Cuento navideño

“Calle Villalba”

Silvana tenía doce años, vivía a una cuadra de mi casa. Era una chica delgada, de voz suave y mirada tímida. Por algún motivo llevaba la cabeza ligeramente ladeada a la izquierda, pero no se veía en ella un defecto sino un tipo de gracia media infantil. Su cabello de ondas largas y su rostro ovalado recordaban a “El nacimiento de Venus” de Botticelli, pero solo yo sabía eso. Yo tenía ocho años más que ella.

Éramos amigos, a veces visitaba su casa en las tardes de verano y jugábamos Monopolio, Damas o Ludo con su hermana menor, Rita, y un amigo común, Alonso. Su madre nos invitaba galletas y Fanta, y luego nos dejaba jugando en la sala. A comienzos de año fuimos junto a los amigos y amigas del barrio a ver la Quema de Judas en la Iglesia de Yanahuara; yo pasé antes de las seis de la mañana a recogerla de su casa, salió con su hermana. Como todavía hacía frío la abrigué con mi sacón.

Un par de días antes de Navidad me pidió que en la nochebuena fuera a verla, que me tenía un regalo. A las nueve fui a buscarla, silbé con unas notas que ya ella conocía, y salió a su balcón. Me dijo “Espera”, y al rato abrió la puerta de calle. Nos sentamos en las gradas a conversar. Le pregunté si sabía qué le iban a regalar y me dijo que seguramente ropa, luego hablamos en voz baja de los mejores regalos de nuestra infancia, de nuestros amigos y de otras trivialidades. Pasó casi una hora, su madre la llamó. “¡Estoy aquí con Marcelo!” gritó ella.

Un poco más tarde me puse de pie, le dije que debía ir a mi casa, que mi madre y mi hermana estaban armando un nacimiento y tenía que ayudarlas. Tomó con sus dedos finos mi brazo y me pidió “Un ratito”. Se fue corriendo gradas arriba y cuando bajó traía un sobre en la mano. “Para ti”, me dijo. “No lo abras todavía”. Su mirada brillaba con una luz cálida. Se acercó y me miró a los ojos, yo la miré sin saber qué hacer ni qué decir, pero sabiendo lo que pasaba, hasta que ella se alzó de puntillas, me atrajo hacia sí y besó mis labios. Después se quedó mirándome en silencio y una sonrisa empezó a nacer en su rostro, una sonrisa serena, satisfecha de sí misma. Estuvimos así callados un poco más, mirándonos, y entonces fui yo quien la besó largamente.

No dijimos nada hasta despedirnos en la puerta. “Te veo mañana. Feliz Navidad”, le dije.

En casa ya estaban sirviendo las ensaladas en la mesa que mi hermana había adornado con velas y ramitas de pino. “Dónde andas”, dijo mi madre. Y recién me miró con atención. “Qué cara es esa”, preguntó. Mi hermana también me observó. “Tienes una cara de felicidad, hermanito”, me dijo. “La Navidad”, le contesté. “Sí, sí, seguro, la Navidad. Qué habrás hecho” dijo mi madre. Nos sentamos a la mesa.

A las doce cantamos villancicos ante nuestro pobre nacimiento, reventamos algunos cohetes en el patio y salimos a la calle, a saludar a los vecinos. Entregué a mi madre y a mi hermana un par de regalos sencillos y recibí los suyos.

Cuando me fui a acostar, una hora más tarde, se habían apagado los ruidos del barrio y la calma volvió al mundo. Entonces busqué el sobre en el bolsillo de mi casaca y echado sobre mi cama lo abrí. Bajo la tenue luz de la lámpara de noche leí y volví a leer mi tarjeta navideña, en la que una mano de letra trémula había añadido algunas frases.

Más tarde me quedé dormido.

 

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