Demolición de una era

Lo que fue la Fábrica de Cueros “Pedro P. Díaz”

En junio de 2013, el viejo edificio que alguna vez albergó a la Curtiembre «Las Américas» fue demolido para dar paso a la construcción de un nuevo centro comercial.  La vieja fábrica quedó reducida a fierros retorcidos y escombros de concreto, y aquella imagen que alguna vez fuera símbolo de la industrialización como proyecto modernizador de la Arequipa del siglo XX se vino abajo.

Fundada en los míticos años veinte del siglo pasado por Pedro Pablo Díaz, esta fábrica dio el gran salto de la importación y comercialización de cueros a su producción local. Al principio contó con solo diez trabajadores, y con los años llegó a emplear a cientos de obreros que cada mañana bajaban por la calle San Agustín hasta el edificio de oficinas ubicado en la avenida La Marina.

El último día de 1974 don Pedro muere. La fábrica empieza a perder vigor, entra en crisis y reduce su personal. Sin embargo, aún mantenía cierta vigencia dentro del ámbito de las curtiembres locales. De los casi mil doscientos obreros— que tuvo en su época de esplendor— redujo su personal a menos de doscientos, la tienda que poseía en el Puente Bolognesi fue agonizando, y por último la curtiembre abandonada se convirtió hasta el año pasado en refugio para jóvenes drogadictos y delincuentes.

En la década de 1960 la Junta de Rehabilitación y Desarrollo de la Ciudad de Arequipa le dio un mayor impulso al sector industrial con la creación del hoy casi desolado Parque Industrial. En suma, las fábricas arequipeñas formaron tímidamente parte de lo que se denomina una economía capitalista productora de bienes durables, y una sociedad civil en la que se creía en las utopías y en el desarrollo social.

Los proyectos totalizadores (la revolución socialista, el Fordismo) forman lo que Hardt y Negri denominan modernidad. En “Imperio” podemos leer lo siguiente «Los países en vías de desarrollo que continúan transitando la senda que anteriormente recorrieron los países dominantes y repiten sus políticas y estrategias económicas, eventualmente gozaran de una posición o un nivel análogo. Sin embargo, esta visión desarrollista no reconoce que estos países desarrollados parten de la posición dominante que ocupan en el sistema global».

Será por esto que no se pudo consolidar una clase empresarial moderna, a pesar del proyecto de desarrollo de la ciudad. La quiebra y la posterior reducción de las oficinas y la fábrica “Las Américas” simbolizan la crisis que ahondó en el país, en los nefastos años del aprismo y fujimorismo, cuyo punto alto se pudo notar a mayor escala con la desactivación del parque industrial.

La demolición de la Fábrica de Cueros “Las Américas” demoró cinco meses, pero aún quedan edificaciones que falta derruir. El próximo año, cuanto el campo quede libre, se iniciará la construcción del nuevo centro comercial «La Marina Shopping Center», uno más que se erguirá simbolizando la concreción de una nueva era, la posmodernidad, que nos viene arrastrando hacía la nebulosa irreversible de la globalización.

La proliferación de los «malls» en la ciudad muestra un síntoma creciente: la demanda constante de producciones simbólicas. Estas tienen relación básica con la producción, (reconocimiento, por parte del capital, de las peticiones singulares), circulación (regulada por la velocidad del consumo en el mercado) y el consumo de significaciones (la aspiración individualista a parecerse al ídolo de moda).

Con excepción de las grandes empresas consolidadas, la mayoría de industrias arequipeñas ha ido migrando rumbo a la capital, y nos hemos transformado en un oasis de servicios, un proveedor de necesidades, desde un celular hasta el corte de pelo más sofisticado.

La juventud actual— a diferencia de sus antecesoras—, parece tener especial predilección por el consumo de rostros y figuras de recorte, a los que aspiran replicar. Además de una idea vaga del futuro, propia de una sociedad flexible donde los valores, al no poder ser sostenidos por el aparato estatal y la cultura, parecen haberse perdido.

Aún no sabemos cuál será nuestro aspecto final, sin embargo, podemos imaginar que la intrusión en el mercado actual será más de lo mismo, la satisfacción y producción de necesidades de los cada vez más robotizados consumidores. Una satisfacción del ahora como parte de nuestro lado hedonista, aquel que ha ido demoliendo poco a poco nuestros ideales para edificar sobre ellos una nueva sociedad de consumo posmoderna.

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