Vida y obra de Erly Almanza

Por: Willard Díaz

Erly Emilio Almanza Torres expone su obra esta semana en la exclusiva galería Índigo, de San Isidro, Lima. “Nadie es profeta en su tierra” reza el refrán. Es el caso quizá de este joven artista arequipeño con carrera internacional. Le pedimos por eso que nos cuente algo sobre su vida, su preparación y sus obras, y se explayó con un interesante texto que compartimos aquí con nuestros lectores.

 

“Nací el 18 de marzo de 1988 en el hospital Goyeneche; a los tres años fui a vivir a Ayaviri por asuntos laborales de mis padres, allí conviví con la cultura andina quechua en interminables tardes de juegos, fiestas patronales, huatiadas, navidades andinas, ferias pueblerinas entre otras vivencias que se mostraban muy distintas a las que tenía cuando regresaba a Arequipa durante los veranos.

La vida diaria enriquecida entre polleras y frases que combinaban el quechua con el castellano nunca me llamaban la atención porque era parte de un vivir normal.

El transporte predilecto eran los triciclos y las bicicletas, los carros eran para los privilegiados si bien por cosas del destino mis padres pertenecían a ese pequeño grupo; aun así, soy un experto conductor de bicicleta y me considero fanático del viaje en triciclos.

El continuo tránsito entre Arequipa y la capital ganadera del Perú me abría contextos diferentes. Durante los primeros veranos de mi vida viajaba a Arequipa para disfrutar las vacaciones con mi familia. Gracias a mi primo Milton tuve en Arequipa un contacto de primera mano con las peleas de toros, los establos y el camal Don Goyo donde posiblemente destruí mi inocencia sobre la vida de los animales.

Mi tío criaba toros de enverna, le gusta la chica y el maíz, es un perfecto Loncco. Asistía a talleres de verano en la escuela Baca Flor y en el Coliseo Arequipa, el arte y el básquet siempre estaban en mí.

En el verano del 2001 ingresé a la academia de básquet del colegio San Juan Bautista de la Salle, un año antes lo hice en el colegio Claretiano con el profesor Godofredo (QEPD) quien quería que me quede en Arequipa y estudie allí para ser parte de su equipo de básquet, incluso me ofreció facilidades como posible alumno, pero mis padres creyeron que era muy pequeño aún para dejarme ir; iba a cumplir doce años.

Al verano siguiente mi hermano mayor nos matriculó a mi primo y a mí al curso de verano del San Juan bajo la dirección técnica de Robert Armendáriz y ese fue el punto de quiebre más importante de mi vida. Al igual que el año anterior, también me ofrecieron integrarme al equipo de básquet Sanjuanista y también ser alumno de uno de los mejores colegios del país (lo digo hoy en día con mucha sobriedad y amor). Desde ese momento soy un sanjuanista de cuerpo y alma, conseguí medallas y trofeos en los distintos campeonatos escolares y de la Liga Masculina de Básquet de Arequipa, fui convocado a la selección arequipeña para defender mi bandera en territorios nacionales e internacionales.

Por otro lado, no fui un alumno aplicado como lo fueron mis hermanos mayores, pasaba las tardes entrenando y asistiendo al taller de arte del profesor Jovito Álvarez. Recuerdo que, hacia las tareas de arte de mis amigos a cambio de problemas resueltos de matemáticas, física o por la comida del quiosco en el recreo, a veces algunos me daban en dinero porque les era más práctico.

El último año de colegio tuve el honor de llevar por un tramo la antorcha olímpica de ADECOA, venía de ganar la liga y los juegos lasallanos en Lima un año antes, además de estar en la nómina del equipo de mayores del Club y para determinar cuál sería mi futuro profesional logré ganar la Bienal escolar de Pintura Jaime Struch Argelaga.

Estuve en la Academia preuniversitaria donde comencé a conocer más las fiestas, di rienda suelta a mi rebeldía que estuvo un tanto ocupada en tareas escolares, talleres y campeonatos. En esa época me nació el gusto por los tatuajes no solo como consumidor sino como creador, motivo por el cual los amigos de ese momento me pedían que les haga con lapicero diseños en sus brazos o piernas.

Ingresé a la escuela de Artes de la UNSA, para ese entonces los celulares con cámaras estaban empezando a llegar y todo mundo quería uno. Mis padres me dieron el dinero para comprar el que me gustara porque los de mi generación estaban a la par de la tecnología, pero lamentablemente mis planes eran otros, fui a la Gran Vía, a una tienda de tatuajes y compré todo un Kit para iniciar mi aventura en este rubro.

Conocí a unos amigos que estaban en ello y me enseñaron como trabajar profesionalmente. Recuerdo que empecé perforando sobre lonjas de cerdo, después mis amigos y familiares fueron mis primeras víctimas. Luego comencé a cobrar y no me iba mal.

En la universidad todo era relajo porque tenía una base sobre técnicas de pintura gracias a quien considero mi primer maestro; Rodolfo Pastor, conocido como Milton. Yo asistí a su casa/taller desde los trece años por recomendación de mi tío Anibal, tuve mucha suerte en ser aceptado y más aún en ganar una enseñanza totalmente diferente a la académica creando ese vínculo de maestro alumno propio del Renacimiento.

Mis padres me apoyaron en todo momento, nunca me dijeron que el arte era malo, incluso mi primera exposición fue organizada por mi papá en la sala de nuestra casa de la calle los naranjos en Alto Selva Alegre. Tenía 10 años y cientos de hojas bond con dibujos de Dragon Ball y Pokemon que hacía durante los cursos de verano.

Algunos trabajos eran acuarelas, temperas y también dibujos hechos con finepen, entre ellos destacaba un rostro en acuarela del Che Guevara que fue la obra prima de esa muestra. Mi papá dijo que junte los que más me gustan y que los pegue en la pared porque “yo era un artista y los artistas hacen exposiciones”. Para cuando todo estaba listo me dijo que necesitaba un título y le pusimos “Expo Lito” (Lito es el diminutivo de Erlito, todas las personas cercanas me conocen como Lito desde que tengo uso de razón). No recuerdo cuanto duró esa muestra, pero sé que mi papá invitaba a la familia para que lo visiten y vean la exposición de Lito con gran orgullo.

Cuando iba a empezar el segundo año de Artes tenía también una vacante ganada en Administración, por lo tanto decidí hacer ambas carreras. Fue para darme cuenta que estaba en los cierto desde el inicio, no encajaba en Administración, terminé dos semestres y lo abandoné para dedicarme de lleno al arte.

Mis padres aceptaron que abandone Administración, lo que no asimilaron es que siga con los tatuajes, luego de algunos impases colgué los guantes quirúrgicos y regalé mi máquina tintas y agujas a un amigo. Nunca sentí falta. En tercer año de la Escuela comencé a faltar a algunas aulas y a buscar talleres de artistas porque sentía curiosidad por saber cómo es por dentro todo.

El 2009 mientras llevaba cuarto año realizo mi primera muestra individual con mucha retribución. Ese mismo año inicio mi participación en concursos nacionales y llego a ser finalista en algunos. Cuando finalicé quinto año ya estaba entrando al medio artístico limeño y fui seleccionado para la Noche de Arte, y allí estoy ininterrumpidamente hasta ahora, que soy participante invitado.

Comencé proyectos paralelos: el más notorio, la creación de “Ayar la leyenda de los Inkas” en el 2008. Esta historieta fue presentada en la FIL del 2010 y publicamos el primer número en marzo del 2011 en Lima con sorpresa por ser provincianos trabajando historietas a full color, con contenido incaico y con cierta calidad gráfica.

Esa pequeña historieta originó un interminable camino en la cultura de masas llevándonos a la Comicon de San Diego en el 2011, al Time Squard en el 2014, a la Feria del libro de Frankfurt en el 2015 y este año a las FIL Guadalajara a inicios de diciembre.

De imprimir un pequeño tiraje en los talleres de la calle Pizarro pasamos a ser licenciados por la editora Planeta en el 2018, además de ser pirateados por editoras fantasmas, de esta manera nuestro trabajo puede ser encontrado en diferentes formatos y precios desde las librerías grandes hasta las tiendas del Jr. Camaná por menos de la mitad de precio original.

En el 2017 viajo a Porto Alegre para iniciar estudios de maestría en la Universidade Federal do Rio Grande do Sul, donde actualmente trabajo en el Atelier Errante, un colectivo que formamos junto a cinco amigos, con exposiciones y eventos de arte dentro de la escena cultural gaúcha. Me considero un indigenista mestizo de apellido árabe, amante de la caipirinha y de los toros.

Mi producción artística siempre estuvo en paralelo con las muestras que me acompañaron desde que empecé a exponer en Lima sufriendo variaciones en colores y formas manteniendo el blanco como universo de apoyo para la figura del hombre andino y no andino en situación de subalternidad.

¿Ilustrador o pintor?

Me considero artista visual, no logro encasillar mi expresión en un soporte físico bidimensional, me gusta el trabajo digital, los videos y las intervenciones”.

 

 

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