Razas y Géneros durante la Colonia

La historia del Perú colonial vista con ojos menos totalizantes y hegemónicos.

Algunos estudios sobre historia del Perú, en especial aquellos que emplean una concepción descriptiva-narrativa del pasado, se basan a menudo en un método totalizante. Sin embargo, desde hace varios años ya existen estudios que se concentran en visiones alternativas parciales, por ejemplo desde la perspectiva de las minorías, ya sean raciales, sociales o de género. Es más, se observa que hay ahora, en el entorno académico anglo-sajón, campos enteros de investigación dedicados a enfoques alternativos como los “Gender Studies” (Estudios de Género) o los “Transatlantic Studies” (Estudios Transatlánticos).

La estructura social-racial del mundo colonial en toda Hispanoamérica era muy compleja. Se prefiere llamarla “sociedad de castas” (retomando en realidad la nomenclatura de aquellos tiempos). ¿Qué quiere decir el término?

Magnus Mörner propone que “sociedad de castas” defina en Latinoamérica una sociedad colonial multiétnica a la que se trasfirió el modelo europeo de la sociedad estamental.

En la España del Medioevo la jerarquía social era de estamentos (no de clases); garantizaba el orden por medio de normas que definían los privilegios, inmunidades, derechos y deberes de los miembros de cada estamento. Así, por ejemplo, el primer estamento, el del clero, gozaba de inmunidad tributaria y judicial de todo tipo; la aristocracia también tenía inmunidad tributaria, debida originalmente a su importancia en el campo militar. El tercer estamento, el de la población en general, estaba constituido por agricultores, artesanos, mercaderes, etc. Algunas profesiones se organizaban para ejercer su función en forma corporativa, como los “gremios” militares o universitarios o los “consulados” de mercaderes que incluían miembros de diferentes estamentos. La sociedad funcionaba con este esquema y cada individuo sabía a qué estamento pertenecía y acataba el conjunto de normas que regía sobre su grupo social.

Dicho modelo se trasladó a América, aunque con estructuras formales diferentes. En el Nuevo Mundo las relaciones sociales no se caracterizaban tanto por jerarquías estamentales cuanto por la dicotomía conquistador-conquistado, o, en otras palabras, español-indígena.

Ese orden básico fue tomando en América formas más específicas según el tipo de sociedad aborigen que encontraron los españoles, hasta formar sociedades que tenían, en algunos casos, características radicalmente diferentes. En los Andes los españoles supieron asimilar las jerarquías incaicas pre-existentes, aunque primero derrocaron a la aristocracia inca por la fuerza y se ubicaron como nuevo mandatario. El resto de la población nativa pasó a formar el estamento general de la “República de los indígenas”, localizada mayoritariamente en zonas altoandinas. Los españoles, por su parte, formaron la “República de españoles”, localizada en la franja costera.

Pronto se formaron subdivisiones en la jerarquía social ya que entraron en juego otros factores. La inmigración forzada de los esclavos africanos añadió un grupo racial antes desconocido que también debía ser integrado. La asimilación tomó forma visible en la mezcla racial, y no sólo de los negros sino también de los indígenas.

Con el tiempo fue creciendo la cantidad de mestizos, es decir, de hijos de padres españoles y madres indígenas, que eran una raza antes totalmente desconocida. Y ocurrió lo mismo con los negros: surgió una categoría conocida como los mulatos, hijos de padres españoles y madres negras.

El gobierno colonial trató de ordenar la sociedad mediante el sistema de castas, es decir, clasificando a la población en categorías raciales como “español”, “indio”, “negro”, “mestizo”, “mulato” y “zambo” (mezcla de indígena con negro); y dando (o negando) a cada categoría privilegios y deberes diferentes.

Además, a cada casta se le asignaron agrupaciones domiciliarias separadas en lugares propios y con sus respectivos cuerpos de administración. Los negros y los españoles, así como las castas mixtas de esos grupos se ubicaron en la costa mientras que los indígenas y los mestizos dominaron la sierra.

Tomando como referencia la importancia del color de piel en la asignación de la persona a grupos sociales con diferentes derechos y privilegios, algunos autores han calificado de “pigmentocracia” a la sociedad de castas, quizá para resaltar la diferencia con aquello que se entiende tradicionalmente por “casta” en la sociedad hindú, que no permitía ascenso o descenso social ni contacto entre las diferentes castas. El estatus social de la persona estaba pues predeterminado por el material genético con el cual se nacía.

 

En cuanto al Género, la corona española veía América como un “reino de ultramar” en el que se debía fomentar una sociedad según el modelo ibérico, es decir, una comunidad que incorpore las normas cristianas sociales y culturales. La familia era considerada el núcleo promotor de esas normas; y la mujer, patrona y protectora de la unidad familiar. Los indígenas debían asimilar poco a poco esas normas. Con este fin, a la familia y a la mujer se les designó un papel central; se convirtieron en figuras principales dentro del programa español de poblamiento de las Américas, tanto así que la corona se refería a su campaña americana con el lema “Gobernar es poblar”.

A la mujer se le asignó la tarea de forjar la nueva sociedad y de asegurar la población española en las Indias. Para ello ya en 1505 el Rey Fernando de Aragón dictó un decreto por el cual los conquistadores que se afincaban en América debían traer a sus esposas de la península o regresarse a España. La razón principal era la corrupción de la moral cristiana que observaban los miembros de la iglesia católica, ya que los españoles tomaban a mujeres indígenas de forma irregular, sin acatar los sacramentos o atenerse al precepto de lealtad sexual de los hombres casados. La situación de promiscuidad era algo que también se sospechaba de las mujeres españolas dejadas detrás por los conquistadores, por lo que los representantes de la iglesia católica instaron al rey en repetidas veces a dictar el decreto antes mencionado.

La aplicación de las normas sociales era sin embargo muy diferente. En América era casi imposible vigilar el cumplimiento de los decretos reales: muchos no fueron acatados o fueron esquivados o simplemente revisados y modificados por las autoridades locales.

No se cree que los conquistadores estuvieran en desacuerdo con la ideología real —probablemente ellos también consideraban que las mujeres españolas eran las embajadoras de la cultura española— sino que la empresa de reunir familias transatlánticas era muy peligrosa y difícil, empezando por el largo tiempo de travesía interoceánica y los peligros que significaba. Lo mismo, en tierra firme.

Muchas españolas no sobrevivieron al viaje por tierras infestadas de mosquitos y animales salvajes; incluso los indios enemistados constituían un peligro, en especial para alcanzar regiones alejadas. Es comprensible que al enfrentarse con tales riesgos muchas mujeres prefirieran quedarse en España, teniendo en cuenta que la mayoría ya habían vivido solas veinte años.

Con el tiempo la carencia de mujeres blancas en América se resolvió, aunque la masa de mestizos también creció rápidamente.

Uno de los motivos que mantenía el flujo de mujeres hispanas hacia América era la esperanza de ascender en la posición social, ya que los blancos se habían ubicado en la cumbre de la jerarquía de castas. El casamiento con mujer blanca significaba ascenso para un hombre, mientras que juntarse con mestiza era empeorar su  situación. De esa forma las mujeres blancas tuvieron gran “valor” o prestigio social. Los hombres, por otro lado, podían mejorar su situación jerárquica por medio de actos nobles o de valentía, como conquistas o hechos heroicos.

Mientras la jerarquía de castas se consolidaba y tomaba el papel principal como fórmula de orden, el prestigio femenino se hacía más preciado por la sociedad, especialmente por la masculina. Las reglas de integridad personal femenina se reforzaron también; y esto, en una clara restricción de los derechos sexuales de la mujer. La integridad y la honra de la mujer, y por lo tanto de la familia, se medían por su pureza sexual, su virginidad y su castidad. Vigilar esos valores era tarea importante del hombre o del padre de familia; la mujer y su vida privada caían dentro de la patria potestad masculina.

La castidad e integridad sexual femeninas debían defenderse más que de hecho, por despecho. Es decir, la honra familiar se jugaba tanto en el círculo privado como en el público. Si se manchaba el nombre de la familia debía ser limpiado inmediatamente, aún si lo inculpado (en especial si se trataba de acusaciones de promiscuidad o violación de la esposa o hija) era sólo un rumor. Pero los grados de variación entre lo honorable y lo promiscuo dependían mucho de la cultura regional y, sobre todo, del estrato social.

Mientras en la clase alta la mujer vivía bajo continua vigilancia por parte del marido, que llegaba al punto de permitirle salir a la calle solo para ir a la iglesia y acompañada de una esclava o empleada, en las clases baja y media la libertad de movimiento y acción era mayor. Esto, generalmente en la costa, donde predominaban la cultura y las normas europeas. Otra debería ser la situación en ciudades con mayoría indígena o mestiza, es decir, con masas de clase baja o media. Las mujeres allí dependían mucho más del trabajo y las actividades económicas propias, lo que exigía inevitablemente un amplio campo de movimiento y de relación. Por esta razón muchas mujeres de ese estrato preferían no casarse sino llevar un concubinato, arriesgándose incluso al repudio. Por razones prácticas como esta, se puede asumir que, para el caso de la clase baja, la integridad de la mujer no estaba relacionada directamente con la virginidad y la castidad, como era el caso de la clase alta.

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