“Adiós a mí concubina”

Análisis de la ya clásica película de Chen Kaige.

 

Hace 48 años, un doce de agosto, el Comité Central del Partido Comunista Chino se reunirá en pleno para tratar lo que, años más tarde se conocería como la Gran Revolución Cultural Proletaria, o como se la conoce más comúnmente: La Revolución Cultural China. En esta histórica cita se dio paso, entonces, a lo que se conocerá como una de las campañas ideológicas más radicales en toda la historia de la humanidad, tan sólo comparables quizás con las emprendidas por Pol Pot en Camboya. Encabezada por el mítico líder de la revolución china, Mao Tse Tung, una maniobra inicialmente política en contra del ala más conservadora del partido –más conocida como la “Banda de los Cuatro”, encabezada por Deng Xiaoping– hubo de tornarse en un descomunal movimiento liberado por amplias bases populares y, sobre todo, juveniles; un movimiento que escapó incluso del control de los dirigentes que la iniciaron.

Así pues, lo que pretendía ser la afirmación de la ortodoxia proletaria y campesina, se convirtió en una sangrienta cacería de brujas que no sólo cobró víctimas entre los más grandes líderes e intelectuales comunistas, sino –lo que es aún más doloroso- atacó, buscando anular con furia desenfrenada, la tradición milenaria de ese gran país. Grandes turbas de los llamados “guardias rojos”, fanáticos jóvenes del entorno de Mao asaltaron grandes monumentos históricos, entre los que se cuentan cientos de templos budistas y taoístas, la propia tumba de Confucio y los antiguos palacios imperiales; la destrucción de numerosas obras de arte y antiquísimos manuscritos, a la par de la campaña de “Culto a la Personalidad” que Mao hacía de su persona en este período, evidencia una verdadera “edad oscura” en pleno siglo XX, completamente análoga a las leyendas negras que, al respecto, cubren la fama de la Edad Media europea.

Veintiocho años después, en 1993, un prolífico realizador chino: Chen Kaige, daría cuenta de parte de este infausto capítulo en la historia de su país, y quizás del mundo. “Adiós a mí concubina” (1993) presentará la historia de dos pequeños huérfanos que fueron acogidos en casa de un maestro de arte dramático chino, lugar conocido como la “Ópera de Pekín”.

Según los tradicionales cánones de este arte –muy parecidos, por otra parte, a los occidentales- las mujeres no podían dedicarse a la actuación lo que implicaba, de otro lado, que alguno de los personajes masculinos debía travestirse –y en muchas ocasiones trastocar totalmente su personalidad- para ejecutar fielmente su representación. Es en ese escenario que surge la amistad entre Xiaolou y Dieyi, una relación que se hará intensa producto de la férrea disciplina de la academia y el desamparo emocional al que fueron sometidos; relación que también, muchas veces, cambiará de tenor y se complejizará debido a la metamorfosis de Dieyi, encargado en los roles femeninos.

Esta singular obra, sin embargo, no pretende acusar las tradiciones –en particular las artísticas– del gran país amarillo. Todo lo contrario. A pesar de lo incomprensible que pudieran ser sus prácticas y usos, Kaige rescata la tradición elevando al plano de lo sublime la técnica y maestría de la Ópera China, cuyos fragmentos gozaremos en franco asombro. Muy diferente será la consideración hecha por el film sobre la Revolución Cultural, suceso que marcará –por mucho tiempo– la desaparición de la Ópera tradicional (y por ende, la degradación social de todos sus cultores).

Es digna de destacar en el film, además de la soberbia actuación de los protagonistas Leslie Cheung y Zhang Fengyi, la espléndida puesta en escena: el decorado, el vestuario y el maquillaje son verdaderamente exquisitos. Se filtrará pues, por la pantalla, una herencia cultural muy rica cuyo parangón encontraremos en las magníficas –aunque parciales- representaciones teatrales. El ritmo y el curso de secuencias imprimirán un particular, además de preciso, dinamismo a todo el film.

Mención aparte merece la decisión política del director al elegir la trama; un bello guion que, valientemente, atañerá una época difícil –y aún no superada– de la historia reciente en China. Kaige resulta, pues, portavoz de lo que se conoce en China como la “quinta generación” de directores, núcleo cinematográfico que con mirada crítica y en consonancia con un pueblo en constante evolución, valora y reinterpreta su pasado.

Sólo como curiosidad podemos nombrar –el acucioso lector entenderá el porqué, luego de echar un vistazo– a la mediocre película australiana “El último bailarín de Mao” (2009) como la antítesis de esta producción.

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