El Vallejo que conozco

Homenaje en el mes de las letras peruanas

Probablemente, cuando me dieron a leer Paco Yunque en mi escuelita de primaria, poco debió interesarme quién era el autor de dicho cuento; en cambio, le presté muchísima atención a la historia contada en aquellas hojas con ilustraciones que la profesora nos había repartido minutos antes. Y no porque a mi corta edad entendiera plenamente la complejidad de las relaciones socioeconómicas entre los hombres (aunque las intuyera), o porque cuestionara la conducta equivocada del profesor, menos aún porque pusiera en duda la caracterización de muchos de los personajes descubriendo en ellos cierto maniqueísmo. Sino, simplemente, por encontrarme en la figura del protagonista: Yo, como Paco Yunque, también venía del campo.

Esa sensación de desarraigo tras la lectura de aquel cuento es mi primer recuerdo de la obra de César Vallejo. Lo de su poesía vendría después, cuando memorizaba los versos de Piedra negra sobre piedra blanca en tanto iba y venía por el techo de mi casa, inquieta por la inminente llegada del día siguiente en que debía declamarlos en clase. Claro que entonces no comprendía la razón del título (pues en ninguna parte del poema aparecían las mentadas piedras). Pasaron muchos años para que yo entendiera que el nombre aludía a la costumbre en la tierra de Vallejo, de colocar sobre las tumbas una piedra negra sobre una blanca.

De la mano de César Vallejo aprendí los conceptos de dolor, injusticia, desigualdad…; pero sobretodo, solidaridad humana. Me fui acostumbrando a sentir mío cada sufrimiento ajeno, a dolerme tanto con el dolor de los hombres. Será por eso que no fue casual elegirlo a él como tema de la monografía que presenté en cuarto año de secundaria. Y como en aquellos años no se había popularizado aún el acceso al Internet, debí acudir a la biblioteca pública a fin de seleccionar los poemas que compilaría en una breve antología, además de señalar los aspectos más importantes de su vida y obra. Entre las representaciones de su figura preferí dibujar aquella donde apoya el mentón sobre el puño. Imaginando si todo poeta debía llevar el gesto adusto, la mirada siempre triste. Todavía ahora, cuando descubro a cualquiera en esa misma postura, recuerdo a ese “niño lleno de dolor, de tristeza, de inquietud, de sombra y de esperanza” — como una vez describió Abraham Valdelomar a Vallejo—. Y contengo las ganas de correr hacia él para hablarle de su poesía, de los conflictos de su vida, de sus apasionados y jóvenes amores, de su socialismo, de su profunda humanidad; comentarle por último que César Vallejo no solo es el Poeta del dolor humano, sino de la esperanza de un mundo mejor. Hasta sería capaz de compartir con quien quisiera oírme los versos que me reconciliaron ya de adulta con la declamación: “Me viene, hay días, una gana ubérrima, política, /de querer, de besar al cariño en sus dos rostros, / y me viene de lejos un querer /demostrativo, otro querer amar, de grado o fuerza, /al que me odia, al que rasga su papel, al muchachito, /a la que llora por el que lloraba, /al rey del vino, al esclavo del agua, / al que ocultose en su ira, /al que suda, al que pasa, al que sacude su persona en mi alma. (…)”. Entonces, poco me falta para ir por allí deteniendo a todo el mundo en medio de la calle y abrazarlos luego.

En ocasiones me he detenido frente a su busto en la avenida Bolognesi y todavía no sé si los que transitan por ahí consiguen reconocerlo, más allá de quienes el 15 de abril van a colocarle arreglos florales. Quizá se deba a que él no está realmente en ese lugar. Lo he hallado siempre en sus escritos, en el llanto de Paco Yunque y los esfuerzos de Paco Fariña por distraerlo de su sufrimiento, en la maravillosa metáfora de la madre convertida en el llavero de innumerables llaves, en el conmovedor artículo que publicó tras la muerte de Abraham Valdelomar…

Al leer su cuento por primera vez, no tenía idea de que Vallejo se convertiría, como ya lo hizo, en parte del enorme conjunto de amigos materializados a partir de las letras, habitando mi casa, dando sentido a mi mundo. Amigos a quienes estrecho y agradezco a diario por ayudarme a entender mejor esta realidad fuera de los libros.

Tacna, 5 de abril de 2013

 

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