¡No aplauda entre movimientos!

Concierto de Celulares en el Teatro Municipal de Arequipa

Konrad Seipel nació en 1920 en Viena, capital de la recién constituida República de Austria Alemana. Ya desde su infancia, Konrad, bajo la guía de sus padres –ambos músicos aficionados– frecuentó los más renombrados teatros, salones de música y hasta en alguna ocasión el mismo Palacio de la Ópera, llegando incluso a ser integrante, años después, del coro de la capilla de la Catedral de San Clemente.

 

Se dice de Seipel que aprendió de su padre, como era usual para cualquier jovencito austriaco, a distinguir de un solo golpe de oreja, la pieza y el compositor que escuchaba; y que mamó –junto con la leche– de su progenitora el respeto y la atención que se debía prestar a una presentación musical cualesquiera fuese, y así fue iniciado en las más básicas reglas de etiqueta, como correspondía en aquella capital mundial de la música, en especial en ella que dice: “!No aplauda Ud. entre movimientos!”

Sin embargo, hoy, seis de abril de 2013, y meditándolo más profundamente, ¿por qué habría de comentar la vida de Konrad Seipel y sus grandes (y ficticias) proezas en el mundo del arte, para una –más aún– ficticia vida cultural en la ciudad? Por qué habría de aludir a la melomanía y refinadas costumbres del vienés en una Arequipa que, como hacer algunos días, en el concierto de Juan José Chuquisengo (renombradísimo pianista peruano, cuyas ejecuciones han alcanzado ni más ni menos que el Top 100 de la Música Clásica de todos los tiempos, justo a Rubinstein, Glenn Gould y Perahia) fomentó un concierto paralelo de celulares que impuso su propio ritmo, llegando a interrumpir –literalmente– la presentación; en una Arequipa que recibe a los invitados de talla internacional en un Teatro Municipal que más parece un escenario de post guerra y que tiene menos acústica que una caja de fósforos; una Arequipa en la que la señorita representante del Alcalde Provincial permaneció todo el bendito concierto chateando y jugando con su ipod (¡y en plena primera fila!). “¿No aplauda Ud. entre movimientos? ¡Eso es un anacronismo, un penoso resabio aristocrático en un tiempo en donde en la propia Scala de Milan se piden “bis” a cada rato!” –me responderá usted–. “Confío, sin embargo, que la irrupción democrática no nos empuje al abismo de una Roma asediada por Alarico” –le responderé entonces, estimado señor–. Confiaré así, de todo corazón, que no se nos arroje al barranco de una Arequipa en la que Zegarra le siga imponiendo la “Medalla de la Cultura” a otros Jimmy’s Santi, abandonando la verdadera cultura.

 

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