La literatura y la cebolla

Por: Percy Prado

Quien no quiera olvidar un amor coma cebolla. El poeta Ovidio, desterrado de Roma por la moral relajada de su obra titulada Arte de amar, hallaba en el “candidus bulbus” un alimento lujurioso, un afrodisiaco potente a mano de todos.

Marcial, epigramista latino, se burlaba de un viejo Luperco a quien ni los “bulbos salaces” le podían levantar los ánimos eróticos.

En Remedio de amor, Mariano Melgar, al traducir el consejo de Ovidio para olvidar la causa de nuestros quebrantos, dice: “No comas bulbo, que la sangre irrita”.

La cebolla, dama y señora de la comida criolla y del bolero cantinero, parece tener enormes poderes estimulantes. Al menos habría que creerle a Ovidio. Todo indica que el poeta sabía lo que decía, prueba de ello –según cuentan algunos– es su destierro ordenado por Augusto luego de que se descubriera que el escritor usó su sabiduría amatoria para complacer a la propia hija del emperador, la lujuriosa y adúltera Julia.

Antónimo de la cebolla, el laurel es símbolo de victoria desde que Apolo se trenzó una corona con sus hojas. Este mito no carece de cierta malicia, pues el laurel era la hermosa Dafne transfigurada para salvarse del acoso del flechador Apolo. El dios no pudo poseer a la bella ninfa, mas sí adornó su cabeza con la corona de laurel.

Vallejo nos dio una prefecta explicación de lo contrarias que son estas plantas. “Quiero laurearme, pero me encebollo”, escribió en su poema “Intensidad y altura”, que –según los críticos– trata de su frustración en la lucha contra la palabra. Aunque si le ponemos sal y pimienta, notaremos símbolos que malician a cualquiera: “me sale espuma”, “fruta de gemido”, “vámonos, cuervo, a fecundar a tu cuerva”.

A quien sí es difícil maliciar es a Miguel Hernández y sus “Nanas de la cebolla”, tierna poesía escrita para su hijo mientras el poeta estaba encarcelado. En una carta, su mujer le contaba que solo tenía cebollas para comer. Al poeta le dolió que su hijo mame de su madre alimentada con tan poca cosa y le escribió: “Vuela niño en la doble / luna del pecho. / Él, triste de cebolla. / Tú, satisfecho”.

Con quien la cebolla alcanzó nivel de oda fue con Neruda, quien la llama “estrella de los pobres” y la compara con el universo: “eterna, intacta, pura / como semilla de astro”. No en vano podemos notar que la compresión geocéntrica del cosmos por griegos y romanos se parece a una cebolla cortada por la mitad: aros concéntricos y en el medio la Tierra, el bulbo primigenio y vital.

La épica de la cebolla es la de Aquiles: lujuria por Briseida, llanto por Patroclo (en cuyo banquete fúnebre no faltaron los salaces bulbos). La cebolla es la novela, según Roa Bastos, donde las historias se sacan capa por capa, una igual que otra, hasta llegar al cogollo. La cebolla es el amor, el universo y la literatura. Sí, la literatura, la ilustre promotora de lágrimas sin pena; la única que –como dice Neruda– nos hace llorar sin afligirnos.

 

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