El Exorcista revisitado

Cine Clásico

Algunas veces una película es más que sólo eso, y se convierte en testimonio de una época. Podría citar numerosos ejemplos de films que abordando su realidad inmediata, se hubieron de convertir en cintas de culto. Una de ellas, amén de ser una de las mejores películas de su género, fue también un retrato fiel de una época de contrastes e inquietudes: El exorcista.
A inicios del siglo XX –a decir de muchos– una revolución azotó el corazón de la Iglesia Católica. Los llamados “sectores progresistas” de la misma hicieron sentir su voz, reclamando una mayor apertura de al mundo y sus necesidades por parte de la sagrada institución, y un mayor diálogo con los criterios –hasta ese momento anatemizados– de la modernidad. Todo esto dio lugar a un acontecimiento sin precedentes en la Iglesia Católica: el Concilio Vaticano II; evento que precisamente este año cumple medio siglo. Se trató pues de un verdadero terremoto eclesiástico, que incluso hubo de determinar el alejamiento con Roma de varios sectores de la Iglesia.  Así pues, esta “puesta al día” de la Iglesia Católica significó (más allá –y sin cuestionar– la necesidad, la justicia o la pertinencia de los cambios instaurados) un trauma para muchos, atreviéndonos incluso a afirmar que fue un trauma para todos.
La década de los setenta fue un período especialmente duro para la Iglesia Católica en los Estados Unidos. Para muchos católicos norteamericanos (país donde son minoría) la nueva coyuntura post-conciliar debió fue perturbadora, entre otras cosas, por igualar un modo de ser (convenciones sobre moral, asuntos litúrgicos) al de los protestantes. También es interesante recordar que Los Estados unidos fue el país más golpeado por la reciente crisis moral de la Iglesia  comprobándose en esa región del planeta, la mayor cantidad de casos sobre pederastia y clero homosexual. No es pues sorprendente que en este caótico escenario de mediados de los 70’ se desarrolle The exorcist, excelente cinta de William Friedkim.
Es así que esta película es mucho más que una película de terror, es también un testimonio de una época. Ella nos introduce a la historia del sacerdote jesuita Damien Karras, quién además de su ministerio se desempeña como psiquiatra de la diócesis. En él se apodera el abatimiento espiritual y la crisis de fe acentuada por su labor de consejero de los demás sacerdotes. Pero en él se advierte un dolor más profundo, procedente de la contradicción existente entre su vocación sacerdotal y las pautas de su oficio médico; en él pareciese que emergiere el desasosiego propio de la imposible comunicación  entre ambos planos. A todo esto se suma una aguda incomprensión de su familia ante su vocación y los sacrificios que ésta exige (su tío le reclama que su madre agonice en un manicomio por no tener los medios para internarla en un hospital, pudiéndolo él hacerlo si abandonara el sacerdocio), lo que le sume en una profunda desolación y sentimiento de culpabilidad. Esta elaborada metáfora sobre lo ajena que resulta la vida sacerdotal en los parámetros del sistema actual, y cómo los valores que la inspiran resultan cada vez más incomprensibles –e insufribles– por contraposición a los dictados de la modernidad; algo que sería inimaginable en períodos históricos tales como la Edad Media o el Renacimiento. 
El culmen del desasosiego llega cuando Karras es convocado a realizar un exorcismo, práctica que le desconcierta y que –de primera instancia– le parece fuera de lugar por su condición de médico. Enfrentarse a sus miedos (personificados como el demonio) lo lleva a su vez a enfrentar, una vez por todas, su aparente adaptación de su fe a la ciencia. De esta manera, la película en sí no trata de un exorcismo o sobre la   manifestación del demonio (eso no está en cuestión), sino cómo dos mentalidades diametralmente opuestas pueden convivir en una sola persona sin llegar a la angustia.
De esta cinta podemos resaltar, en la parte técnica, su pertinente y cuidada fotografía. El manejo de los tonos por parte del realizador y la compleja composición de los ambientes son insuperables, brindándosenos así un cuadro tétrico enmarcado en sobrias secuencias de profundo impacto. En el film se destaca una cuidada escenografía, en que la exageración –tan frecuente en las cintas de horror– no ha perturbado la puesta en escena. La musicalización –sonorización en general– es también impactante por el pertinente uso de los silencios y de la –a estas alturas ya legendaria– banda sonora. En suma, “El exorcista”, es una magnífica película que, además de poseer una cautivante cinematografía, está elaborada bajo pautas muy simples, pero a la vez eficaces; pautas que realzan la terrible historia que narra.
Estamos pues ante una película macabra, no por los efectos especiales o la insinuación de la posesión diabólica (muchas películas tienen la misma trama y sólo caen en el ridículo), sino por el grave contexto en el que se desarrolla, el de una atroz desesperanza. Sin embargo, la película –a pesar de los que muchos piensen– tendrá un final feliz, donde la reconciliación y la fe prevalecerán en ese clima, tan bien ambientado por Friedkim, de total desconsuelo.

 

Deja un comentario