Gatos inmortales

Los gatos de los escritores

 

Aunque los gatos no tienen siete vidas, sino sólo una, harto breve en comparación con los mamíferos antropoides, algunos lindos gatitos han trascendido e ingresado, por patita propia, en la historia de la literatura.

Sabemos que Goethe, Lope de Vega, Jacques Prevert, Borges, Edgardo Rivera Martínez, Zola o Atahualpa Rodríguez son sólo algunos letraheridos que apreciaban a los gatos.

Doris Lessing aseguraba que su gata merecía ser emperatriz, por lo menos. En “Gatos particulares” narra las vicisitudes de una gata  en los días de su infancia, en una granja, además de dedicarle páginas a  las gatas que le acompañaban en Londres.

Colette, a quien acompañaron decenas de gatos hasta su muerte, escribió la delicada y singular novela “La gata”, coprotagonizada por la linda e indefensa gatita Saha, en manos de una humanoide desequilibrada.

El escritor parisino Paul Leautaud, autor de “Recuerdos ligeros”, entre otros, escribió un “Bestiario”, diario que abarca varias décadas del siglo pasado detallando sus incesantes desvelos por proteger a los desventurados gatos callejeros. Llevándoles comida, atendiéndoles, buscándoles hogares menos ingratos que los boulevares, además de cuidar a su propia fauna -el perro Span, los gatos Amigo, Pipo, Borla, Borlita, Peludita y su descedencia- demostró fehacientemente que amaba a los animales “de una manera excesiva, quizás torpe”, según él.

Puss-puss es la gata que resuelve un vacío encubierto en “La casa nido vacía”, escrito por la Highsmith, fan de los siameses, como Somyan, aunque fue Charlotte, una gata anaranjada, quien le acompañó en sus años finales. “Crímenes bestiales”, relatos protagonizados por animales, fue su homenaje a éstos.

Tiger, el gato de Emily Bronte, jugaba a sus pies mientras ella escribía “Cumbres Borrascosas”.

Poe vivió con dos gatos negros y una gatita marrón, Catterina, a quien le echaba gotas de whisky en la leche. No sabemos si la gatita acabó beoda, pero sí que Plutón, su gato de angora, homónimo del prota de  “El gato negro”, se enojaba y arañaba a Poe cuando lo veía tomar.

Karoun fue el siamés a quien Cocteau  dedicó su obra “Drole de menage”. De ellos dijo: “Amo a los gatos porque adoro mi hogar y ellos, poco a poco, se convierten en su alma visible”.

Apollinaris, Bill, Satán, Buffalo, Sin, Beelzebub, Mash, Soul, Zoroaster, Bambino, fueron los gatos que acompañaron a Mark Twain, incluso se dice que le obedecían cuando los mandaba dormir o sentarse.

En un veraneo en New Hampshire, “alquiló” gatos  de una granja cercana, de tanto que los extrañaba.

A Guillaume d`Aquitanie, el gato que recogió de la calle Baudelaire, le dedicó uno de sus mejores poemas, porque el lindo gatito fue su consuelo cuando censuraron “Las flores del mal”. Al vate, le denominaban en la prensa “gato zalamero con maneras aterciopeladas”, quizás porque prestaba más atención en saludar a gatos que a personas.

Los gatos de Dumas siempre tuvieron los mismos nombres: Le Docteur y Missouff. Uno de los  tantos Missouf le acompaba cuando salía de su casa, hasta la rue Vuagirard. El gatito regresaba solo a la casa y la madre del autor lo dejaba salir en las tardes, en la misma rue lo esperaba cuando regresaba, acertando con instinto felino si Dumas se retrasaba.

Cortázar escribió el cuento “Cómo  pasar al lado” (Un tal Lucas) inspirándose en su gato de la Provenza Theodor W. Adorno y sobre todo, en su adorada gata Flanelle, personaje de “Salvo el crepúsculo”.

Osvaldo Soriano afirmaba que al nacer, ya había un gato esperándole en la puerta, otro acompañándole en los peores momentos, en el exilio -y muriendo a su regreso a Bs. Aires- incluso uno que subió por las tuberías externas hasta su quinto piso sin ascensor. En “Una sombra ya pronto serás” aparece un gato al principio y otro al final.

Vírgula fue una de sus gatas -aunque strictu sensu, los gatos no tienen dueño- y Pulqui fue el gato de su infancia.

Lord Byron viajaba con su zoológico, en el que se incluían cinco gatos, uno de ellos, su adorado Beppo. Su preferido Boastwain, al morir de rabia, le inspiró  sus sentidos versos, epitafio y acertada definición del ánima felina:

 

AQUÍ YACEN LOS RESTOS DE UNA CRIATURA

QUE FUE BELLA SIN VANIDAD,

FUERTE SIN INSOLENCIA,

VALIENTE SIN FEROCIDAD

Y TUVO TODAS LAS VIRTUDES DEL HOMBRE

SIN NINGUNO DE SUS DEFECTOS.

Deja un comentario