Erwin y el diablo

Un cuento de Navokov Si viajamos en autobús camino al trabajo o de vuelta a casa, y tuvimos la suerte de tomar el asiento junto a la ventana, ocurre que nos quedamos contemplando a quienes transitan en las calles. Lo hacemos impunemente porque somos conscientes de la ventaja que el vehículo y la velocidad nos da sobre los de a pie. Entonces podemos echar una rápida mirada a su porte, su contextura, la ropa que visten, los rasgos generales de sus rostros… Y si, estacionados en algún paradero, somos descubiertos por el transeúnte que está siendo examinado por nosotros, de inmediato apartamos la vista fingiendo observar el perfil de esa esquina, los títulos de los comercios, los anuncios pegados unos sobre otros en los muros y en los postes. Encendemos el celular o miramos con preocupación el reloj en nuestra muñeca, sacudiendo la cabeza por lo tarde que se nos está haciendo y este bus ¡cuándo reiniciará la marcha! Con un poco de suerte, la persona no advertirá si tan solo segundos antes era objeto de nuestra desvergonzada observación. Además es lógico pensar que si nos resulta atractiva, iremos sumándola a nuestra lista de amantes imaginarios; pero lo absolutamente improbable será la repentina aparición del diablo ofreciéndonos volver nuestro sueño realidad.

Como en la literatura no existe lo improbable, leí la historia de este ofrecimiento bajo el título de “Un cuento de hadas”. En ella, Erwin (el protagonista) irá recorriendo las calles desde el mediodía hasta la medianoche en busca de mujeres que conformen el harem que le ha prometido materializar Frau Monde (el diablo): para ello no debe sacrificar su alma, simplemente cumplir el requisito del número impar de elegidas. La historia pertenece a la pluma de Vladimir Nabokov; durante estos días he estado dedicada a leer sus cuentos. Mi primer acercamiento a la escritura nabokoviana fue “Lolita”: aquella conocida novela en la que se describe el apasionamiento de Humbert Humbert por la nínfula Lolita, a quien el narrador protagonista convierte en su amante —lo que alguno interpretó como “el viejo mundo que pervierte al nuevo mundo”; aunque bien podría ser entendido como una perversión mutua—. Me adentré en ese libro desprovista de todo cuestionamiento moral que me impidiese disfrutar a plenitud la experiencia de la lectura, porque un libro de ficción debe ser juzgado principalmente en cuanto a su calidad estética, a su capacidad de proveernos lo que el mismo Nabokov afirmara un día: “la sensación de que es algo, en algún lugar, relacionado con otros estados de ser en que el arte (curiosidad, ternura, bondad, éxtasis) es la norma. Todo lo demás es hojarasca temática”. Por ello, Lolita se convirtió en un poderoso impulso que me llevó a buscar los otros libros de Nabokov; fue así como llegaron a mí sus cuentos completos de la mano de mi profesor Segundo Cancino, quien en la sala de su casa me extendía aquella edición de Alfaguara en tanto hablaba brevemente de la tragedia de los exiliados rusos. Debí mantenerme tranquila en el sillón de al lado y extender delicada el brazo para recibir la ansiada colección mientras iba repitiéndome en silencio: “¡no pierdas la compostura, no saltes del sillón, ni te lances sobre tu profesor para arrebatarle desesperadamente el libro!”.

 

Cuando llegué a casa revisé el volumen, deslicé mis dedos a lo largo del índice y me detuve en aquel cándido título: “Un cuento de hadas” pensando que bien podría tratarse de una narración fantástica; bien, una denuncia de la fantasía. Y aunque, a medida que iba leyéndolo, presumía el fracaso del protagonista al no conseguir mantener la disparidad del número de futuras consortes, seguí con abierta curiosidad su recorrido por las calles mientras examinaba el rostro de la muchacha que jugaba con el perro en el parque, las gemelas esperando el autobús, la frívola amante descendiendo por las escaleras del hotel… Luego sonreí al pensar si en cierto sentido me había convertido en los ojos de Frau Monde y casi experimenté su mismo cansancio cuando pasada la medianoche, llamó a Erwin para preguntarle por el número de mujeres seleccionadas. Este cuento no se caracteriza precisamente por la profundidad del tema, sino por el dominio del lenguaje y la maestría en la construcción del relato: allí radica la riqueza del libro, además del juego deliberado de Nabokov brincando entre lo simple y lo complejo en tanto concibe la tragicomedia de todos sus personajes; tras los cuales, de cierto modo, se nos va insinuando o revelando el abismo del alma humana.

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