Trébol

Le parece escuchar el rasgueo de ese charango

Se detiene a descansar en la breve hondonada, donde comienza el frondoso camino de los perfiles de las rocas inmensas, que alguna vez fueron los dioses del agua. Una cerrada hondonada de arena verde que desciende, y lleva hacia el pequeño poblado de los recolectores de tréboles de piedra.

Espera tener la fortuna de encontrase con esos trashumantes de ojos amarillos, en cuyas retinas se pasean diminutos y sigilosos peces bigotudos, y canjear algunos tréboles de piedra por un par de botellas descartables que, cuenta el cazador de palabras, se las comen con una serena delicia.

Mientras hace su pausa y apoya suavemente la espalda en la pared de piedras agudas, se pregunta si ese fondo hacia arriba, sin color ni profundidad, puede llamarse cielo. ¿Está dormido? ¿Está despierto? En ese fondo hacia arriba, ve la panza de un bote, los risos de sus remos y la flotante red a la deriva. Se pregunta si es un bote del tiempo en que andaban buscando el dorado pez mitológico, engendrado por un puma gris, en una sirenita del lago que rasgaba un charango de cuerdas heladas.

Le parece escuchar el rasgueo de ese charango, los hilos de esa canción brincante que alguna vez escuchó en la tiendita del valle de los muertos. Una canción de caballos que suben, de caballos que bajan, y de amores enredados en los amplios pajonales, de una horizontal cordillera de picos filudos y negros.

Tiene los ojos abiertos hacia arriba, hacia ese falso cielo donde ha desaparecido el bote. Cierra los ojos, con la profunda esperanza de poder conseguir un trébol de piedra, y poder canjearlo al menos, por dos dedos del más puro alcohol.

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