AREQUIPA, LA CAPITAL DE UN PAÍS IMAGINARIO

Por: Oswaldo Chanove

En realidad, en el mundo hay una compulsión centrípeta. El centro ejerce una fuerza magnética que no por irracional menos poderosa. No es extraño, entonces, que exista un desdén hacia la periferia. Los artistas de provincias siempre se han sentido obligados a trepar a un ómnibus para dirigirse al núcleo del organismo. Pero si bien se sigue asegurando que geografía es destino, parece que en las últimas décadas el centro ha soltado el ancla y se ha puesto a navegar. Se asegura que en algún momento de 1989 el carácter del ser humano empezó su vertiginosa transformación. Con el invasivo surgimiento del Internet y los teléfonos inteligentes terminó el siglo XX y comenzó esta nueva era en la que estamos todos mucho más apiñados. Pero el sueño de un mundo donde el centro se confunda con la periferia se ha revelado como una utopía. Para sorpresa de los entusiastas del progreso, de pronto, asustados sin duda por la desintegración de nuestra vieja singularidad, en todo el mundo hay gente desempolvando viejos himnos regionalistas.

En lo personal, Arequipa es mi auténtico hábitat. Es mi casa, las calles donde vaga la memoria de mi infancia, donde ha quedado la enigmática huella de mis antepasados, el sitio habitado por gente que pronuncia la elle, por gente que considera sobrevalorado el contacto visual. El espacio que me rodea es entrañable porque objetivamente es el único que me permite vivir una experiencia específica, -particular- con eso llamado realidad. En este lugar soy y estoy sintiendo y pensando. Eso es lo que significa para mí Arequipa y el Perú. El lenguaje -escrito, visual, auditivo- crea, sin embargo, un tramando que me permite un encadenamiento con un ámbito mayor. Con el resto del mundo siento la exaltación ante el fenómeno de tantas formas de estar vivo.

Cuando Atahualpa Rodríguez escribió que él no era peruano sino arequipeño estaba poseído por la ebriedad del romanticismo. Pero el orgullo regional o nacional no es una virtud. Sentir amor por lo propio es natural, pero hacer de eso un culto nos lleva a distorsionar la realidad. Arequipa es una ciudad que tiene un enorme conflicto de identidad porque la atormenta ser una simple provincia. Arequipa piensa secretamente que debería ser la primera ciudad del país, pero como eso es imposible, opta por refugiarse en la soberbia de la singularidad. Arequipa es la capital de un país imaginario. Ese país es telúrico, sus calles irradian una sólida belleza, su música es rústica y emotiva, su gente tiende a ponerse filosófica a causa de un capricho atmosférico, y es aquí, solo aquí, donde se puede comer el mejor chupe de camarones del planeta. Y, por supuesto, hasta es posible tramitar un pasaporte de la República Independiente de Arequipa.

(Leído en el Hay Festival Arequipa 2018)

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