El día en que se detuvo el tiempo

Ensayo por Humberto Altuna Sotomayor

 Lunes 12 de junio de 1950, Arequipa había iniciado una de las tantas revoluciones, otra vez y como era costumbre, para protestar contra el pretendido intento de liquidar a la democracia.

Por aquellos tiempos era presidente de facto de Perú Manuel A. Odría, (La A, corresponde a Apolinario, nombre que el presidente evitaba escribir pues no era de su agrado que lo llamasen así), quién oyendo el clamor de la población decidió llamar a elecciones presidenciales de las que era él mismo uno de los candidatos. Se presentó también Ernesto Montagne, militar retirado y candidato de la “Liga Democrática”, quién rápidamente alcanzó el cariño del pueblo. Odría, viendo en Montagne un rival que no podría vencer lo tachó, aduciendo su ascendencia francesa pues el abuelo paterno era francés. Sin embargo, el candidato era peruano de nacimiento, ex militar del ejército y diplomático peruano retirado. El pueblo indignado por el abuso del actual presidente rápidamente salió a las calles a mostrar su inconformidad con lo que estaba sucediendo.

La arremetida policial primero, del ejército después, en contra del pueblo arequipeño ordenada por el prefecto y comandante de las fuerzas armadas de Arequipa, Coronel Daniel Meza Cuadra, calentó los ánimos de la población y las protestas se descontrolaron. Heridos al inicio y muchos muertos al final, fueron el corolario de dicha insurrección popular.

Se saquearon lugares donde se sospechaba que hubiera armas, como el casino de la guardia Civil de la calle Mercaderes, al cual, tras no encontrar nada, incendiaron. Se atacaron las instalaciones de la empresa de electricidad, ya conocida desde esa época como la Seal, para quitarles las armas a 12 soldados que custodiaban tan elemental servicio.

Y las acciones rebeldes continuaron. Esta vez el blanco fue un camión del ejército peruano atacado en las inmediaciones del hoy Parque Duhamel (antes Plaza Bolognesi) y del cual consiguieron los insurrectos algunas armas, entre ellas tres ametralladoras ZB30, de esas grandes que tenían dos parantes en la parte del cañón para apoyarlas al piso y disparar echados, que pasaron a poder de los rebeldes en las primeras acciones. Posteriormente se supo que una de las ametralladoras quedó malograda al subirla a los techos de la Universidad Nacional de San Agustín, donde se había instalado el centro de reuniones y donde más tarde se improvisó un velatorio. Las atónitas miradas de la muchedumbre seguían las maniobras para hacer funcionar a la ametralladora.

Pero, ¿quiénes hacían dichas maniobras?

Eran dos ex licenciados del ejército quienes haciendo uso de sus conocimientos militares trataban en vano de recuperar el arma. Las otras dos quedaron en poder de dos ex licenciados del ejército, Santiago Paredes y Elvis Dongo, ambos expertos en el uso de armas de fuego.

Los comentarios que se difundieron en aquella época y posteriores publicaciones de libros, revistas y periódicos, señalan y coinciden en que fueron dos los tiradores que mantuvieron la resistencia disparando con dichas ametralladoras. Uno colocado en una de las torres de la Catedral y el otro encima del edifico denominado “La Ricci” por el nombre del establecimiento comercial, la Rinascente, que se ubicaba al costado de la plaza.

Santiago Paredes, apodado El Chino, practicaba tiro durante su estancia en el ejército. Militante aprista de larga trayectoria, además dirigente sindical y esforzado luchador que permaneció varios años en prisión por sus ideales. El Chino ha proporcionado información de los sucesos ocurridos, en una entrevista que publicó la revista “Mistiana” en 1975; allí cuenta que cuando las fuerzas armadas empezaban a imponerse y tomaban la Plaza de Armas y la resistencia empezó a decaer, comprendió que ya todo estaba perdido. Revisando sus municiones se dio cuenta que solo le quedaban dos balas. En ese instante escuchó el tañer de las campanas del reloj de la Catedral que señalaba el ángelus del ocaso. Arequipa iba anocheciendo y pensó que no valía la pena desafiar sin municiones al bien armado ejército. Mirando fijamente el reloj de la catedral, decidió que sus dos últimas balas marcaran para siempre su esfera y que el disparo quede como huella y testimonio de la revolución que Arequipa emprendió por su dignidad, por su honor y su orgullo.

¡Disparó! Eran las 18:02 minutos del 14 de junio de 1950, día en el que se detuvo el tiempo, cuando la esfera del histórico reloj quedó con la marca eterna, y dejó de funcionar, como mudo testimonio de una de tantas heroicas resistencias del pueblo arequipeño.

Por la acción de la cuál él fue el protagonista, lo tomaron prisionero y luego lo sentenció una corte militar.

De Elvis Dongo, el otro tirador, se sabe que escapó a Bolivia dónde se refugió algún tiempo, sin dar testimonio de lo que ocurrió.

Así transcurrió el día en el que se detuvo el tiempo

Los estudiantes del colegio de la Independencia Americana, que por esos días habían dejado la huelga de su colegio, salieron a las calles para protestar por el abuso y ataque del ejército en contra de su colegio. Marchaban heridos, producto del enfrentamiento con el ejército, llegaron a la Plaza de Armas para ser escuchados.

Algunas versiones propaladas falsamente indicaban que varias personas entre ellas los mencionados estudiantes, trataron de trepar por las columnas de la catedral para tañer las campanas a rebato y que Arequipa se entere de lo que venía ocurriendo. La soldadesca, según esta versión, tratando de evitar dicha acción disparó contra los casuales escaladores, y una de las balas habría dado en la esfera del reloj; versión esta que nunca fue comprobada.

 

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