El dictador

Crítica a la película de Sacha Baron Cohen

La dictadura nos puede arrancar lágrimas, muchas veces, a punta de picana; sin embargo habrá otras –muy pocas lamentablemente– en las que lo hará a carcajadas. Las situaciones de humor involuntario originadas por algo tan aberrante como es la tiranía, son a estas alturas archiconocidas gracias a –entre otras cosas– las obras maestras de la literatura como “Yo, el supremo”, “El recurso del método”, o “El otoño del patriarca”. De otro lado, se han hecho también célebres los exabruptos de los autócratas de todas latitudes, aquellos que orlados de una pátina de falso refinamiento, no hacen más que evidenciar –sin lugar a dudas– su absurdo, ramplonería y brutalidad. Jocoso, duramente jocoso, es en definitiva, observar en detalle la miseria humana. Es así pues que, las honestas carcajadas que nos arrancan estos dictadorzuelos, se equipararán a un lamento que se desencaja en nuestra mera entraña.
Es en esta línea que Sacha Baron Cohen, implacable alter-ego de “Borat” (2006) y “Brüno” (2009) nos presenta “The Dictator”, una –nada sutil– farsa sobre las peculiares rasgos de los líderes mundiales más importantes en la actualidad (políticos, magnates, personajes del espectáculo), quienes nos muestran su lado menos atractivo, evidenciando así una plena incoherencia que nos llevará a los límites de la hilaridad mediante el absurdo. Las tensiones de medio oriente, el “terrorismo internacional”, los mitos de la democracia, la fantasía progresista-ecológica, y los cánones sobre el racismo, la inclusión social y los conflictos religiosos se vendrán a bajo luego que, tal como trompetas en Jericó, nuestras estruendosas risas sacudan los pilares de aquellas sagradas ideas, inicio y fin de nuestras angustias globales.
En la última película de Baron Cohen, el mito de Menipo se reactualiza y así, una vez más, seremos expulsados de los infiernos gracias a nuestra insoportable risa; tan insoportable como la propia realidad ( César Belan).

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