Ana de los Ángeles.

La película arequipeña del 2012

Por encargo del Monasterio de Santa Catalina de Arequipa se nos ofrece Ana de los Ángeles, reciente filme local que recrea la vida de la beata Sor Ana de Monteagudo, religiosa y priora del convento a mediados del S. XVII. Difícil tarea que Miguel Barreda, reconocido cineasta arequipeño, llevó a cabo con éxito no obstante de tratarse de un film de época, que como es lógico, necesita de mayores esfuerzos logísticos y estilísticos de lo habitual.
En la línea de cintas como las españolas Rosa de Lima (1961) y Fray Escoba (1961), títulos obligatorios en la videoteca de nuestros colegios católicos; y quizás a la sombra de la serie de la TVE Teresa de Jesús (1984), Ana de los Ángeles mantiene una vocación doble: tanto moralizante como ilustrativa, coloreada sin embargo con acertados –y sobrios– recursos fantásticos que Barreda ha sabido imprimir bien, tal vez siguiendo las enseñanzas de Luís Buñuel. De esta manera, se hace evidente que la tradición cinematográfica (o artística en general) de nuestro país tiene necesariamente que estar nutrida de fuentes propias o conexas –tal como el caso de la hispánica–, que la doten de la verdadera originalidad y valor universal; fuentes que, al hurgar en la tradición fantástica de nuestros pueblos, se constituyen como el verdadero retrato del inconsciente colectivo de la ciudad. Uno de los caminos, quizás el más idóneo dado nuestro genio y figura, será sin duda el catolicismo o la tradición religiosa arequipeña.
Cabe destacar de la cinta el rigor histórico con el que se ha trabajado, un traspié común en este tipo de género, más aún en el cine nacional. Salvo algunas licencias tomadas por el guionista (en tanto el libre ingreso de alarifes, médicos, pintores, devotos, y religiosos de toda laya a un convento de clausura, recinto que exigía el uso del velo en las excepcionales situaciones de comunicación con los extraños), la verosimilitud de la película es sólida. De otro lado es de reconocer el hecho –nada trivial– de haberse evitado cualquier interpretación descontextualizada del pasado, juzgando con la mirada contemporánea mentalidades y hechos remotos. Error común en las producciones de este tipo que, como en Eva del Edén (2004) y La Perricholi (2011) trastocan y distorsionan la historia con su burdo contrabando ideológico.
La adecuación estética de los ambientes al S. XVII es más que buena –muy especialmente en el vestuario–, sobre todo en un medio donde el papel lustre es la principal herramienta de vestuaristas y escenógrafos. Una correcta fotografía permitió gozar de la belleza del convento, aunque consideramos que no se le imprimió una atmósfera definida al film en su integridad, algo que le hubiera dotado de más peso. De otro lado, debemos reconocer el hecho que imprimir la tensión narrativa adecuada para atrapar al espectador en una obra de corte eminentemente biográfico como esta, es un mérito indiscutible; quizás en las producciones de época más sobresalientes de nuestro entorno –como el Bien Esquivo (2001)– cualquier deficiencia podría estar suplida con una trama más compleja y pasional, algo imposible de aprovechar en esta producción.  

De las actuaciones celebramos especialmente la de Doris Guillen, quien nos tiene acostumbrados con su buen trabajo, y las de Eliana Borja y Martha Rebaza que destacaron notablemente en la cinta. Resulta gratificante de otro lado, constatar la evolución de los actores aficionados en Arequipa, en los que incluyo a Adriana Cebrián, cuyo entusiasmo deberá ser mejor canalizado con tiempo y trabajo, para que lo forzado de su interpretación se disipe a favor de una naturalidad más entrañable; sin duda semblante no les falta. Felicitaciones al equipo y en especial a Miguel Barreda.

          

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