Viejos Amigos

Crítica de cine

Siempre es emocionante encontrarse con un director que promete, y lo es aún más si la sorpresa viene de casa: “Viejos Amigos” (2014), ópera prima de Fernando Villarán, nos saca del marasmo al que nos tienen acostumbradas las cintas nacionales: violencia urbana, crudeza narrativa y segregación social; todo en clave de una cinematografía mediocre, guiones esperpénticos y caracteres más chatos que enano de circo. Sin ser una película remarcable, por su propuesta, excelente actuación, muy aceptables diálogos y uno que otro highligth fotográfico, resultará una comedia digna de verse.

La cinta da cuenta de las aventuras de tres amigos octogenarios –entusiastas del Sport Boys y criollos de raza– que roban las cenizas de su compañero de patota. Por esta somera descripción se puede advertir que el íntegro de la producción recaerá sobre qué también ensamblados estén caracteres principales, vale decir dependerá del trabajo de actuación y del guión. Así pues, los experimentados Enrique Victoria, Carlos Gassols y Ricardo Blume, además de asegurar esta primera condición por sus reconocidas dotes artísticas, consolidarán el éxito del film al haber explotado un cuidado e ingenioso guión, dotado de muchos aires de espontaneidad y sabor coloquial. Si bien la línea temática –las situaciones que vivirán los veteranos héroes– resulta más bien convencional y hasta predecible, el desarrollo de los diálogos compensará y hasta superará estas faltas.

Buen humor, criollismo y fresca ternura es lo que nos regala “Viejos Amigos”. Película que ha sabido, como pocas en nuestro país, explotar el melodrama y la añoranza, quizás siguiendo la pauta –tal como lo confesó su novel director– de entrañables y a estas alturas clásicas producciones italianas de Alberto Sordi. De otro lado, resulta curioso de destacar que la mayoría de críticas que ha recibido esta producción en nuestra capital objeta, sobre todo, el uso “estereotipado de ciertos caracteres” en especial el del “mariconcito” encarnado por Carlos Victoria –quien por otro lado realiza una labor estupenda. Más allá de las anteojeras ideológicas que ostentan los críticos de esta laya, es de admirar su incapacidad de asimilar –y tolerar– los antiguos valores y convicciones que, más allá de los reparos éticos que podamos hacer, dan plena consistencia a los perfiles de sus personajes.

Hurgar por el pasado, disfrutar de la vieja tradición criolla, de sus dichos y su humor, vivencias y recuerdos, sin dejar de proyectar una sonrisa cómplice a las angustias y pequeñas tragedias que viven sus añejos representantes; todo esto en plena sintonía –y armonía– con lo que representa el Callao y el Perú actual –marginal, suburbano, hiphopero–, nos plantea este film como un mensaje de esperanza, lejano ya de las tan sombrías perspectivas (aunque tan reales) que se vienen mostrando en las pantallas nacionales. Quizás se hace preciso desterrar la cantaleta del “trauma histórico” por el bien de todos. Por algo se empieza.

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