Telúrica y magnética

Comentario sobre la exposición de Camila Valdeavellano / Por Jesús Martínez

¡Sierra de mi Perú, Perú del mundo, y Perú al pie del orbe; yo me adhiero! Dice uno de los versos más conocidos del poema Telúrica y magnética de César Vallejo. El vate realiza una especie de silogismo geográfico que lo lleva de la sierra, de su sierra peruana, a una universalidad atribuida a su terruño. Justamente, como bien analiza Américo Ferrari en el prólogo a la Poesía Reunida de Vallejo, no hay nada más universal en el poeta que lo local. Mientras más arraigada está su palabra en el Ande, más hundida en la tierra, más radicalmente conectada está su palabra con lo global, con lo universal.

No es casual en ese sentido, el nombre que lleva esta primera muestra individual que comparte con nosotros, Camila Valdeavellano.

Arequipa es ese Ande vallejiano desde el cual la artista construye su reflexión. Arequipa, como casualidad recurrente en su biografía o incluso como una especie de obsesión, de presencia constante que la habita, que la rodea desde hace ya buen tiempo.

No obstante, no se trata aquí de la ciudad monumental, de un contexto patrimonial, sino más bien, me atrevo a decir, de la región elemental o más bien de lo fundamental. Elemental, fundamental en el sentido y en la medida en que Camila se enfrenta a lo básico, a lo nuclear, casi a lo atómico, es decir, a la ceniza, al sillar, a las huellas del clima, la tierra, la piedra, el óxido, la hebra de lana, la arcilla, el carbón. Y no, la poesía de esta enumeración no es mía ; es la música que se articula sola en «Telúrica y magnética» la exposición de la artista que en breve observaremos.

Comencé haciendo una analogía con el poema de Vallejo que es también certeramente el nombre de esta muestra y hablaba del recorrido de lo local a lo universal y que, como he sugerido, es también el camino que recorre Camila, pero desde el elemento infinitesimal, es decir desde la materia prima, desde el elemento primario y primero. Hay una intuición que la artista sigue y persigue, un olfato basal al que obedece y que la conduce a experimentar diversas técnicas, desde el frotado encima del sillar, como en la serie “Camino a Añashuayco” en la que a la manera de una especie de carboncillo, se imprime el relieve geológico de la piedra, pasando por el raspado de óxido y tierra con cera de abeja sobre lija que, por ejemplo, en la pieza “Sumbay: cañón” crea sorprendentes texturas que imitan superficies lunares y que no son sino el reflejo del desierto que nos rodea, hasta llegar al trabajo directo con el clima, la lluvia, el viento y el polvo, como podremosapreciar en la pieza «Lluvia de cercado», donde Camila ha dejado a los elementos climáticos actuar libremente sobre el papel. Una cartulina dejada durante dos meses a la intemperie, al obrar dela naturaleza en el techo de la casa y que a mi entender es una clave de lectura del conjunto. Porque es precisamente esa intuición, esa confianza ciega en la materia la que se deja traslucir en esta propuesta de la artista. Es decir, una adecuación entre lo bàsico, lo inmediatamente urgente que es lo propio de la sustancia, de lo sustancial, entiéndase, la ceniza, el sillar, el carbón, la tierra y su dimensión como elemento universal capaz de construir no solo la ciudad, esta ciudad de calicanto, esta urbe de sillar, sino también a su habitante.

Conversábamos con Camila sobre los inicios de este proyecto que la lleva a ella como foránea, como testigo exterior a interesarse en este espacio arequipeño, que puede aparecer en un inicio antelos ojos de cualquier extranjero como árido, eriazo o hasta estéril, en esta región tan pétrea, y mecontaba de su sorpresa frente a la persistencia, a la tenacidad de lo humano frente al desafío de esta naturaleza hasta cierto punto adversa. El habitante hecho mito, el poblador que se aferra al desafío volcánico y sísmico y que sorprende al que no es de acá. Es desde este ángulo que se puede abordar la serie de fotografías que en T y M se entremezclan con la pintura. La luminosa fotografía titulada «Camino a Añashuayco» muestra un torreón agujereado, una especie de hito coronado de cables que dejan adivinar la presencia humana en el paisaje mineral de esta tierra, o como también ocurre con el díptico « Río Seco », esas dos fotos hechas al momento del aterrizaje de la artista en uno de sus viajes y que vistas desde lejos sugieren el sinuoso relieve de un desierto, pero que de cerca revelan la trepidante vida, la ocupación de este efervescente Cono Norte de la ciudad que puede parecer tan inhóspito, desde el privilegio del verdor del valle del Chili.

Alrededor de la «Cantera de Añashuayco», tan presente en la obra de Camila, curiosamente se ha desplegado esa «Nueva Arequipa»; digo curiosamente en la medida en que es uno de los lugares geológicamente hablando, más antiguos de la zona. 1 millón 650 mil años de antigüedad, mucho antes de la formación tanto del Chachani como del Misti. Camila recoge sus impresiones de diversas incursiones en esta fabulosa formación volcánica en una serie de dibujos e intervenciones en papel donde se adivina no solo esa materia primigenia y mineral, sino también el material plástico y moderno de las casas que se atisban en los bordes de la cantera ; esa vida humana tímida y, sin embargo, persistente que la artista sugiere; esa vida mineralizada, adaptada a la dificultad y a la adversidad climática, casi mimetizada o escondida en el paisaje, sino fuera por esos tonos azules estridentes e intensos del plástico que cubre algunos techos. Camila integra la materia prima mineral, el elemento fundamental y, podríamos decir, fundacional en un discurso que aspira a integrar naturaleza, habitantes y sus dificultades, como ya lo ha hecho antes, por ejemplo en la muestra colectiva «NosotrOs» en Río de Janeiro donde planteaba una reflexión del encuentro del ser humano y sus límites frente a la inmensidad del paisaje, frente a la naturaleza infinitamente potente.

Hay como una necesidad en la artista de revelar la huella, de mostrar el rastro de los elementos en el entorno y el rol estructurador de la materia. Es así que otra clave de aproximación a esta muestra es la del «work in progress», pero no en términos de trabajo inconcluso, sino màs bien en el sentido de una obra continuamente reinventada y reinventándose. Los ecos entre las diferentes piezas podrían parecer anecdóticos, pero son más bien orgánicos. Pienso en la lograda tela «Cerro Verde», cuyos trazos han sido plasmados por Camila a base de tiza y arcilla; elementos que la misma artista conserva embolsados como en una especie de «cabinet de curiosités» en la pieza «Vestigios Corpo» que a manera de cuentas de un collar, de un inventario de materiales, recoge diversos componentes o herramientas con las que ha realizado su obra. En cierta manera estamos en el taller de la artista, frente a sus utensilios, frente a sus instrumentos y frente a la obra terminada.

Pero, como tan acertadamente afirma Karina Cáceres Pacheco en el texto curatorial «T y M nos lleva desde las alturas hasta lo subterráneo, en un sensible y paciente trabajo de recolección de piezas y detalles que nos aproximan a entender nuestra esencia, como un revelador descubrimiento arqueológico. »… a mí me gustaría agregar que es un descubrimiento arqueológico que se inscribe no solo en un pasado, en una voluntad de sembrar memoria desde lo elemental de la materia, no solo en el presente de esta dinámica de «work in progress» que acabo de señalar, sino también es un descubrimiento, y disculparán lo aventurada que puede resultar mi expresión, que se inscribe en una arqueología del futuro. Los paisajes que Camila Valdeavellano evoca en esta muestra se anuncian como un territorio de una identidad aún por concretarse, donde el cuerpo mismo de la artista pugna por existir en medio de la materialidad del entorno. Piel, lunares, hemisferios cerebrales forman parte de la geografía, son confundidos, absorbidos, integrados por el telurismo ejercido por la tierra. En este sentido no puedo evitar la tentación de leer un poco del texto de la escritora libanesa Joumana Haddad que figura en la muestra «“Y entonces, ¿por qué el Cuerpo? Sencillamente, porque mi cuerpo es una parte integral de mi persona, es inseparable de mi alma y de mi mente, es el templo de todas mis experiencias y el terreno en el que vivo la vida.»

El cuerpo, la obra, los materiales son todos elementos de un complejo palimpsesto que se incorporan en esta hermosa sala de la biblioteca MVLL y que casi podría llevar a preguntarnos en qué medida el mismo sillar de las paredes no forman también parte de la propuesta de Camila.

Me gustaría terminar esta breve reseña contándoles dos anécdotas, la primera es que cuando conocí a Camila en París hace como 20 años ella tenía muchos más amigos arequipeños que yo y veo que ese contexto humano se ha traducido y se revela en la admiración y el amor que desde entonces ella profesa por esta tierra. Y justamente la segunda anécdota tiene que ver con esto del amor, pues hace un par de días mientras participaba brevemente en la instalación de T y M, Mario Arce me dijo que le gustaba mucho porque era una obra muy elaborada, pero yo escuché otra cosa, escuché más bien que Mario decía que era «una obra enamorada» y aprovecho esta confusión, porque cabalmente me parece que la redondez de esta primera individual de Camila Valdeavellano radica en eso, en que si bien es una obra elaborada, es sobre todo una obra enamorada, una obra atenta a la tensión y a la intensidad de los elementos que se proyectan de manera muy honesta como una tierra que, vuelvo a citar a Joumanna Haddad, « una Tierra que acoge en su matriz las pasiones y las ideas, el sol y la luna, los miedos y los sueños, la lluvia y el viento, los ríos, los pájaros y la gente. … ».

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