Las poseídas

Felisa regresa a Buenos Aires trayendo consigo a Celia y Roderick, dos espíritus que se han posesionado de ella. María de la Cruz López ha decidido librarse de su propia virginidad entregándose a un perfecto desconocido y luego, deambula por la ciudad quebrando ventanas y parabrisas. Vera, para ser feliz, proporciona pequeñas modelos a mister Lambert; quien cree que con una cámara fotográfica se puede “espiar el cielo en la desnudez de las niñas…” Todos ellos —además de bordear la estupidez, la genialidad o la patología, como quiera verse— tienen  en común ser los personajes de “Las poseídas”,  novela ganadora del último Premio Tusquets en su VIII edición.

Betina González ambienta su novela en el colegio religioso Santa Clara de Asís, en el norte de Buenos Aires, a mediados del ochenta (cuando Argentina intentaba pasar la página de la reciente dictadura). Y la ha definido como la pérdida de la inocencia que nos ocurre a todos en la época de la adolescencia, una pérdida que conduce a un descreimiento en el mundo de los adultos. Sin embargo, el libro va más allá —por fortuna— de la simple exploración de un periodo de transición hormonal en un grupo de adolescentes rebeldes que curiosean con la idea del descubrimiento sexual o coquetean con la del suicidio. La destreza narrativa de la autora nos lleva a un plano más complejo en la subjetividad de los personajes y en su entorno: uno que podríamos llamar de otro orden, extraño, caótico, surrealista. De allí que para comprender mejor la novela, el lector deba ir despojándose de a poco de su pretensión lógica.

La atmósfera en donde se mueven los distintos personajes es oscura, caracterizada por una lluvia constante que condiciona la vida en el encierro. Este será el escenario en donde Felisa Wilmer —con el cabello y la ropa mojados, con un lazo negro en el brazo y una cicatriz en su rostro— es presentada por una de las monjas en medio de la clase de biología. Y con su aparición llega también la sospecha de que en lugar de traer la calma, ella es el anuncio de una tormenta aún más destructiva.

Este escenario lluvioso bien puede ser metáfora de otra realidad mucho más sombría y opresiva que subyace en el interior del libro: un país destruido por la dictadura; al que se muestra de refilón, temiendo todavía revelar aquel rostro en toda su monstruosidad y optando, en su lugar, por referencias aisladas como la visita al Colegio Militar de Palomar. Programada por el obispo en un contexto donde “los medios hablaban todo el tiempo de la necesidad de sanar, de dejar atrás el odio y el deseo de revancha por el pasado. De la obligación de olvidar y seguir adelante.”. Aquella visita facilitará a la narradora protagonista, María de la Cruz López, el encuentro con el perfecto desconocido a quien entrega su virginidad para liberarse de una vez por todas de cualquier sueño romántico. Un encuentro que le confirma su propio vacío y que no desea justificar a los demás. Entonces se mantuvo en silencio hasta que la llegada de Felisa fue para ella, la promesa de la palabra.

De esta aproximación de la una hacia la otra, de esta velada y perversa admiración entre las dos adolescentes, de esta identificación mutua se vale la autora para hilvanar las distintas historias del libro. La esquizofrenia de Felisa (quien ve, conversa y discute con dos espíritus que habitan en ella como consecuencia de una historia de abusos, de locura transmitida genéticamente y de la imposibilidad de lidiar con la culpa) influye también en la conducta de la otra adolescente y se deja advertir asimismo en los desdoblamientos que asume su voz de narradora protagonista, cuando va fluctuando entre la narración en primera persona al ser, simplemente, “Cruz” y la narración en tercera persona al distanciarse de sí misma y llamarse “López”. Será así, familiarizándose con ese discurso hábilmente construido, el modo en que el lector consigue adentrarse en el nuevo orden de la novela.

Existen libros que ganan concursos, desencadenando oleadas de críticas a favor y en contra; y otros de los cuales no se dice nada. Existen libros que se mantienen en el velador y otros más que olvidamos fácilmente. Y existen libros que, por su manejo del lenguaje y la elección de sus temas, son capaces de abrir deliciosas heridas; uno de ellos es “Las poseídas” de Betina González. Aunque solo consigan hacerlo con quienes ya las llevan en su interior, siempre, como una posibilidad.

 

Tacna, 29 de setiembre de 2013

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