“Asu mare”

El “limeño” como peruano: ¡”Marca Perú”!

A inicios del S. XIV Guillermo de Occam elaboró su famosa “Ley de parsimonia” en la cual  se afirma que “en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la correcta”. Siete siglos después y ya en el Perú, esta Ley bien podría consagrar los esfuerzos de un grupo de publicistas, que han definido un efectivo concepto de identidad nacional. La “marca Perú” resulta pues un concepto simple –¿o más bien cabría decir simplón?- de lo que representa ser peruano: comer rico, ser avispado, espontáneo, bacán… Una explicación que resulta más a pedir de boca que la que pudiera haber elucubrado Basadre, Porras Barrenechea, Mariátegui, Haya, Víctor Andrés Belaúnde o de la Riva Agüero. Una visión de país que “no se hace paltas”, “está hecha para el éxito” y que obvia categóricamente cualquier falta de optimismo, aunque eso signifique esconder en el armario una serie de inconsistencias y traumas nacionales. El peruano ya no necesita explicaciones sofisticadas o sonsonetes que le hagan recordar el pasado dolor ¡Nada de eso! El peruano quiere “progresar”: ser respetado por la “gente bien” (léase los gringos y los pitucos, a quienes de otra parte se les debe afrontar ambiguamente: menospreciándolos y alabándolos aleatoriamente); quiere olvidarse de la migración, de la CVR, la corrupción y la dictadura para hacerse un espacio a empujones, y “vivir la vida” lo mejor que se pueda. El peruano quiere sacar su “cuenta millonaria”, ser famoso en “Yo soy”, chupar con sus amigos en un “viernes de patas” y olvidarse de una buena vez del hambre (y de los causantes de ese hambre) que le tocó vivir, a él o a sus antepasados.

Así pues, de los realizadores de la marca Perú, llega hasta nuestras pantallas: ¡Asu Mare! El verdadero Ben-Hur de la plebe peruana. En él disfrutaremos la historia del verdadero criollo, barrio, causa, que a pesar de las adversidades y como por arte de magia encuentra el éxito: (plata, fama y una mujer de un estrato social y racial al que no podía acceder), eso sí, sin dejar de sentirse orgulloso de su condición humilde. Un película que –¡Oh! dioses de la identificación- fue ovacionada hasta con emocionados aplausos cuando cayó el telón.

Y más allá de la buena actuación de Carlos Alcántara, o de la espontaneidad y veracidad de su historia, nos sorprende –como el lector ha advertido– cómo se está consolidando gradualmente el arquetipo de lo que significa ser peruano –ni cholo, ni pituco– por obra y gracia de los estándares del mercado (recordemos cual fue y es el verdadero objetivo de la dichosa “marca Perú”). ¿El criollo limeño se estará convirtiendo –como puedo intuir- en el patrón hegemónico de conducta? En fin, todo se puede hacer (o deshacer) con un poco de “creatividad peruana”.

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