Cambios de la arquitectura arequipeña

Entrevista a Omar Urday. Por: Miguel Málaga

Omar Urday, arquitecto de profesión, lleva la cátedra de Diseño Arquitectónico en las universidades Católica de Santa María y UTP. También dedica tiempo a la fotografía; ha expuesto en varias colectivas en la ciudad y una individual en el Colegio de Arquitectos de Arequipa el año pasado. Está encargado de la revista RADAR que se enfoca en temas de arte, arquitectura y actualidad.

 Miguel Málaga: Se dice a menudo que la arquitectura moderna cuando llega a Perú tiene un período de alta calidad, cosa que no pasa actualmente con todo este cúmulo de arquitectura “prosaica”, como la llama Alejandro de la Sota ¿A qué crees que se deba?

Omar Urday: Yo creo que hay varios factores.

Debemos enmarcarnos en un contexto cultural, social y político. Y si estamos hablando de 50 años atrás hablamos de un mundo que aún se regía por ideologías, dentro de las cuales la obra debía de estar enmarcada. La arquitectura era una forma de mirar al mundo.

La modernidad es eso, consiste en tratar de cambiar el mundo. Quizá con algunas ideas utópicas, ingenuas y excluyentes como por ejemplo querer lo mejor para el hombre, pero a costa de excluirlo.

Creo que la gente que ha hecho cosas aquí en Arequipa, como Chalo Olivares, Rey de Castro, Hugo Ruiz de Somocurcio, ha sido gente formada con rezagos del academicismo, pero ya imbuidos en la ideología de la modernidad. Creo que el cambio del mundo hacia donde estamos migrando ha hecho que las preocupaciones sean enfocadas en otras cosas, hacia los resultados inmediatos y la rentabilidad a toda costa. La imagen por la imagen misma. Creo que eso influye demasiado hoy.

Justo de eso hablaba ayer con mis alumnos de la universidad, en Taller 9. Llegamos a la conclusión que nuestro problema es netamente cultural, porque veíamos fotos de cuando se hacia la avenida La Marina; el alcalde que construyó eso fue René Forga, que fue uno de los últimos alcaldes ad honoren. Esa era gente que no recibía un sol y pensaba en una ciudad mejor.

Definitivamente nuestro sistema de vida nos ha impulsado a ser individualistas y egoístas en ese sentido.

Es el caso especifico de la arquitectura, en el que no se sabe cómo enseñarla de un solo modo. Estamos en un momento de crisis en el que ni los que enseñamos tenemos las cosas claras.

Hemos perdido eso. No sé si hablar de “ideología” ahora signifique estar desfasado, pero creo que debe haber cierta ideología para que una ciudad avance hacia un lugar positivo.

Todo lo que se hizo en la modernidad tenía intenciones genuinas.

M.M: Claro. La arquitectura moderna era muy idealista desde sus cimientos, a diferencia de las corrientes que han aparecido desde mediados del siglo XX, enfocadas más en temas formales y compositivos. Después de la modernidad creo que no hubo ningún movimiento tan idealista, ¿o sí?

O.U: Bueno, pero hasta hoy hay rezagos de la modernidad.

Lo que hay que sacar de ella son las lecciones de autenticidad. Pensamiento y realización tienen una coherencia interna.

Aquí, en Arequipa hay cosas fantásticas. La iglesia de Olivares, en las Esclavas. Su edificio en las Galerías Gamesa que quiere conectar dos calles habla de esta vocación del bien común y de los demás, idea que es contraria hoy en día.

M.M: En cuanto a la calidad de actores en la producción arquitectónica de la ciudad de estos años, ¿cuál crees que es un buen exponente de la arquitectura arequipeña y cuál es el rumbo de la arquitectura arequipeña actual?

O.U: No se si hablar de alguien o de un movimiento.

La verdad, veo que hay un decrecimiento en la calidad general de las cosas. Sí, hay un cambio en el marco social y cultural que induce a ciertas cosas.

Yo no sé si un proyecto como el Pinar de Bosque se pueda hacer el día de hoy… con los objetivos exclusivos de querer el mayor ratio económico de ganancia. Obviamente, hay muchas respuestas que defienden las actuales condiciones de mercado.

En el campo de la vivienda hay un decrecimiento brutal. Con todos sus problemas, en el proyecto del complejo Nicolás de Piérola notas los ideales de la modernidad y de vivir bien. Y si hoy en día vamos haciendo un acercamiento a estos nuevos proyectos de vivienda que han florecido en toda la ciudad, podemos ver que la arquitectura ya no hace ciudad. Ya no hay proyectos de envergadura como en su momento fue la Posada del Puente o la Mutual de Vivienda en la Mercaderes, porque antes había un espacio para propiciar los concursos de arquitectura, que se cancelan en la época de Fujimori a favor de las contrataciones. Las últimas construcciones municipales que se han hecho en el ámbito público, como el Palacio de Bellas Artes y las Piscinas de Tingo, son cosas que no deberían haber sucedido jamás.

Eso, como modelo de gestión y de vida, cala en el inconsciente de las personas que se están formando, estudiando Arquitectura.

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