El gato y el zapato Crocs

Por: Raúl Romero

Observar detenidamente a un gato constituye una de las formas más sublimes de la contemplación: cada uno de sus movimientos es de una belleza exquisita.

Quizá por ello, algunos poetas se vieron tentados a emplear las palabras, gráciles y escurridizas como ellos mismos, para rendirles homenaje: “El gato es una gota de tigre”, dijo Jairo Aníbal Niño; “eres, bajo la luna, esa pantera que nos es dado divisar de lejos”, escribió Jorge Luis Borges; “Oh pequeño emperador sin orbe, conquistador sin patria, mínimo tigre de salón”, poetizó Pablo Neruda.

Creo que los gatos, gracias a la forma despectiva y condescendiente en que tratan a los humanos, nos recuerdan que, después de todo, solo somos una especie como cualquier otra, inclusive más torpe y endeble.

Al respecto, es sabido que muchos de ellos visitan distintos hogares y cada familia los bautiza con un nombre diferente y les da de comer, creyendo, ilusamente, que con ello obtienen su posesión exclusiva.

Mi novia Cali tenía una gata llamada Catalina, una hermosa minina que, bajo su afelpada apariencia, escondía una personalidad napoleónica. Cuando Cali trabajaba en su computadora, la gata solía posarse sobre su teclado para exigir su absoluta atención. Y, en las vísperas de Navidad, encontraba un placer especial en acurrucarse sobre el preciado nacimiento de su abuela, donde hacía la siesta junto al niño Jesús.

En el patio del departamento donde nos mudamos recientemente, Cali y yo hemos descubierto, por lo menos, a cuatro gatos merodeadores. A veces, mientras desayunamos o almorzamos, los sorprendemos escrutándonos con extrañeza desde lo alto de los muros. Son gatos solitarios y autosuficientes, que, cuando se cruzan en un mismo espacio, pasan largos minutos estudiándose amenazadoramente.

Hace algunas semanas, uno de ellos, el más sagaz, ingresó a nuestra cocina a altas horas de la noche. En su afán por alimentarse, le importó poco nuestra presencia o la de nuestra perra Matilda.

Otra noche, el mismo gato, o quizás un congénere suyo, hurtó un zapato Crocs que Cali había olvidado en el patio y, luego de arrastrarlo aparatosamente por las escaleras de caracol que conducen al departamento vecino, lo dejó abandonado en la parte alta de un muro.

¿Con qué finalidad hizo aquello? ¿Qué utilidad puede tener para un gato un calzado de ese estilo? No tengo una respuesta concreta, pero, como todo lo que proviene de ellos, me parece de una belleza indescriptible.

 

 

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