¡Es pallapa!

Cosecha popular en Sabandía

El descubrimiento.

Es tiempo de cosecha en Sabandía. Una camioneta Ford del 70 se estaciona. Descienden mujeres de todas las edades y se dispersan en un campo. Llevan sombreros de ala ancha y telas blancas en la espalda para protegerse del sol. Con el espinazo doblado escarban minuciosamente el terreno y reúnen la zanahoria en costales de rafia azul. Las más afortunadas reciben 40 soles diarios. Luego de algunas horas terminan con todo el campo. Regresan a la camioneta. Es medio día, después de un fiambre empezarán una nueva cosecha en otro lugar, hasta las seis de la tarde.

La chacra queda vacía. De pronto llega una mujer con un pequeño pico en la mano y revisa nuevamente los surcos ya abiertos. Es la pallapa. Otras vecinas se unen a la segunda cosecha. Al pisar el terreno me angustia la sensación de invadir propiedad privada. “¿El dueño no se molesta?”. “No. Entra nomás” me responden y me lanzan un costal. Superado el miedo comienzo a arrancar minúsculas zanahorias que han quedado en los montículos de hierba. “Busca en la tierra, allí hay más grandes” me aconsejan. Pero estoy fascinada con la pequeñez naranja de mis zanahorias. Mi estupidez me lleva a pensar que podría hacer algún tipo de adorno con ellas.

De pronto llegan cinco mujeres al campo. Y como seguramente sucedió durante la acumulación originaria, según Marx, el egoísmo me hace sentir que mi colecta peligra. Apuro el trabajo para que no se lleven mis zanahorias. Luego de un rato de agitación una anciana me tranquiliza: “Nadie te va a comprar eso, es muy chiquito”. Cuando le explico que no es para vender, se ríe con paciencia. Los urbanos debemos parecerle verdaderos idiotas.

“Lo del Avelino es pallapa. Lo que venden en el suelo, es pallapa. Las de este porte, son pallapa”, dice una mujer blandiendo en el aire una zanahoria que me parece de un tamaño regular. “¿Y qué sucede con la primera cosecha?” le pregunto.  “Se lleva a otras partes”. “Aquí casi todo es pallapa”. “Cuando mi marido se fue con su amante, quedé con cuatro hijos. Mi mamá me ayudaba a pallapar y nos llevábamos todo al Avelino, ganábamos 30 soles”.

“Y estas zanahorias, ¿no se las comen?” interrumpo el trabajo señalando el fruto de mi cosecha. Las mujeres me observan con paciencia. “Esas son las más ricas, ¿a ver muerde?” Limpio una zanahoria lo que puedo. En verdad, es más dulce. “¿Y por qué no se las comen?”. “En el mercado quieren un solo tamaño”, me explica una mujer robusta. “Ni muy chiquito ni muy grande. Una vez me fui a Mollendo. Me conseguí un trabajo en una avícola. ¿Sabes qué hacía todo el día?, rompía huevos”. Alguien grita: “¡Sigues rompiendo huevos!”. Todas nos reímos.

“¡En serio! Rompía los huevos más grandes y los huevos más chiquitos. En el mercado solo quieren un tamaño. ¿Acaso todas las gallinas ponen lo mismo? Me daba pena votar tantos huevos. Ni siquiera nos dejaban llevar a la casa. Lo mismo con las zanahorias. A la gente le gusta un solo tamaño”.

Colofón.

Luego de una semana de comer dulcísima zanahoria en todas sus formas, visitamos un supermercado. Un kilo de salmón cuesta cincuenta soles. Un kilo de uva, diez soles. Saco una uva para probar, mi esposo me mira extrañado. “Acabo de comerme cincuenta céntimos” le digo. Una caja de huevos, todos del mismo tamaño, casi seis soles. Me pregunto cuántos huevos habrán terminado en la basura para obtener esa caja; al final de cuentas, no todas las gallinas ponen lo mismo.

Por fin, en la sección verdura se venden estrechos mazos de zanahoria que todavía conservan sus hojas, están atados estéticamente con una cinta plástica que reza: “Zanahoria orgánica: 2 soles”. Mi esposo me mira con precaución, levanto un mazo y calculo el peso: “ESTO ES PALLAPA”.

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