Elisabeth Sanxay Holding

La auténtica precursora del suspence

Se considera a Patricia Highsmith como la novelista de suspense por antonomasia. La gélida autora de “La celda de cristal” y su galería de personajes inescrupulosos y autómatas, no fue, en realidad, la primera en incursionar en el género.
La maestra, a todos los efectos y a todas luces, pese a permanecer injustamente en la sombra durante medio siglo, fue Elisabeth Sanxay Holding. Raymond Chandler, en carta a su  británico Hamish Hamilton, le preguntaba: “¿Has leído a Elisabeth Sanxay Holding? Te aseguro que es la mejor escritora de suspense. No es recargada ni resulta irritante. Sus personajes son maravillosos y posee una suerte de calma interior que encuentro muy atractiva”.
Otro fan de Sanxay fue Alfred Hitchcock, quien seleccionó la novela “La pared vacía” -única entre una veintena de cuentos- entre “Mis suspense favoritos”, volumen editado en 1959.
Sanxay nació en 1889 en Nueva York y tuvo acceso a una buena educación, puesto que su familia desconocía las tribulaciones económicas. En 1913 se casó con George Holding, un diplomático inglés. El matrimonio vivió en varios países de Sudamérica y en las islas Bermudas. El debut literario de Sanxay se produjo en los años veinte, cuando ni siquiera imaginaba que escribiría novelas de suspense. Era entonces autora de seis extensas novelas como “Invincible Minnie”, tan bien valoradas por la crítica como por los lectores. La grave crisis económica de 1929, que afectó también al mercado editorial, influyó en el cambio de registro de la autora. Tenía entonces dos hijas menores y por razones alimenticias aceptó el consejo de su editor de escribir novelas breves de suspense.
Desde los inicios de 1930 hasta su muerte, en  1955, la prolífica Sanxay escribió18 novelas. De una de ellas, “The Silk Purse”, la crítica de The New York Times decía: “La señora Holding consigue dar trascendencia a cada uno de sus personajes, por intrascendentes que parezcan. Son un reflejo real de esa clase de personas que dicen sí cuando en realidad desearía decir no. Como la gente real, hablan cuando deben callar y callan cuando deben hablar”.
Tras editarlas en tapa dura, al año siguiente eran publicadas en ediciones de bolsillo y algunas, como “Net of Lobwebs” o “The Innocent Mrs. Duffy”, por capítulos, en revistas nacionales. Cuando los ejemplares se agotaron no volvieron a editarse hasta los años 60 en Estados Unidos y Gran Bretaña, tras la publicación de la correspondencia de Chandler, intitulada “Chandler Speaking”.
La edición en castellano de “La pared vacía” -versionada para el cine en 1949 con el título de “Almas desnudas” y en 2001 como “The Deep End”- es harto más reciente. Está ambientada en una apacible población cercana a Nueva York, en la II Guerra Mundial, aunque el conflicto bélico sólo aparece por alusiones, como: los sobres de la Victoria, los huertos de la Victoria, los carnets de racionamiento de alimentos y, lo que es peor para la fumadora Lucia, la escasez de cigarrillos; las restricciones en la gasolina y las insulsas cartas que la protagonista escribe a su esposo —y que el lector, felizmente, no tiene ocasión de leer- movilizado por el ejército a algún lugar del Pacífico.
La mayor cualidad de Sanxay es su maestría al trazar personajes y situaciones desde un punto de vista femenino y con una protagonista que es una mujer corriente, al menos en apariencia. Lucia Holley, ama de casa y cabeza de familia circunstancial, de 38 años, tiene a su cargo a su británico progenitor, discreto y anciano, en la inopia, y que sin embargo cree apoyarla y protegerla y a sus dos hijos: Bee de 17 años, causante del problema inicial y con aspiraciones artísticas y David, un quinceañero retrógrado. La admirable y estoica Lucia cuenta con el apoyo emocional y logístico de la no menos extraordinaria, eficaz y reservada Sybil, la cocinera afroamericana que lleva con deportividad su particular vía crucis de injusticia y discriminación racial, conflicto apenas esbozado en la trama.
Estas singulares Batman y Robin hacen frente a situaciones extremas sin perder la sofrosine, ante el desconocimiento y la indiferencia del abuelo y los nietos. La estresada Lucia maquina estrategias y coartadas acuciada por matones y señores agentes de las fuerzas brutas del orden público en simultáneo, mientras cose la basta de su falda más apropiada para lucir ante una afable vecina y sus vástagos, aparentando lo imposible: absoluta normalidad: “Había conseguido ese día para ellos, lo había comprado para ellos a un precio que no quería ni empezar a calcular. Nunca volverían a disfrutar de un día como ese. Ese día tenía, para ella, la claridad desgarradora de las escenas adorables que sólo se viven una vez”.
Si las heroínas son sui generis, los matones tampoco se quedan atrás, a excepción, quizás, del despreciable Nagle, fuente de los problemas de Lucia. Donnely y Darby son malhechores con matices, como todos, resultado de causas circunstanciales.
La prosa de Sanxsay es eficaz y absorbente. El lector asiste con el alma en vilo por igual a trances como un asesinato o la compra de un pollo en tiempos de escasez, o el chantaje y las inútiles gestiones para que el técnico arregle al fin la refrigeradora de Lucia, decidida a mantener la paz del hogar en todas sus acepciones. Esa cercanía y naturalidad de los personajes consigue que el lector más remiso al género de suspense reconsidere su valor y se sume a Hitchcock y Chandler como incondicionales de Sanxay Holding.

sanzay

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