La vida no es un carnaval

Polifonía del proceso peruano.

 

La danza, las mascaradas, los carros alegóricos y las muchedumbres son solo unos cuantos rasgos de la idea que se tiene de “carnaval”, el cual, según veremos, más que un espectáculo o una festividad popular es la clara e impasible manifestación del ritmo que el mercado impone a la sociedad. Y es que no se trata solo de un fenómeno exterior como el gigantesco acontecimiento que anualmente satura sin receso las calles de Río de Janeiro, sino que su estructura ideológica y moral se encuentra profundamente arraigada en el imaginario colectivo.

El carnaval se celebra tres días antes del inicio de la cuaresma, este período suele ampliarse hasta el miércoles de ceniza que pone fin al carnaval. Lo curioso de esta estacionalidad del tiempo es que una etapa de sumo bullicio y desenfreno antecede a  otra etapa que tiene un significado totalmente opuesto.

La actitud carnavalesca es la que rige el mundo, pero no se trata en este caso del carnaval como espectáculo o fiesta popular, hablamos del carnaval que va de la mano con la economía, la política y la ética. El capitalismo promueve en el mundo la unión de las más dispares formas de realización humana, el carnaval es el fortín hegemónico del capitalismo en el sentido de que promueve lo variado, lo grotesco, sabe juntar en un mismo ambiente negocios de comida, gimnasios, tiendas de ropa y artículos para el hogar, todo esto sin desagradar; ha creado una estética en función al carnaval que atrae a la gente y esta a su vez se identifica con él. Todos quieren ponerse una máscara de las muchas que hay y unirse a la caravana.

En esta promoción del caos ya no se trata de crear fronteras o identidades sino etiquetas que sean fáciles de intercambiar; el ser peruano, el ser arequipeño y otras cuestiones como esta se reducen a lo más superficial imaginable. La política del estado se ha empecinado en promover esta identidad ficticia considerando la inclusión social, una prueba de esto son las grandes campañas como “Marca Perú” que a través de la comida venden igualmente este sentimiento ilusorio de peruanidad.

La torre de Babel que se pretende levantar uniendo en una sola nación toda la pluralidad del Perú, es francamente de lo más ambicioso, utópico e ingenuo; sin embargo la idea vende, por eso quizá no sea del todo ingenua, todo aquello que nos haga sentir más peruanos es digno de reconocerse, este es el engarce comercial que está detrás de toda aquella publicidad, además de ser un elemento infaltable en el discurso político.

Si hubo algún intento consistente y prometedor de conciliación con miras a resolver este asunto de la identidad ha sido por parte de la literatura, por un lado Mario Vargas Llosa con “La ciudad y los perros” pero principalmente José María Arguedas en “Todas las sangres”, ambos con la característica de tener entre sus personajes a representantes de las diversas etnias que coexisten en el Perú. Dada esta inquietud por desvelar la problemática carnavalesca del país, considero que si esta llegase a su fin y lograra cuajarse una nación equilibrada será en mucho gracias a las artes y a las ciencias sociales.

El carnaval es problematizar las cosas, según la parábola económica de la ventana rota ahí donde existe un problema existe alguien dispuesto a solucionarlo, de tal forma que aspirar a zanjar problemas insolubles como el de la peruanidad es necesario para el orden capitalista, pues este lejos de interesarse en una posible solución suicida asienta el problema, lo difunde, hace de él un interés nacional; el carnaval para el capitalismo debe extenderse infinitamente. El insigne crítico literario ruso Mijail Bajtín habla al respecto del carnaval como el antípodas de la era cristiana, en el capitalismo, dice, todas las voces tienen el mismo derecho a ser escuchadas, todos cantan una verdad igual de importante, el dogmatismo eclesiástico que se resume en la misma fe de los creyentes ha dado paso a la polifonía, la pluralidad de voces que se ajusta muy bien a una realidad peruana donde nadie quiere quedarse sin máscara, todos quieren intervenir.

Este sería la naturaleza carnavalesca del mundo, aquella que promueve lo plural, lo problemático, lo híbrido, ahora puede entenderse el porqué de la comida fusión; lo castizo ya no atrae, lo dogmático y lo tradicional han dado paso a otras voces que también cantan y atraen. Por otro lado, uno se resiste a creer que todos los esfuerzos que hace el capitalismo por extender el carnaval harán de este una realidad perentoria y definitiva, ¿Tendrá el capitalismo su miércoles de ceniza? Recordemos que aunque las personas se encuentren inconscientemente sometidas a un régimen que tiene mucho de tiránico al modo de Matrix, siempre hay voces dispuestas a asumir el papel mesiánico del libertador, el elegido.

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