2020 Año Camus

Aniversario

El 04 de enero de 1960, a sus cuarenta y siete años, Albert Camus viajaba junto a su editor Michel Gallimard, la esposa y la hija de este, rumbo a París, adonde llevaba el manuscrito de su última novela, “El primer hombre”, obra casi autobiográfica que dedicó a su madre diciendo “Para ti, quien nunca podrás leer este libro”. Faltando pocos kilómetros, cerca de las dos de tarde, el automóvil en que viajaban, un moderno y recién estrenado Favel-Vega, se salió inexplicablemente de la pista y se estrelló contra el único árbol de las inmediaciones. Camus murió en el acto y su editor cuatro días después.

Mario Vargas Llosa en 1988 escribió este raro comentario en el epílogo de la novela más popular de Camus: “El extranjero, como otras buenas novelas, se adelantó a su época, anticipando la deprimente imagen de un hombre al que la libertad que ejercita no lo engrandece moral y culturalmente; más bien, lo desespiritualiza y priva de solidaridad, de entusiasmo, de ambición, y lo torna pasivo, rutinario e instintivo en un grado poco menos que animal. No creo en la pena de muerte y no lo hubiera mandado al patíbulo, pero si su cabeza rodó en la guillotina no lloraré por él”.

Fernando Sabater ha resumido bien, hace poco, lo que pensamos sobre nuestro autor: “Sin duda Albert Camus es uno de los protagonistas literarios de nuestro siglo que más amistades entrañables han despertado en sus lectores. Y desde luego también de los que ha concitado, al menos cuando aún vivía, antagonismos más irrevocables. Estos últimos son no menos comprensibles, porque hay en torno a Camus una aureola casi insultantemente positiva: fue atractivo, elegante sin afectación, moderno, valiente, recto, deportivo, un chico de la calle humilde pero arrollador, tocado por la gracia del fervor popular en cuanto hacía, fuese periodismo, novela o teatro, radical humanista de la política en tiempos especialmente inhumanos, laureado con el Premio Nobel más joven que nadie… Se enfrentó a todos los totalitarismos en una época en que prácticamente no se encuentra ningún intelectual que no coquetease antes o después al menos con uno de ellos… ¿cómo no envidiarle mucho, cómo no detestarle un poco, igual que se siente ojeriza por el infalible primero de la clase? Y sin embargo, despierta amistad: porque sabe mostrar el lado irrepetible y frágil de cada uno de nosotros, porque se declara incompleto, insatisfecho, falible, porque sostiene principios elevados pero demuestra amar hasta lo menos excelso de la vida, porque cultiva los razonamientos pero no escamotea su desenlace absurdo, porque muestra más de lo que demuestra, porque no se le puede confundir con un profesor y guarda siempre en él algo de trémulamente joven e inmaduro. Hasta la muerte fue galante con él, ahorrándole ¿ahorrándonos? las redundancias o las dimisiones de su envejecimiento”.

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