Testimonio

Desde Tacna

Camino a la facultad donde estudié, el desasosiego que me embargaba se fue haciendo más evidente. Por momentos me detenía en el recuento de detalles que revelaban el deterioro de su infraestructura; por momentos intenté aferrarme a la imagen del breve bosquecillo que crece junto a uno de los pabellones, en donde se abre paso un sendero que recorrí tantas veces en medio de los árboles cuando iba y venía de las aulas a la biblioteca de la universidad, de la biblioteca a dondequiera que fuese mi salón de clases. “¿Sabes? Nunca me resultó fácil volver a los lugares en donde he cerrado un capítulo de mi vida”, le dije a la joven que me acompañaba. Quise hablarle de mi confusión, de los recuerdos acumulados; pero qué podía interesarle a ella en verdad saber de estos. Así que solo le sonreí y me dejé conducir al aula en donde tenían preparada mi participación.
Tras el cuadrilátero de carpetas y algunos estudiantes que me observan, encuentro un afiche pegado en la pizarra. Estoy en él, bajo el título de “escritora”. Lo leo con desconfianza, mientras recuerdo que Onetti hablaba de dos grupos: los que quieren ser escritores y los que solo quieren escribir. Me gusta pensar que soy de quienes únicamente desean escribir. Luego me sentaré, escucharé mi nombre, mi ciudad natal… algunas referencias sobre lo que hago; pero serán palabras dichas a la distancia, como si hubieran perdido el sentido porque yo ya no estaba allí, me encontraba en otro tiempo. Tal vez por eso no supe decir nada cuando me cedieron la palabra, y fue necesario recordar que había sido invitada para dar testimonio de mis inicios en la literatura.
Si todo tiene un principio, entonces el mío no es diferente al de los demás: para escribir se debe comenzar con la lectura. Consideré decir que de niña leía tanto, al punto de hacer temer a mi madre por mi salud, orillándola a esconder los libros y llevarme del cuello a jugar al patio, y solo conseguí recuperarlos cuando ella notó que yo había enfermado realmente por no tenerlos. Pero aquella historia no era mía, le pertenece a Julio Cortázar. Yo debí procurarme de mis propias lecturas. Esta búsqueda seguramente conmovió a mi padre, quien un día llegó a casa con tres libros: “Las aventuras de Tom Sawyer” y “María”, para mí; “Cien años de soledad”, para él. Aunque terminé apropiándome de los tres. Pasaba de la carcajada y el llanto al asombro absoluto; lo que llevó a mi madre a sospechar en mi locura, sin notar todavía que entonces yo estaba aprendiendo a mirar el mundo a través de los libros.
Luego les hablé de mis “poemas” o lo que en realidad fuesen, escritos en mis cuadernos de estudiante… Del abandono del verso por la prosa… De mi libro… De los recursos que Faulkner señalaba para escribir: Experiencia, observación e imaginación… Del momento en que yo decidía terminar una historia, una elección que Onetti justificaba entre detenerse en el instante de triunfo en la trayectoria del personaje o el final que siempre es Waterloo (solía decir que todas las personas y los personajes nacieron para la derrota)… De lo imposible de medir el tiempo en la gestación de una historia porque esta no nace cuando te sientas y la digitas en la computadora; sino mucho antes, tomando forma desde nuestro interior, alimentándose quizá de nuestros demonios (ya Vargas Llosa dijo que todos tenemos demonios personales que revelamos o encubrimos en nuestras obras). Y aun cuando parece que tenemos destinado de antemano un final para ella, la mayoría de veces resulta torciéndose el desenlace. Debe ser así, les digo, porque detrás de un texto siempre hay mucho más, toda obra tiene que superar el propósito de su autor. Cierto día, Borges afirmó: “Si el Quijote solo fuera simplemente una sátira contra las novelas de caballería, entonces no sería el Quijote”.
Durante casi dos horas estuve en aquel salón con los estudiantes del último año de la escuela de Educación de la Facultad de Humanidades de la UNJBG, como parte de su curso de Literatura Regional. Brindando mi testimonio y sintiéndome orgullosa no de lo que escribo sino de mis lecturas y de quienes me orientaron en ellas. Observando a esos estudiantes, intentando desesperadamente transmitirles mi amor por la carrera de Educación, por la literatura y despertar sus expectativas de futuro. Luego me descubrí también del otro lado, cuando yo era una de ellos; entonces pensé si hablar se había convertido, como cuando escribo, en una acción destinada a mí misma. Tal cual fue la respuesta de James Joyce luego de que una periodista francesa le preguntara para quién escribía y él le respondiera: “Ah, muy sencillo, yo me siento en una punta del escritorio, en la otra punta está sentado el señor James Joyce, y entonces yo le escribo cartas”. Quizá sea así y solo estuve enviándome cartas desde el otro lado, así como ahora.
 
Tacna, 28 de octubre de 2012

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