La fuente de inspiración

El autor de “Vidas imaginarias”

A veces los discípulos aventajan a los maestros, aunque es difícil pensar en Jorge Luis Borges como discípulo de nadie -excepto de sí mismo-. Él afirmaba haberse inspirado en Marcel Schwob a la hora de escribir algunas de sus obras capitales.

A estas alturas del match, el gentil lector se hace la pregunta de rigor -¿de rigor mortis?-: ¿Y quién fue Marcel Schwob? Vayamos por partes (como diría Jack el destripador). Marcel Schwob tenía altas posibilidades de desarrollar una trayectoria literaria. Hay quien llega a la literatura por azarosas vías. Otros, como Schwob, por consecuencia natural. Era altamente improbable que no hubiese sido un distinguido letraherido.

Nació en 1867 en Francia. Su padre fue un preclaro utopista y su madre descendía de los Cruzados. El debut literario del infante Marcel fue precoz, como era previsible: a los once años publicó su primer artículo en el diario de su progenitoor, Phare de la Loire. Nuestro joven autor en ciernes avanzaba imparable en el árido mundo de las letras y a los catorce años se instaló en París, con su tío. No puede decirse que fuese un pariente cualquiera, para variar: era nada menos que bibliotecario de la Biblioteca Mazarine, una de las mejores de toda Francia. Pero el tío bibliotecario era, además, autor bien documentado -por deformación profesional- de novelas históricas. De modo que Marcel, en tan privilegiado entorno, estudió filosofía y sánscrito. Puede pensarse que para entonces sería un pedante y snob jovenzuelo, pero sería un craso error suponer tal cosa. Marcel era fan enardecido de Robert Louis Stevenson, tras leer La Isla del Tesoro y sería, con el tiempo, un orgulloso amigo epistolar del autor escocés. Marcel fue, además, gran admirador de Francois Villon, el vate medieval acusado de robo y homicidio. Prueba de los eclécticos gustos de Marcel, por si quedasen dudas, es que escribió un documentado estudio sobre la jerga francesa.

En sólo cinco años, entre los veintitrés y los veintiocho escribió la mayor parte de su obra, entre otros títulos “Corazón doble”, dedicado, cómo no, a Robert Louis Stevenson. Una de sus obras de mayor significado fue “El libro de Monelle”, un extenso relato poético inspirado en Louise, su partenaire, una chica pobre muerta de tuberculosis, pese a los cuidados de Marcel. Su muerte, a fines de 1893, le marcó de por vida. Tampoco él tenía buena salud: para tratar los síntomas de una enfermedad estomacal consumía opio y éter, con previsibles consecuencias. Como dirían los clásicos locales, peor fue el remedio que la enfermedad.

Otras obras suyas son “La cruzada de los niños” o su más conocida “Vidas Imaginarias”, escrita en 1895 y que maravilló a Borges.

“Vidas Imaginarias” es una inusual sucesión de apuntes biográficos sui generis de personajes fuera de lo común, como Pocahontas o sujetos como Walter Kennedy, pirata iletrado, o Crístido, incendiario. Con sugerente prosa, Marcel regaló a la posteridad impagables reflexiones como la atribuída a Crates, cínico, discípulo de Diógenes: “Los reproches de Diógenes le daban tanta risa, como sus pretensiones de reformar las costumbres”.

La premisa fundamental de sus “Vidas Imaginarias” la resumió el propio Marcel así: “No hay ciencia del tegumento de una hojuela, de los filamentos de una célula, de la curvatura de una vena, de la manía de sus hábitos, de los cambios bruscos de un carácter”.

Una muestra de su estilo es la frase de la vida de Petronio: “Nació esos días en que saltimbanquis vestidos de verde hacían pasar lechoncitos amaestrados a través de aros de fuego”.

Marcel desarrolló además una extensa labor como traductor de Hamlet, Macbeth, Moll Flanders, de Defoe, las obras de su admirado Stevenson, de Poe, Whitman, Twain y de Oscar Wilde, su amigo y compadre espiritual. Como promotor cultural, hizo publicar “Ubú rey”, del otro distinguido alien Alfred Jarry, quien se lo dedicó: “a aquel que sabe”.

En 1901, tras agravarse su enfermedad, fue operado. Antes, había llevado a cabo, en compañía de su secretario chino, un viaje por los Mares del Sur siguiendo el rastro de Stevenson, ya muerto.

Marcel murió en febrero de 1905. En ésa época dictaba clases sobre el vate Villon en la Ecole des Hautes Etudes de París, movido por su leitmotiv existencial: “Las ideas de los grandes hombres son el patrimonio común de la humanidad: lo único que ellos realmente poseyeron fueron sus extravagancias”.

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