Érase una vez

Un escritor de apellido Andersen

Cuando empecé a enseñar, y a modo de motivar mis clases, me gustaba preguntar a los estudiantes sobre su primera aproximación al mundo de la literatura. Solía formular esta interrogante con el único fin de observarlos perder la mirada en algún punto distante, buscando felices ese momento mágico más allá de las paredes del aula donde estábamos. Entonces sus bocas se llenaban de los fabulosos cuentos que escucharon de sus padres y abuelos en la infancia, o los primeros poemas que aprendieron a leer de niños. Era maravilloso descubrir entre nosotros tantas historias comunes. Nos reencontrábamos con la “luna lunera cascabelera, ojos azules, boca morena”; la niña de la caperuza roja llevando la cesta para su abuela; la bella durmiente soñando acaso con el beso capaz de librarla del hechizo; la sirenita que eligió perder la voz y cambiar su cuerpo por ir tras el ser amado; el soldadito de plomo equilibrándose con un solo pie; el emperador desnudo confiando vestir el más elegante de los trajes; el cóndor de nuestras cordilleras convirtiéndose en un apuesto joven, de traje oscuro y chalina blanca, para seducir a la incauta pastora… Eran muchos los personajes que jugueteaban entre los asientos, revoloteando de un lugar a otro y provocando nuestras sonrisas, que no me animaba a contar a mis estudiantes el verdadero final de muchos de los cuentos nombrados. En lugar de eso, prefería revelarles que la literatura ha estado a nuestro lado desde siempre; aunque en su primera forma, se mostrase vestida con el nombre de “canción”.

Volví a pensar en esta escena y solo ahora me he dado cuenta de que la mayoría de historias dándonos una infancia semejante fueron escritas por Hans Christian Andersen. Luego comprendo por qué en homenaje al día de su nacimiento, el 2 de abril de 1805, se celebra cada año el Día Internacional del Libro Infantil y Juvenil. Andersen nació en medio de la pobreza y sin que ninguno de quienes lo veían crecer — ensimismado en sus lecturas de Ludwing Holber, William Shakespeare o cuanto llegase a sus manos—, adivinase que tiempo después habría de legarnos a los personajes con los cuales poblaríamos nuestros primeros años: La sirenita, el patito feo, el soldadito de plomo, la reina de las nieves…  Además de aquellas historias he incorporado a mi vida el dulce canto del humilde ruiseñor que venció a la muerte; la angustia de la pequeña niña encendiendo los cerillos que no consiguió vender aquella noche de invierno, tan fría como el corazón de muchos; la desconfianza, algunas veces, cuando contemplo mi propia silueta oscura aletargándose en el suelo y recuerdo el cuento de aquella sombra que liberándose y asumiendo forma corpórea, logró arrebatar la vida de su antiguo señor.

Son cerca de 168 cuentos de Hans Christian Andersen con los cuales se enriqueció todavía más el panorama mundial de la literatura infantil; caracterizado por su lenguaje sencillo, sus personajes originales, las situaciones jocosas, absurdas, crueles o mágicas. Cuentos a los que volvemos siempre; quizá desde una nueva perspectiva ética, filosófica o con la simple curiosidad del niño que recuperamos y contempla en nuestro interior el mundo tratando de explicárselo. Dar vida a través de la palabra es sumamente difícil en estos tiempos, y escribir libros para niños lo es mucho más. Pareciera que aún no hemos comprendido el verdadero alcance de las palabras, como uno de nuestros mayores bienes. No en vano Blas de Otero decía: “Si he sufrido la sed, el hambre, todo / lo que era mío y resultó ser nada, / si he segado las sombras en silencio, / me queda la palabra.” De allí que debamos celebrar hoy más que nunca a quienes como Andersen, poseen el don de la creación y pueden acercarnos diariamente al universo fantástico de la literatura, devolviéndonos así nuestra propia humanidad.

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