La escuela en juego

Una crítica al sistema

Algo está pasando en la escuela, los niños se están haciendo más serios y los profesores más infantiles, me parece haber notado. Lo digo porque en treinta años he visto pasar bajo los puentes de la educación no solo los restos de los naufragios de las anteriores reformas, sino los despojos del hundimiento de la profesión, que está  deviniendo en oficio intrascendente, digo que me parece.

Quizá es la sociedad  la que se infantiliza, los ciudadanos se portan como niños y los niños juegan muy en serio en la escuela a ser ciudadanos. Este cambio viene de muy abajo, de educación inicial, cuyos métodos están siendo trasplantados a todos los niveles del sistema educativo. El ciudadano del futuro que salga de esto dirá luego con razón que todo lo que sabe lo aprendió en Inicial.

Contra lo que se cree, la educación inicial no es la cuna de la inteligencia, sino de la superstición y el fetichismo, en relación con esos objetos de adoración de los pueblos modernos que son las mercancías. Hay dos cosas que están cambiando la fisonomía de la ciudad y que, me parece, van juntas: la invasión de  los centros comerciales y la universalización de la educación inicial. Los “moles” y sus bemoles.  Pronto el juego de “la tiendita”, se convertirá en el juego del mall o del shopping.

Por la forma de pensamiento del niño, superconcreto, las aulas de inicial están atiborradas de objetos, como supermercado. Suave música infantil de fondo.  Imágenes en abundancia. ¿Lenguaje? Mínimo en el niño, máximo en la miss: instrucciones, mandatos, a buen volumen. Vendedora hábil, nunca pierde la compostura, ni cede jamás en su persistente empeño de convencer y persuadir. El niño es el incipiente usuario que se deja engatusar, y entrega su atención, que en él vale oro.

El niño pequeño, que para la madre es su cosita, termina en la escuela cosificado. No es ya un  niño sino una entelequia: hermoso, bueno, gentil, amable, despierto, listo, inteligente. Los nombres propios (nunca apellidos, por favor) son como las etiquetas que les pegan a las mercancías. Las mises se encargan de pronunciarlos como si se tratara de anunciar la mejor mercadería del mundo, cuando los pequeños cumplen aquellos estándares  que lo acercan al ideal platónico de niño que promueve la educación inicial. Cuando no, también saben decirlo con amabilidad, casi con pena, como la vendedora al cliente reacio, dándolo a entender que es él quien se perjudica (“pierde”) no llevándose la oferta del día, que no se volverá a presentar.

Nacido entre tantos objetos (que ahora salen de la cornucopia del Ministerio de Educación) el niño termina convirtiéndose él mismo en objeto. Se cree que Piaget es el partero de la inteligencia del niño, pero en realidad es el enterrador de su individualidad, ya que al aportar con sus ideas al proceso de su producción en masa ha terminado por contribuir a su cosificación. Alguien que sí ha hecho por penetrar a fondo en el mundo de los niños es, por ejemplo, Malanie Klein (la “tripera genial”, como dice Lacan),  que no los ha encontrado hermosos, sino todo lo contrario, llenos de temores y culpas, aterrorizados con sus deseos y fantasías destructoras. Unos verdaderos monstruitos, “chuquis” como dicen algunas profesoras (de primaria) de sus niños.

Piaget es responsable primero, de colmar de cosas las aulas de Inicial, para desenvolver su pensamiento concreto. Antes, chapitas de botellas y otras cosas inservibles, que la maestra tenía que procurarse con su ingenio y habilidad; ahora, este material le cuesta al padre un ojo de la cara. En primer grado viene lo que la profesora neologista ha dado en llamar “letrar el aula”, esto es atiborrar de mensajes escritos las paredes. La letra ya no entra con sangre sino por cansancio. Las paredes ya no son las pizarras del pueblo, o de los niños (sería de ver), sino de la profesora letradora. De esto, sin embargo, no habría que culpar a Piaget, ya que a él no le interesaba mucho la letra sino la imagen, el símbolo, el dibujo, la imitación, cosas estas que a para él sí son esenciales en la constitución del pensamiento del niño.

Segundo, de la proliferación de los juegos dirigidos de aula, en que los pequeños juegan a ser grandes. No son estos tan originales, sin embargo, ya que hacer desfilar a los niños como soldaditos (típico de la antigua escuela autoritaria) pertenece a esta clase de juegos de aprendizaje mimético o por imitación. Lo mismo puede decirse de hacer formar a los alumnos en el patio, con las voces militares de atención, descanso, firmes, de vena espartana, que sigue practicándose en Inicial, con el pretexto de la coordinación motriz, un, dos. Ahora los juegos son más democráticos, de veta ateniense, como reunir en el ágora a los párvulos para elegir sus autoridades. Es un juego muy serio, que involucra a padres poco serios. El problema, que no se toma en cuenta, es que al quitarles a los niños su emblema de libertad, esto es el juego, en beneficio de la enseñanza, los deja tan expuestos a la manipulación de la escuela como antes lo estaban a su dominación.

Tercero, de dorar demasiado la “dorada jaula de la infancia”, como decía María Nieves y Bustamante, convirtiéndola en un mundo encantado, a semejanza de un shopping, incluso con calendarios coincidentes, donde se oferta todo lo que un niño pueda desear, una familia de ilusión, una naturaleza de similor. Alimento para el alma infantil, que busca saciarse con cosas hermosas, como en un  centro comercial. Llegado su día, por ejemplo, los padres de vidriera son objetos de conmovedora veneración infantil. ¿Cómo no amar a esos ideales de padre, como lo muestran los poemas de ocasión y las imágenes de cajón, a esos seres divinos, como aparecen en la propaganda comercial? La naturaleza también se puede cosificar, esto es fabricar al gusto del cliente como cualquier mercancía. Pongamos: paloma, símbolo de paz, amor, con su consecuente emblema moral: niño dando de comer a paloma, niño bueno, tierno, caritativo, conservador de la naturaleza. Si se quiere vender (la maestra también vende ilusiones, negocia comportamientos, premia conductas) la mercancía tiene que ser deslumbrante. Pero, ah, la paloma, hasta para Melgar era un objeto poético. Hermosa naturaleza, fea ciudad. Con tanto afecto, en efecto, las palomas proliferan. Suciedad y rijosidad. El palomo es un obseso sexual. Apenas amanece, empieza a acosar a la hembra, que nunca lo rechaza.

Cuarto, de convertir al párvulo en jornalero del sistema educativo que, como Moloch moderno, reclama la sangre de los niños, esto es sus obras, trabajos o  productos escolares. Productos concretos de mentes concretas, para que se cumpla el planteamiento piagietiano de que en el principio es la acción. A su turno, la madre llora de gusto al ver el pequeño logro de su pequeño, festeja jubilosa ese producto mínimo pero significativo que le hace evocar (inconscientemente) su primer gran logro en el campo completamente suyo del control de los esfínteres, la deposición que los pequeños astutamente hacen pasar como un regalo. Se conocía de antes la relación entre el capitalismo y la analidad,  pero ahora nos enteramos del turbio vínculo entre la “educación por resultados” y la escatología, que se percibe hasta en el lema “rumbo a la nota más alta”, que me suena a ir de tumbo en tumbo, o a soltar el pujo más alto, digo que me parece. Así que si me piden que me aúne a este “esfuerzo”, diré que no cuenten conmigo.

Quinto, de poner en duda la seriedad de la escuela, al convertir el llamado “buen inicio del año escolar” en un show con payaso y Dalina, personajes funambulescos más propios de un shopping mall que de un “templo del saber”, como antes se decía. Aunque de esto no habría que echar la culpa al venerado biólogo y psicólogo suizo, tan de moda en Estados Unidos en los años cincuenta del siglo pasado y que ahora lo han rescatado los genios del Ministerio de Educación. Por otro lado, como le hice constar en su momento al profesor Juan, con quien hacemos dúo en el conjunto orquestal o cuerpo docente mayoritariamente femenino de la escuela, la Dalina no estaba nada mal, y hasta se le podía contar, en tanto nuevo componente lúdico-erótico de la enseñanza, entre  las cosas que hacen menos ingrata la dura labor docente. Pero como el ambiente mismo de la escuela sugiere enigmas intelectuales, viendo el show me vino a la mente una duda que había tenido siempre sobre cuál es la contraparte masculina de la mujer “objeto”. Si la mujer al actuar “como si” se ofreciera sexualmente desencadena el mecanismo disparador del juego que es la simulación, entonces solo le cabe a uno admitir que en esas situaciones solo le queda hacer de payaso. El asunto, desde el punto de vista del nuevo enfoque educativo, hacía pensar en lo que podría llamarse nuevas rutas de seducción que desde inicial prueban las profesoras con los niños, haciéndolos participar en juegos en que el simulacro casi se confunde con la realidad. Pero para alguien que peina canas, es tarde para esos conatos, que otro haga de payaso.

 

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