La curiosidad

Por: Raúl Romero Flores

Algunos amigos del colegio se sorprenden al enterarse de que alguien como yo, un pésimo estudiante, un repitente, se haya dedicado con entusiasmo a la promoción y a la mediación de lectura durante varios años.

No cabe duda de que las malas calificaciones obtenidas en la escuela son un estigma del que es imposible deshacerse. Para un mal alumno, la poca valoración no solo proviene de parte de condiscípulos y profesores, sino sobre todo de uno mismo, que aprende, jalado tras jalado, a verse y concebirse como un zoquete sin remedio.

Es durísimo conciliarse con los estudios luego de experiencias negativas en la escuela. En mi caso, por más que haya estudiado dos carreras universitarias en las que obtuve mejores calificaciones, aún resuenan en mi mente las palabras de algunos profesores del colegio: «Si Romero puede resolver este ejercicio, entonces todos pueden», «Romero, es usted como la lepra».

Creo que, si he persistido en promocionar la lectura a pesar de mis antecedentes, se debe principalmente a que mi curiosidad sobrevivió, apaleada y maltrecha, a la disciplina escolar. Gracias a la curiosidad me acerqué a los libros, me convertí en lector furtivo y descubrí que lo que uno aprende en las aulas es solo una diminuta partícula en el vasto universo del conocimiento.

Lamentablemente nuestro sistema educativo no valora a la curiosidad. Basta asomarse a una clase de colegio o de universidad para constatar que, en la gran mayoría de casos, esta es percibida como un estorbo del que es mejor deshacerse. Aquellos intereses personales por los dinosaurios, las estrellas o los seres fantásticos que atesoramos cuando somos niños o niñas son inmediatamente aplastados por el peso incontestable del currículo.

Según la física española Sonia Fernández-Vidal, un niño de 4 años hace un promedio de 473 preguntas al día, pero, creo yo, cuando termina el colegio, reemplaza todas esas dudas por una certeza única: en esta vida, lo más importante es alcanzar el éxito.

La Nueva Ley Universitaria peruana exige que los centros educativos superiores realicen y publiquen cada vez más investigaciones de calidad. Sin embargo, ¿cómo alcanzaremos esa meta sin ayuda de la curiosidad?, ¿cómo fomentaremos la investigación si la duda está vetada desde que iniciamos nuestra educación formal?, ¿cómo formularemos preguntas si la Filosofía ha sido reemplazada por las recetas del coaching y la autoayuda?

Al igual que Graciela Montes, considero que, si no hay enigma, no hay lectura. Y, junto a Aristóteles, sostengo que el origen del afán de conocimiento parte del asombro y la curiosidad. No nos deshagamos de las dudas, apreciémoslas como a las plantas de un jardín fecundo.

Como dice Angélica Edwards, «Crear el apetito de la cultura, la curiosidad, el deseo de aprender, debiera ser la primera, segunda y tercera etapa del aprendizaje».

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