Oda a la alegría

Estar bien

La alegría es la emoción más festejada por el ser humano, su aparición responde a la victoria, al cumplimiento de una promesa, a la contemplación de una respuesta pero sobretodo al propio crecimiento personal. Este milagroso atributo ha hecho de ella un objeto de predilección en muchos ámbitos del desarrollo humano, un ejemplo claro es el romántico Federico Von Schiller, quien escribió su oda a la alegría dilucidando vigorosamente que solo el hecho de vivir es un motivo suficiente para estar alegres; tal motivación también fue llevada a la música por Ludwig Van Beethoven en su universal “Himno de la alegría”, parafraseando genialmente a Schiller.

Definir la alegría resulta sencillo y difícil a la vez; sencillo porque la emoción es tan simple que un “estar bien” seguido de una sonrisa resuelven el asunto, difícil porque da la sensación de que “estar bien” no basta, y no es que sea una respuesta muy vulgar sino todo lo contrario, la suma sencillez de la alegría es tan difusa que logra escaparse inclusive de una frase tan minúscula. Algunos hablan de frescura interior, calma o conformidad con uno mismo, lo cierto es que su significado cae por su propio peso por estar estrechamente unido a la experiencia. Abstraerse en cuestiones de humor y de alegría es pecar de idealistas y de aburridos, además, definir la alegría y encasillarla en el lenguaje puede volverse peligroso en tanto que todos aspiramos a ella.

Si a alguno le preguntan qué es, no acertará con nada, se refutará muchas veces y concluiría que es mejor rendirse ante la inmensidad de algo tan innegable como la alegría, las palabras se vuelven más un intento que algo concreto; esta aspiración, humana ciertamente, pero que parece superar los límites del lenguaje y volverse divina, ha ido desfigurándose época tras época y tomando forma, así, ha llegado a ser reconocida como la corona del éxito, penosamente no de cualquier éxito, sino de uno artificial y tan terreno que hasta tiene un precio. Esta alegría trastocada es manipulada a nivel mediático para persuadir a las personas en optar por tal o cual modo de vida; al ángel le cortaron las alas y ahora se arrastra en la porqueriza de la ambición y del consumo.

La buena noticia es que no se ha dicho todavía la última palabra, como decía José Saramago, “lo bueno de la derrota es que nunca es definitiva”, y en este caso no parece serlo para la alegría. La alegría no tiene un precio, pues todos hemos visto sonreír a pobres y sufrir a ricos, algunos recordarán la telenovela “pobre niña rica”, la cual no vi lamentablemente pero cuyo título es tan obvio que no parece un requisito ver la telenovela para saber en qué onda va. No trato de decir que los pobres viven alegremente y los ricos no, nada más absurdo que eso, pero en todo caso la alegría no es discriminatoria, aunque sí se escabulle fácilmente.

A veces tendemos a asociar la alegría como consecuencia a un estímulo, si consigo algo estoy alegre y si no lo consigo estoy triste, lo cual es un error, pues siendo así, viviríamos a la deriva disfrutando azarosamente de momentos felices y nefastos, la vida se volvería una suerte de angustia interminable. La alegría más grande no se consigue con méritos ni tampoco distingue entre buenos y malos, pues no hay mejor alegría que saber de un malo que se volvió bueno; la alegría está en todas partes, hasta en lo más patético de nosotros mismos cuando nos reímos de nuestro fracaso. Quien no está alegre es un enemigo de la vida, la rechaza, pierde toda esperanza de prosperidad, lo cual es muy grave pues, la principal fuente de la alegría es la esperanza.

Si verdaderamente tenemos esperanza aún se puede estar alegre, hasta en los momentos más difíciles. Aunque mi optimismo pueda resultar exagerado y ofensivo inclusive, seguiré apostando por la alegría ya que a mi parecer no esta sujeta a una sonrisa, ni mucho menos a la falsa apariencia de bienestar que dan algunas personas infelizmente dependientes de la aprobación de los demás. Existe un adagio en el libro del Eclesiástico que canta: “Distrae tu alma y consuela tu corazón, aparta de ti la tristeza”, y me gusta porque coincido con muchos en que nadie escoge estar triste simplemente porque sí, muchas veces las circunstancias son capaces de de amedrentar cualquier intento de estar alegre, pero lo fabuloso de este adagio es que nos aliente a distraer el alma, qué sería del ser humano si no tuviera esta capacidad, cómo afrontar las guerras, epidemias y demás pesares si dentro de nosotros no tuviéramos la facultad de soñar; muchos hombres nos rendimos ante el mundo que nos rodea, otros como Tolkien inventan árboles que caminan.

Para terminar, solo quisiera alentar a todos a no perder la alegría, hay que descubrirla constantemente dentro de nosotros y buscar sin desfallecer los motivos suficientes para sostenerla, ya sean reales o ficticios. Este es un requisito elemental para vivir bien, recordemos que hasta un hombre tan atormentado como Beethoven no pudo encontrar mejor inspiración para su música que la simple alegría de vivir.

Festejemos la vida.

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