Las manos de Santiago Berríos

“— No te asustes, hoy vas a morir, pero la vida también es eso, no te asustes porque yo soy buena gente y no te voy a hacer doler…”

Aunque Santiago Berríos parecía decir eso a cada ganado que lo había familiarizado con la muerte, seguramente no encontró la misma frase en quien una madrugada le asestó veintitrés cortes inofensivos, a excepción de uno, dejándolo junto a la pared de un bar detrás del Mercado Bolognesi. Esto ocurriría antes de que la voz de una misteriosa mujer anunciara su muerte en casa de los Berríos y ellos dieran inicio a la búsqueda del asesino, desenvolviendo la madeja de una venganza que arrasaría con los otros protagonistas del drama.

Que el nombre de Santiago Berríos da título a esta novela breve de José Castro Urioste, es un hecho. Y su figura sea el eje que orienta estructuralmente las historias de los distintos personajes, también. Sin embargo —caso curioso—, es Santiago Berríos a quien menos conocemos en este libro. Son tres los personajes que adquieren relevancia en el transcurso de la lectura: Amador Berríos, Sacarías y J. Santacruz; quienes irán adentrándonos en ese mundo “bárbaro y primitivo, pero poético” al cual pertenecen.

Cuando Amador Berríos llega a casa de Sacarías preguntando por él, advierte que su afecto por Julia pudo haber sido correspondido; en tanto la jovencita descubre que odiará al hombre que hasta ese día, amaba. El menos bárbaro de todos los Berríos, Amador, deberá dar muerte a Sacarías, el hermano de la mujer que ama, debido a la imposición tácita de cobrar venganza por la muerte de su primo Santiago: ese será su conflicto. Se conoce a Sacarías a través de Clotilde Santos, su amante, quien va dando referencias del carácter afectivo de Sacarías: la historia de amor nacida entre los dos, el cuidado de su hermana Julia tras la muerte de sus padres y su amistad con Santacruz. Este último irá progresivamente perdiéndose en la locura, primero; en el desierto, después. Tras ser torturado por creerse que ha sido testigo del crimen de Santiago, da a los Berríos el nombre de la única persona que aún lo consideraba como un ser humano: Sacarías.

La historia —que en algunos aspectos trae a la memoria una novela en particular: “Crónica de una muerte anunciada” de García Márquez; pues como ella, la acción se va desarrollando en medio de un ambiente de casualidades y equivocaciones, optándose además por la técnica del dato escondido— esencialmente se reduce a dos días: desde la madrugada del descubrimiento del asesinato de Santiago Berríos hasta la resolución de la venganza con la muerte de Sacarías al día siguiente. Todo lo demás son vueltas atrás, a un pasado remoto y un pasado cercano, e idas a un futuro que se concluye no es otro tiempo sino el presente narrativo, desde donde se recupera toda la historia. El tiempo se atomiza, se descompone. Siendo siempre la muerte de Santiago Berríos, el punto de partida y llegada de todas estas fragmentaciones. La distorsión del tiempo sirve así para dejar en el lector la sensación de un presente que se va repitiendo. Quizá el autor aluda a ello desde el título de la novela, pues si bien es cierto la muerte es innegable, la constante referencia a ella deja la certeza de una nueva forma de continuidad y existencia de Santiago en la historia de los demás personajes.

“Aún viven las manos de Santiago Berríos” es la publicación con que la editorial Cuadernos del sur, apertura sus actividades en este 2014. Al final del libro, el lector se quedará con una historia sólidamente construida que no revela al verdadero asesino de Santiago Berríos ni permite conocer las circunstancias reales de su muerte. Solo existe la sospecha de que en ese momento no existió una pregunta en los ojos de Santiago como sí la hubo en Sacarías. Quizá Santiago Berríos sabía por qué estaba muriendo y poco le importase quién portaba el cuchillo. Acaso, de haber podido, hubiera disuadido a su familia de cobrar venganza, diciéndoles que después de todo “por la muerte no hay tanto por qué gritar”.

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