CROMOSOMA

Crítica a Juan José Rodríguez, de poeta a poeta.

Muchas veces un libro de poesía es más que eso, y se convierte en singular tratado –en el sentido más dúctil del término– de la experiencia humana en todos los ámbitos. Y así pues, a pesar que Platón siga expulsando a los poetas de su República ideal como quien arroja mercaderes de los templos, habrán voces –muy atinadas, por cierto– que afirmarán que poesía y filosofía son dos caras (disparejas) de una misma moneda.

En esta fecunda línea poética es que podemos situar al ecuatoriano Juan José Rodríguez. Novel autor que, precozmente, deleita a sus lectores con breves –más profundos– tratados de caótica epistemología en cada uno de sus versos. Decidido adicto a Kant, tal vez sin saberlo, sostiene en su obra una visión schopenahueriana del cuerpo como lugar de enunciación de la filosofía y verdadero ámbito del Ser; para luego apelar a los criterios de Lacán sobre la función fundante de la palabra en propio cuerpo, como único acto de reconocimiento. Todo este armatoste teórico –su noción de cuerpo, y la vigencia que otorga a las categorías kanteanas– darán lugar en su último trabajo, Cromosoma, a una verdadera y sentida reacción contra la realidad objetiva, en especial contra cualquier verdad científica.

El lenguaje –verbo– tendrá en la poética de  Rodríguez una dimensión trascendental, y hasta diríamos mística, pero paradójicamente, ésta siempre revestirá una forma desacralizada y escéptica. Así pues, el ecuatoriano entenderá como símbolo únicamente a una porción de la realidad henchida de forma, pero sin ningún fondo. Esta particular forma de concebir “la totalidad”, en vez de consolidar “el Sentido” lo amenazará sustancialmente. Dislocará luego el centro de referencia de lo real, para en seguida hacer surgir la angustia. Es en virtud a ese mecanismo desnaturalizado/desnaturalizante, que el autor buscará relativizar el tiempo y el espacio, haciendo del no-centro –desde donde clama con sus versos– un angustiado punto de referencia.

Con su particular cosmovisión, Rodríguez  condenará todo, incluso la propia noción del orden –nombre del Padre– a la inexistencia y a la sujeción al caos. El autor sólo sujetará su Ser –retorno al soma– en la continua realidad cotidiana, ya desprovista de un sentido. Hablamos así, de un cuerpo re-significado y transfigurado por la noción subjetiva (Kant). Trocando cualquier hecho actual en una experiencia reelaborada desde la subjetividad, Rodríguez  agotará hasta el infinito las posibilidades sensoriales y multiplicará –por obra y gracia del “Yo” – las cualidades de los objetos. Esta mecánica caleidoscópica –sólo comparable al uso de ciertas sustancias psicotrópicas– sólo será posible mediante  la afirmación del cambio constante –río heracliteano– como el sostén del conocimiento.  Cambio eternal que se constituye en la piedra basal de su precaria construcción lingüística e ideológica.

Rodríguez nos zambulle en su particular  visión de la existencia mediante una amplia gama de imágenes, que aunque repetidas ciertas veces, se hacen ricas y sugestivas en los mejores momentos del libro. Imbuyéndonos en un muy bien delineado ambiente post-industrial y sanitario (hospitalario), logra que ante nosotros emerja un mundo cuya esperanza reside en cantar y vivir plenamente la desolación y el sin-sentido (Nietzsche). Una tragedia en clave post-moderna, cuya retórica alcanza su pleno valor si se lo lee entendiendo el sustrato filosófico antes aludido. No estamos, pues, frente a un vulgar muestrario de sensaciones y verborragia subjetivista, tan propia de la contemplación del “maravilloso mundo interior” del autor. No. Estamos frente a una propuesta de la escritura bajo las premisas ideológicas de la modernidad (ya aquejada de sí misma) y de la post-modernidad. Sus versos no son, también, ejercicios o arpegios para recreo del ojo, del hipotálamo. Son existencia hecha color, chispazos surgidos de una forja espiritual.

Este mundo cruel, tan bien bosquejado por Rodríguez, tendrá –también– su correlato en el doloroso tránsito hacia la adultez, donde el mundo infantil (tan subjetivizado) pierde sustrato al enfrentarse al Gran Otro: la Naturaleza y el Hombre. De este violento recorrido restará en el Autor el recuerdo, un dejo de ternura y el gran vacío de ese paraíso perdido; de ese esquema sin contradicciones. De esto darán cuenta las introducciones a cada uno de los capítulos del texto (cuyo hilo conductor es un niño) y en el tema: Post-Truffaut.

La ansiedad que empuja todo el contenido del texto proviene también de la certeza de una finita realidad biológica, estado al que está reducido –según el autor– todo el Ser. Y a pesar que para Juan José las palabras estarán por encima del cuerpo y lo guiarán a sus últimos cometidos (el espíritu que las mueve), estas no serán más que proyecciones efímeras del propio cuerpo condenado a morir. Es por eso que la palabra moverá a un deseo inaccesible, uno que será el origen de la existencia tal y como la conocemos (Lacán). Es así que, para terminar por el inicio, el título del libro, Cromosoma, referirá pues a la búsqueda de la identidad, pero de la identidad última, la razón de nuestra existencia. Una búsqueda que encontrará por toda respuesta a un Ser biológico, trágico y finito; uno que fundado en el cuerpo busca un tiempo feliz antes de todo tiempo (niñez/paraíso perdido/la totalidad del ser), condenado por su “razón” a sólo buscar espejismos.

(RODRÍGUEZ, Juan José (2010) Cromosoma. Quito: Eskeletra editorial. pp. 133.)

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