Los acuarelistas arequipeños

¿Existe una “Escuela de acuarelistas arequipeños”?

 

Omar Zevallos no solo es uno de nuestros mejores artistas gráficos; como periodista se mantiene atento desde hace ya varias décadas al desarrollo de nuestra vida social y cultural. Hace poco ha presentado en la FIL Arequipa 2013 la última de sus investigaciones.

“Los acuarelistas arequipeños” (Tomo I, al que dentro de medio año se sumará el tomo II) rastrea los primeros cien años de historia de los pintores locales de acuarela, hasta mediados del siglo pasado. Se remonta para ello a las fuentes europeas, y llega al catalán Mariano Fortuny y Marsal (1838-1874), que parece el punto de origen del género tal cual se cultiva en nuestra región.

Fortuny fue un admirador de Goya que tras visitar Marruecos en 1860 se volvió orientalista y empezó una serie de acuarelas de mendigos y ancianos con un estilo muy parecido al de algunos de nuestros propios acuarelistas de las dos últimas décadas: el personaje y los detalles de las ropas muy bien definidos mientras el fondo es solo una mancha. Pero interesa sobre todo el gusto de Fortuny por el exotismo, que es casi el mismo que podemos encontrar en nuestros pintores desde el comienzo, convertido aquí en una especie pintoresco “exotismo interno”, por llamarlo de algún modo.

De modo que fue Europa la fuente no solo de nuestro interés por el arte de la acuarela sino por el gusto hacia el “color local”. Mirando las obras de los artistas europeos es como se formó en el siglo XIX el ojo crítico arequipeño: Fernando Zeballos, el primer pintor moderno que tuvimos viene con estudios de Italia, los Goyeneche que serán de los primeros coleccionistas tienen formación europea, José Álvarez anhela irse a Europa a verlos los originales de sus litografías, Paulet se fue becado a la Universidad de La Sorbona en París.

Sin embargo, el verdadero comienzo de la pintura arequipeña podemos fijarlo, con Omar, en la fundación del Centro Artístico de Arequipa que creó hacia finales del siglo XIX la primera escuela de arte del sur del país; coincidiendo más o menos con la apertura de la primera galería llamada, curiosamente, “The Artists Glory Hole”, que funcionaba en el estudio fotográfico de Manuel Mancilla ubicado en la esquina de Mercaderes con el Portal de Flores.

A partir de aquí Omar Zevallos sigue el progreso de la pintura arequipeña, con sus personajes conocidos y con algunos poco conocidos pero cuya importancia nos muestra Omar, como José Luis Villanueva cuyo afán por la investigación científica le hizo descubrir una nueva estrella, lo cual le valió el honor de ser incluido como socio de la Academia de Ciencias de París.

Luego de su etapa fundacional la pintura arequipeña se moderniza en parte debido al crecimiento de la región y en parte como efecto de la crisis pictórica producida en Lima, en 1937, con el famoso Salón de los Independientes en el que participaron Teófilo Allaín, Mario Agostinelli, Macedonio de la Torre, Gonzáles Gamarra, Ricardo Grau, Víctor Mendívil, Federico Reinoso, Sabino Springett a quienes se suma un artista arequipeño: Manuel Domingo Pantigoso.

Llegamos por esta vía a la gran época de la acuarela arequipeña en la primera mitad del siglo XX, con ese grupo extraordinario formado por Federico Molina Quintanilla, Jorge Vinatea Reinoso, Manuel Mansilla, Marcelo Uría, Roberto Damiani Vizcarra, Manuel Morales Guzmán, Jaime Estruch, al que se unen dos de los mejores, los hermanos Teodoro y Alejandro Núñez Ureta.

En las aguadas de estos notables pintores ya encontramos definidas varias de las características formales y temáticas que le darán fama a la acuarela arequipeña en todo el país: en cuanto a la técnica, un dibujo rápido, simple y expresivo, unos colores primarios cálidos y transparentes, una composición de tercios muy bien estudiada; y en cuanto al contenido icónico, amplias panorámicas de la campiña, calles, pasajes y viviendas de arquitectura tradicional, personajes populares, trabajadores agrícolas, algunos nocturnos.

A esta generación la siguen años más tarde dos nuevos grupos que consolidan la llamada —por Teodoro Núñez Ureta en el entierro de su hermano Alejandro— “escuela arequipeña de pintura”. Esos grupos son, de acuerdo con el libro de Omar, “Taller Diez” formado por Marcelo Martínez, Guillermo Mancilla, Willy Nava, Oswaldo López Galván, José Zevallos León, Manuel Rodríguez Velásquez, Goyo Menaut y Roxana Bilbao; y el “Grupo Vinatea Reinoso” fundado en 1966, que tuvo como integrantes a Mauro Castillo, Roberto Damiani, Jame Estruch, Percy Hurtado, Oswaldo López, Enrique Leiva, Guillermo Mancilla, Manuel Morales, Goyo Menaut, Pablo Núñez, José Luis Pantigozo, Saúl Quispe, Raúl Rodríguez, Juan Rosas, Manuel Talavera, Víctor Turpo, Juan Villanueva, Enrique Urízar, José Zegarra, Roberto Vargas y Manuel Rivas Castro.

Acuarelas de todos ellos ilustran este libro. El tomo uno de Acuarelistas arequipeños cierra con la figura y la sorprendente obra de Roberto Vargas Chamber.

Todo este rico material reunido por Omar Zevallos nos va servir para futuros análisis, sin duda. Por ejemplo, para efectuar estudios semióticos sobre los signos icónicos y los plásticos reiterados en las acuarelas, sobre sus recursos retóricos y sus rasgos estilísticos; además, en los textos críticos citados en extenso por Omar se puede practicar Análisis Crítico del Discurso y buscar las categorías estéticas con las que se juzgaba el arte pictórico en cada época, seguir la línea de continuidad o las rupturas significativas y relacionarlas con nuestra historia social y económica. Falta hacer estudios sobre las condiciones de producción de toda esta obra, sobre los medios por los cuales se difundía y llegaba al espectador, sobre la recepción que tenía entre los compradores y los coleccionistas.

La duda acerca de si existió o no una “escuela de acuarelistas arequipeños” merece debate entre los profesores de nuestras escuelas de arte y los propios estudiantes. Ricardo Córdova hace en este libro un primer argumento, que debe ser respondido.

Entre líneas se desliza en el texto de Omar la idea de que Arequipa es una ciudad mesocrática, que su mestizaje tendió a la formación de una clase media más o menos homogénea y armoniosamente dominante. ¿Qué podrían decirnos al respecto nuestros historiadores y nuestros sociólogos? ¿Qué dirían nuestros políticos?

El trabajo de investigador y acopiador de materiales, su aporte a la construcción de un imaginario local, el rescate de historias personales y grupales, el profundo amor por la ciudad que nos muestra Omar Zevallos en esta amplia crónica ilustrada sobre la acuarela arequipeña ha encontrado en el Gobierno Regional de Arequipa el apoyo necesario para la publicación; el arte de Cuzzi Editores ha embellecido el libro; y la gestión del filósofo Juan Manuel Guillén Benavides se enaltece con una colección bibliográfica que va a quedar entre sus obras como una herencia trascendente de su paso por el gobierno de nuestra ciudad.

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