande como nosotros y las estrellas arden como nuestra angustia, las nubes oscilan como nuestra cordura”.

Después de mostrar su talento, Wescott pasó a la Tierra del Silencio -metafóricamente hablando-. No volvió a publicar más que ensayos y artículos. Para saber las posibles causas basta leer sus reflexiones: “entre otras incapacidades desastrosas para un novelista, dejé de sentir un interés real por todo lo ficticio. En nombre de la humanidad, no creo en nada más que la verdad…ningún otro remedio, religión o dialéctica”.

“No he sido capaz de satisfacer las expectativas puestas en mí”.

Como los personajes de “Las Abuelas”, “Todas sus esperanzas tenían una cita con la decepción”. Si tenemos en cuenta que la elegancia es discreción, resulta lógico que Wescott se apeara de la literatura de ficción. De él puede decirse lo que de sus novelas escribió un crítico: “Un magnífico retrato del fracaso, una majestuosa elegía de unas vidas demasiado exquisitas para el triunfo”.

El triunfo intemporal de Wescott -pese a décadas de olvido- no reside en la cantidad, sino en la calidad de su obra, alejada por completo de la ordinariez del éxito.

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