Filosofía y COVID

Entrevista a Wilbert Tapia, por Willard Díaz

Wilbert Tapia es profesor principal de la Escuela de Filosofía de Universidad Nacional de San Agustín, un docente correcto y respetuoso como pocos, cuya opinión, mesurada e inteligente, suele ser importante para autoridades y alumnos. Si nos ponemos a pensar en la respuesta que los filósofos y los humanistas tienen al problema crucial que estamos atravesando, su nombre nos parece idóneo para la consulta. Aquí sus opiniones.

Hay gente que piensa que la epidemia estaba anunciada por el deterioro mundial de los sistemas de salud; y otra que fue sorprendida por el COVID. ¿Cuál fue tu situación?

En la mayoría de los países, especialmente en Perú, los sistemas de salud no eran la preocupación principal. Bastaba con mirar las deslucidas infraestructuras de los hospitales locales para poder comprobar esa realidad; más patente era todavía la situación cuando se acudía a los servicios de emergencia y se observaba desde los pasillos a varios pacientes sobre camillas o sillas de ruedas, además de enfermos que esperaban pacientemente horas para que pudieran lograr su atención médica. Entonces, los sistemas de salud no respondían de manera adecuada a las demandas sanitarias y, evidentemente, tampoco estaban preparadas para una pandemia como la generada por el coronavirus.

¿Cuál es el cambio más fuerte que estás pasando? ¿Crees que será duradero?

Siempre existe la habituación, es decir, la tendencia a asumir formas de comportamiento y de pensamiento habituales dentro de un contexto determinado o normalizado. La pandemia ha modificado ese contexto y, consecuentemente, esos hábitos.

Por ejemplo, antes existía la costumbre de salir a realizar compras casi de manera mecánica, actualmente eso no es posible, uno tiene que estar atento a todo lo que ocurre: el uso de la mascarilla, la distancia con los vendedores y transeúntes, la precaución con las monedas y llaveros, la limpieza del celular, la desinfección de los productos, etc.; de otra parte, varios comportamientos se han dejado de lado como ir al cine, al teatro o practicar un deporte. Al mismo tiempo, la atención y las preocupaciones se han dirigido principalmente a las noticias vinculadas con el virus y a toda la variedad de reflexiones que ha generado sobre la importancia de la vida, la presencia de la muerte, el rol del Estado y de la ciudadanía, la incertidumbre, la comunicación a distancia, etc. En síntesis, hay un cambio significativo, intempestivo y obligado en la forma de vivir. Mientras nos encontremos en ese contexto esos cambios van a permanecer.

Recuerdo que desde hace cuatro años se empezaron a difundir las llamadas TICs en la UNSA, pero que esos intentos no despertaron mucho entusiasmo entre el profesorado. ¿Crees que ahora sí habrá éxito? ¿Por qué?

Efectivamente, la UNSA ha mantenido una política continua de capacitación en el uso de las TIC. A lo largo de estos años se han ido introduciendo paulatinamente en las prácticas académicas, especialmente con el uso de la plataforma virtual en el dictado de los cursos.

Lo que sucede es que hasta el año pasado ese recurso era un medio complementario a la formación presencial que se practicaba en la universidad; sin embargo, en la actualidad se ha producido un punto de quiebre en el que, dadas las circunstancias, se ha tenido que pasar inmediatamente a la formación a distancia o virtual.

Es muy prematuro decir si ese tipo de formación va tener éxito o no, tenemos un mes en su aplicación. Hay ciertas carreras que son más compatibles con la formación a distancia, la experiencia en educación virtual requiere de ciertas competencias que en todo caso recién se están llevando a la práctica, hay diferencia entre el tiempo presencial y el virtual, existe inequidad en el uso de equipos informáticos y en el acceso a internet, etc.

Habrá que hacer las investigaciones respectivas para saber la medida de éxito de esta nueva experiencia.

Con el énfasis hoy más que nunca en la crisis económica que se viene encima, en la recuperación del sistema, ¿temes algún peligro organizado para la enseñanza de la filosofía y las humanidades?

La enseñanza de las humanidades y de la filosofía ya estaba en peligro antes de la crisis económica que se está produciendo con la pandemia. La mayoría de los países, dentro del énfasis en la lógica productiva que los guiaba, veían este tipo de enseñanza como innecesario y por eso sus políticas educativas estaban dirigidas a reducirlas a su mínima expresión y, en algunos casos, a eliminarlas.

La crisis que estamos viviendo constituye una oportunidad para variar esa situación; muchas de las reflexiones que se están formulando apuntan a cambiar las políticas que han venido implementando la mayoría de los gobiernos. Ahora se habla de priorizar la salud, la educación, el cuidado del medio ambiente; igualmente, se advierten los peligros del autoritarismo, se piensa en reconfigurar el Estado e incluso de la necesidad de una nueva forma de organización política global.

También existen preocupaciones por el sentido de la vida humana tanto individual como colectiva, la idea de la posibilidad de la muerte se ha convertido en un foco de atención.

Todos estos temas son precisamente centrales en la reflexiones humanísticas y filosóficas, así que si algo debemos aprender de la situación que estamos viviendo es de su necesidad en el mundo actual.

La comunidad académica filosófica mundial ha respondido de modos muy diversos a la crisis. Los hay que ven en esta una situación revolucionaria hasta los que confían en la recuperación del sistema capitalista. ¿Cuál es tu posición?

Es cierto que la crisis ha producido numerosas reflexiones entre los filósofos, la obra más representativa es el libro digital Sopa de Wuhan (2020) que es una antología de artículos y ensayos en la que aparecen Giorgio Agamben, Jean-Luc Nancy, Alain Badiou, Markus Gabriel, Slavoj Zizek y Byung-Chul Han, entre otros.  Precisamente estos dos últimos se han pronunciado sobre la cuestión del capitalismo: mientras que Zizek anuncia el golpe mortal al capitalismo, Han defiende que se consolidará con más fuerza. El primero avizora una nueva etapa histórica de colaboración global y control de la economía; el segundo observa la intensificación del individualismo.

Al respecto, pienso que deben evitarse las pretensiones proféticas frente a un problema de tanta complejidad como el que estamos viviendo; la crisis no es solamente económica, hay factores políticos, culturales, históricos, etc., todos ellos interactuando y retroalimentándose en diferentes niveles e intensidades, así que es muy ambicioso predecir lo que ocurrirá.

De todos modos, si algo se puede decir, conviene hacerlo guiándonos por el principio del término medio aristotélico ante dos posiciones extremas; así, es evidente que en estos momentos el sistema capitalista y la globalización que lo acompaña se están remeciendo, los cierres de fronteras y las medidas de aislamiento no permiten el funcionamiento regular del libre mercado que es uno de los principios básicos de ese sistema. Si, como consecuencia de la crisis, las sociedades aprenden que lo económico es solo un subsistema que coexiste y se correlaciona con los subsistemas de la salud, la educación, la cultura, etc., dentro del sistema general de la sociedad, entonces sí podría hablarse de un cambio social.

La solidaridad es uno de los valores más cuestionados por la pandemia. ¿Piensas que va a haber una toma de consciencia sobre ideales comunitarios que sea permanente? ¿O solo se trata de salir del paso?

No estoy seguro de que la pandemia haya significado una toma de consciencia generalizada sobre la importancia de valores comunitarios como el de la solidaridad. Al menos en nuestro país podemos observar un cumplimiento muy irregular respecto a la distancia social en los mercados, los bancos y los servicios de transporte, es decir, no ha habido un sentido de responsabilidad ni hacia sí mismos ni hacia los otros, algo que constituye una nota distintiva en la solidaridad.

Por otro lado, sí es cierto que, para un sector social, el período de aislamiento ha despertado inquietudes existenciales dirigidas a la revaloración de la vida, la salud, la familia, tanto en sus dimensiones individuales como colectivas.

Ahora bien, cuando las personas atraviesan momentos críticos, es natural que se formulen promesas de cambio; las sociedades históricamente también han atravesado períodos críticos que las han llevado a proyectar ciertas reformas. En ambos casos no se ha logrado mucho, así que hay que ver esos tipos de toma de consciencia con cierto escepticismo.

¿Qué filósofo nos recomendarías leer para comprender mejor este tipo de trastornos sociales?

Dada la dimensión del tema, me parece que la sugerencia no podría concentrarse en un filósofo y, además, no solamente con el objetivo de la comprensión.  En ese sentido convendría recurrir a la lectura de los filósofos estoicos como Séneca, Epicteto y Marco Aurelio quienes vivieron épocas de crisis y en sus libros propusieron máximas para enfrentarlas. Más contemporáneamente, también convendría la lectura de los filósofos de la complejidad como Edgar Morín. Finalmente, la propuesta del principio de responsabilidad de Hans Jonas igualmente constituye una lectura recomendable.

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