Cuerpo arequipeño

Extraños usos del gimnasio.

Sí, los arequipeños somos víctimas del músculo. Se puede percibir en nuestras conversaciones, en la cantidad de dinero que invertimos en mantener la figura y en la proliferación de gimnasios. Cuando nos ensimismamos, de golpe viene a nuestras cabezas ese tejido adiposo acumulándose poco a poco, esos despreciables kilitos de más. La barriga nos atormenta, nos vuelve locos. Hamlet vivía obsesionado con la muerte, nosotros vivimos obsesionados con los rollos. Qué duda cabe, gordura y muerte ahora son sinónimas.

Observemos nuestra agotadora rutina: despertamos tempranísimo, tomamos un desayuno sumamente orgánico, uno que otro quemador, y nos embutimos en nuestras ropas deportivas: el solo hecho de calzarnos las zapatillas y el buzo nos hace sentir esbeltos, deseables. Luego salimos disparados a los gimnasios, al footing, a la bici, a la piscina. El mercado, claro está, piensa en nosotros, nos ofrece generosa variedad: levantamiento de pesas, gimnasia, spinning, clases de baile, tae bo, tai chi, yoga, meditación oriental, masajes. Los antiguos espartanos estarían orgullosos de nosotros.

Después de un baño reparador, nos dirigimos al trabajo o a la universidad para cumplir con actividades subsidiarias. Pero en las tardes o en las noches volvemos a lo importante, a fortalecer los bíceps, los tríceps, los cuádriceps femorales, los pectorales, los glúteos, los gemelos, la región anterior y posterior de los muslos y del abdomen.

Por supuesto, es imprescindible verificar nuestro avance. En el gimnasio encontramos espejos por todas partes reproduciendo nuestra imagen: un «Yo» multiplicado, abarcándolo todo, un esbelto Narciso entre las pesas y las máquinas, esculpiendo su cuerpo. Nos tomamos una foto para colgarla en el Facebook y luego escribimos un comentario: «Sin dolor no hay gloria», acompañado del infalible emoticon de carita feliz.

Así es, nuestra opinión no es suficiente, necesitamos testigos. Por suerte los gimnasios han pensado en todo. Nos han proporcionado grandes ventanales que dan a la calle. A través de ellos los peatones pueden reconocer nuestro ahínco, apreciar nuestro sudor, nuestro éxito, a través de ellos pueden envidiarnos. Mientras nosotros corremos y corremos sobre la cinta como enloquecidos hámsteres, o levantamos cada vez más kilos con los auriculares clavados en las orejas, parece que decimos a los pobres tontos del exterior: «Miren cómo crecen mis músculos, miren cómo me deslizo». En el fondo estimamos que los otros deberían practicar algunas genuflexiones ante nuestro cuerpo convertido en objeto de culto.

Los arequipeños nos enfrentamos a diario con dos mundos contrapuestos: por un lado la televisión, la internet y los anuncios publicitarios colmando nuestra mente con los cuerpos de los monigotes de “Esto es Guerra” y “Combate”, de Cristiano Ronaldo en calzoncillos y de Miley Cyrus desnuda sobre una enorme bola. Y por el otro lado nosotros, comunes y corrientes arequipeños, rellenitos, escuálidos, viejos y contrahechos, sobrevivientes de la alta radiación ultravioleta. Ansiosos por alcanzar el éxito y el estilo de vida cool del mundo del espectáculo, probando una nueva dieta, acudiendo a un nuevo nutricionista, despotricando de nuestro rocoto relleno, provocándonos el vómito.

Cuando volvemos exhaustos a casa, luego de un día de privaciones y ejercicios, el tormento en nuestras mentes, sin embargo, no cesa. Echados en nuestras camas, sentimos una horrible presión en nuestros pechos. Esa sensación no proviene exactamente del remordimiento de habernos comido una salchipapa, ni de la preocupación de ser cada día menos parecidos a Gino Assereto o Tilza Lozano, proviene de la ligera sospecha de que el tiempo avanza, irrefrenable, de que, a pesar de nuestros titánicos esfuerzos, estamos envejeciendo y algún día, es seguro, moriremos.

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