500 días con ella

Para ver el Día de los enamorados

 

“Estas enamorado del amor” me dijo alguna vez mi madre en la adolescencia, como lo habría podido decir cualquier madre a cualquier muchacho de mi edad. Y en verdad el amor narcisista de las dieciocho –más o menos– primaveras, es como una gripe estacional: fácil de diagnosticar y se cura con el tiempo. Una dolencia del alma que no sólo ha sido merecida ser descrita desde el mito del célebre narciso. Otros hermosos relatos griegos han repasado con profundidad sus causas y azares. Una de ellas, muy famosa y afín también al mito del “enamorado de sí mismo”, es la de Cupido y Psique. Tópico usual en la literatura de la antigüedad y popularizada por el latino Apuleyo en su inmortal “Asno de oro”.

Según la leyenda, Psique, la más hermosa entre las mortales, sufrirá los celos de la diosa Venus. Ella incitará a su hijo Cupido para que la enamore del ser más abyecto de la tierra. Cupido, cautivado a su vez por la belleza de Psique, no sólo desobedecerá a su madre sino también la desposará en secreto bajo la condición de no revelar nunca su identidad. Psique, con el tiempo se enamorará también de la sombra de Cupido; de ese desconocido amante que la acompañó todas las noches en su lecho y quién incluso la hizo madre. Sin embargo, el destino es inefable, y las hermanas de Psique, intuyendo su fortuna y envenenadas por la envidia, le tenderán trampas y engaños a fin que rompa su juramento y devele la identidad de su marido traicionando así su feliz y estable amor conyugal. Justo cuando Cupido le concedería la inmortalidad y develaría su apariencia completa, ella dejará por propia voluntad de ser la dichosa esposa de una sombra para convertirse en una mendiga de la pasión: Escondiendo una lámpara en el lecho para contemplar al dios mientras dormía, y quedando estupefacta al revelársele con quién compartía su cama cada noche, ella quemaría su cuerpo celestial con el aceite encendido y se heriría con las flechas de su esposo al tratar de huir, quedando así enamorada -apasionada- por siempre de un amor imposible. Así pues ella, la “enamorada del amor” trocará el amor verdadero que los años y la paciencia le concedieron, por un amor de fantasía que sólo la consumirá a ella hasta el dolor; un amor más falso que cuando amaba sólo a una sombra. Psique se convertirá pues en el arquetipo de los hombres y mujeres a quienes la pasión los consume producto de su desconfianza y egoísmo.

Hoy en día, tiempos del “Amor líquido y descartable” como diría el sociólogo polaco Zygmunt Bauman, la fábula de Psique y Cupido está más vigente que nunca. La pasión y toda su mentira ha ganado terreno al amor –o por lo menos a la noción de un amor– nacido del esfuerzo, el tiempo y el sacrificio. No nos engañemos, todo lo rápido –fast food, lavanderías express, banca virtual– es más prestigioso que lo pausado y trabajoso. Luego, la pasión, ese chispazo –o “clic” según Tula Rodríguez– que no se entiende muy bien que es y que desaparecerá con la misma presteza con que se inició, gustará más que el institucional matrimonio o el “vínculo” que significan los hijos. Es en esta línea que Webb nos ofrece un relato atractivo y entretenido: 500 días con ella.

Summer (verano, en inglés) será la causa de la pasión de Tom, un joven arquitecto que esperaba con ansias el “amor verdadero”. Summer a su vez será una descreída del amor y sólo buscará divertirse y “encenderse” con Tom. Él lógicamente terminará enamorándose de la imagen de Summer, sin posibilidad de establecer un vínculo real con ella. El amor falso –la pasión– será el hierro que marque la vida de Tom, llevándolo hasta la depresión y la pérdida de su empleo. Pero como dice el dicho: “luego de cada verano viene el otoño”, y un recuperado –y más sabio– rehará su vida con una nueva muchacha: Autumn.

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