Réquiem para Guido Fernández de Córdova

Homenaje al poeta tacneño

 

No se sabe si don Guido había olvidado el nombre de Ingrid cuando la llamaba “Bonita” o “Princesa” cada vez que al encontrarla, la acompañaba dos cuadras hasta el Mercado Central. No se sabe tampoco si Ingrid sospechaba de ese olvido o lo atribuía a su galantería habitual; en tanto este le iba hablando de los planetas, las constelaciones y la Luna en términos académicos. Menos aún se sabe si fueron aquellas conversaciones y aquellos paseos lo que la motivaron a organizar para él una ceremonia de la luz.

—Lo que sí sé, Gabriela, es que él me quiso y yo también lo quise mucho. —me dice Ingrid Cafferata una vez estamos todos instalados en este lugar.

El lugar es así: un campo extenso con losetas rectangulares ordenadas en extensas hileras, flores naturales o de plástico junto a todas ellas. Al frente y a los costados, pabellones de cinco o seis pisos. Aquí están todos. Nadie se ha ido. Nadie se va. Solo duermen uno sobre otro, uno al costado del otro, protegidos por esta alfombra de césped y tierra o por muros de concreto. Acaso esta noche en el cementerio, nuestros muertos consigan dar alivio a tanta monotonía de la muerte.

Cuando den las siete y nos habituemos a la oscuridad quebrada por la luz de dos pequeños reflectores y del cañón que proyecta imágenes de don Guido Fernández de Córdova y Amézaga, su familia, sus compañeros, sus pinturas… sobre un e-cram instalado junto a su tumba. Cuando cesen nuestros diálogos entre amigos o dejemos de contemplar el vuelo y golpeteo de las mariposas nocturnas alrededor de la luz. Cuando acabemos de verificar que el separador se encuentra en la página donde yace el texto que hemos elegido leer, nos pondremos de pie frente a todos y alumbrados por una linterna, iremos revelando algunas anécdotas que vivimos junto al rey Sadín.

Conocimos la historia de la Navidad aquella en que —tras la huelga de ciento veinte días del magisterio y con el dinero reunido por el grupo Tákana en sus presentaciones en el Teatro Municipal— los integrantes de la agrupación musical acudieron a la juguetería de don Guido para comprar regalos a  los hijos de los profesores. Y cuando estaban por retirarse, alcanzaron a escuchar: “Un momento, señores, aún falta mi contribución”. Entonces vieron con asombro que la contribución de don Guido triplicaba el número de los juguetes que ellos habían comprado. Así descubrieron que la generosidad tenía frente amplia, ojos pardos, cejas pobladas y sonrisa transparente. Recordamos cuando organizaba los Martes UPT con temas que iban desde las ciencias hasta las letras y el arte, donde sorteaba paquetes de libros de su biblioteca personal entre los asistentes, despojándose alegremente de lo poco que aún le quedaba de su otrora riqueza material. Hablamos de lo mucho que le gustaba la eufonía de las palabras aunque no siempre comprendiese del todo sus significados, cuando aparecían repentinamente en su interior mientras componía un poema o construía una historia (lo que me llevó a pensar que su proceso de creación era en realidad la re-creación de un mundo que él evocaba y no terminaba de reconocer). Sonreímos al escuchar de sus travesuras al apodar a sus amigos o escribir versos en las piernas de una señorita en algún bar.

Escuchamos la lectura del texto que desde Estados Unidos, escribió especialmente Eduardo González Viaña sobre cómo retornaba de Santiago con destino a Lima y el avión sufrió un desperfecto, aterrizando en Arica; de modo que aprovechó el día para visitar Tacna y conocer al poeta y cronista Fernández de Córdova, de quien tanto le habían hablado. Anclado en Canadá, Juan Miranda describió emotivamente su amistad con don Guido. A través de su texto, lleno de reminiscencias y nostalgias, nos enteramos de por qué Guido se resistió durante mucho tiempo a volver a hacer poesía, convencido de que la belleza no podía sobrevivir en un mundo como el nuestro, luego de ser testigo de la insensibilidad de quienes transitaban junto al violinista ciego de Calderón de la Barca. Oímos también de su agnosticismo, de su amor a la libertad, de su pasión por la pintura, de su aprendizaje autodidacta…: Rostros sucediéndose unos a otros. Rostros completando la imagen que conservamos de él.

—Tengo todos los libros de Guido autografiados, además de la colección completa de los libros de Macera que me obsequió. —Ingrid me sonríe, pero no es a mí a quien contempla. Sus ojos se han ido lejos. Sus ojos están en otro lugar.

Han transcurrido diez años desde aquel viernes 12 de marzo de 2004 en que don Guido decidió dormir el sueño de los justos. Y aún nos aferramos a las personas y a las cosas que nos lo recuerdan.  Apretamos las velas que llevamos en las manos y nos aproximamos hacia el cirio junto a su lápida para encenderlas con su luz violeta. Entonces se me antoja que bajo el abrigo de la tierra en este reino de Ancat, Guido Fernández de Córdova, nuestro rey Sadín, sonríe.

A lo lejos los perros ladran, no aúllan, solo ladran. Arriba la luna se insinúa cubierta por un manto de niebla que se va desenvolviendo tenuemente alrededor de nosotros. Dentro de poco veremos a los guardianes del cementerio que han terminado de hacer su recorrido habitual. Sobre el pabellón del frente,  la sombra del cerro se dibuja. Las luces de las casas se extienden en él y los faroles de los autos van y vienen por uno de sus costados. El viento se detiene en nuestros cuerpos, gira y sigue su camino. Hace frío; sin embargo, es una noche cálida.

Tacna, 15 de marzo de 2014

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