Taller: Cuentos fallidos

Por Willard Díaz C.

He sido director del Taller de Escritura Creativa de la Escuela de Literatura de la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa durante hace 30 años. A lo largo de mi carrera como docente fui Jurado en muchos concursos literarios, los últimos el Premio Regional del INC del Cusco en 2007 y 2008, los Juegos Florales Universitarios de la UNSA y las dos últimas convocatorias del Concurso de Cuento de la Alianza Francesa y el semanario El Búho, el Premio Nacional de Literatura y el Concurso de la Universidad Católica San Pablo. Han pasado por mis manos, como podrán suponer, miles de páginas de escritores jóvenes del sur del Perú. Voy a describir y comentar tres tipos de cuentos fallidos que se suelen presentar a estos Concursos, y a sugerir desde mi experiencia de escritor y de docente, algunas soluciones.

 

  1. Los cuentos mal escritos.

Casi la mitad de los cuentos en concurso son eliminados al primer vistazo debido a sus errores de escritura: mal uso de letras, tildación deficiente, errores de concordancia de género y número, errores en el uso de gerundios, mal uso de pronombres, adverbios incorrectos, signos de puntuación que sobran o que faltan.

Ningún Jurado ha podido librar jamás a un cuento que tenga errores de ortografía de ir al paquete de los descalificados. La literatura presupone un dominio previo de las reglas del idioma y una pulcritud extrema de la escritura; antes de ser escritor de ficción uno debe ser un escritor correcto. Una b por una v, o al revés, deslucen tanto una página de prosa como una mancha de tinta sobre una cartulina en blanco. Una coma mal puesta rompe de modo abrupto la lectura y quiebra la atención del lector. Recordemos la hermosa frase del cuentista ruso Isaac Babel en el cuento “Guy de Maupassant”: “Ningún hierro puede despedazar tan fuertemente el corazón como un punto puesto en el lugar que le corresponde”.

A esta destreza ortográfica y gramatical se debe sumar la destreza en la escritura de la prosa, que tiene también sus propias reglas. No es lo mismo escribir para un diario o en un email, escribir un ensayo o un libro de historia, que escribir un cuento o una novela. Enrique Anderson Imbert en un libro recomendable titulado “La prosa” (1998) deja bastante claro que la diferencia entre la poesía y la prosa reside en la diferente métrica que despliegan: el ritmo del poema está marcado por la extensión de los versos; en cambio el de la prosa radica en la marcación de las unidades sintácticas. “La exactitud sintáctica es lo artístico de la prosa —nos dice—. En última instancia esa sintaxis tiende a transparentar la lengua, para que se vea cómo el pensamiento se levanta, se arregla y se mueve de aquí para allá con pasos desiguales”. Esto significa que el ritmo de la prosa debe seguir, representar, iconizar el ritmo de lo expresado en cada paso de la acción narrada. El ritmo marca el tono musical, la melodía pausada o rápida, los tiempos y contratiempos de la acción que se está contando. Y su dominio musical es el arte del narrador. Se necesita un oído especial para encontrarle el ritmo adecuado a nuestro cuento, a cada una de sus partes, a cada idea. Hay cierto talento innato en esa sensibilidad, pero también se puede adiestrar, mejorar y dominar a punta de escuchar buena música y leer en voz alta como cantando. De momento solo puedo recomendarles que lean en voz alta lo que escriben, si tienen en la lectura algún tropiezo o dificultad es porque está mal escrita la oración.

 

  1. Los cuentos orales.

Hay un veinte a treinta por ciento de cuentos que son eliminados porque no son cuentos literarios sino tradiciones orales de un pueblo transcritas al papel. Si es cierto que el cuento nació como expresión oral, y que las historias anónimas de monstruos y aparecidos fueron y en algunos lugares todavía son temas interesantes, la evolución de la humanidad hacia el siglo XVII innovo la narración al alejarse de esas fuentes orales y de sus temas anónimos. Ya Cervantes se preciaba de sus “novelas”, que se llamaban así por esos tiempos en alusión a la “novedad” que traían. No quiso repetir historias populares sino crear las suyas.

Recopilar historias populares, cuentos regionales, mitos y leyendas es trabajo de antropólogos e historiadores; un trabajo muy importante, sin duda. Pero no es arte de narrador. A falta de esos antropólogos que visiten nuestra región y estudien nuestras tradiciones nos sentimos a veces llamados a transcribir al papel los viejos relatos de nuestros ancestros y pensamos que esos cuentos orales rescatados podrían ganar concursos. Lo que se llama “el cuento moderno” surge cuando la oralidad cede el paso a la escritura. En el cuento oral importa más que la forma la historia contada, historia que de un cuentero a otro podría perder o ganar algunas palabras porque la memoria es frágil. En el cuento escrito las palabras ya no cambian, quedan fijadas para siempre en el papel, y por ese motivo empiezan a tener cada vez más importancia. La manera de contar, la elección del vocabulario, la perfección de la gramática, la musicalidad de la prosa, la íntima correlación entre lo contado y el lenguaje con que se cuenta se van afinando con los siglos y hoy llamamos cuento al cuento moderno, literario, creativo. Esa es la idea de cuento que utilizan por lo común los Jurados, y por eso muchos cuentos populares, importantes sin duda como documentos históricos y antropológicos, son separados del conjunto, no sin pena, pero con determinación.

 

  1. Los cuentos didácticos.

Siempre en la línea de lo tradicional, hay muchos escritores que piensan que el rol más importante de un cuento o una novela es enseñar algo al lector, moralizarlo, politizarlo, humanizarlo o convencerlo de alguna tesis. Son relatos con moraleja. Es fácil sacar al final de la lectura la idea central del texto.

Y efectivamente, durante varios siglos las parábolas de la Biblia, las Vidas de Santos, las fábulas y los apólogos tuvieron esa función aleccionante. Aún algunas formas modernas de la literatura panfletaria la mantienen. La idea de que el escritor puede cambiar políticamente a la sociedad no es alocada. Solo que evade una cualidad esencial de la literatura: su ficcionalidad.

El cuento y la novela no son documentos que reflejen la realidad, que cuenten los modos de ser o de vivir de una época o un pueblo, que digan lo que ha pasado; son relatos ficcionales de lo que podría haber pasado. Cuentos y novelas difieren de los documentales históricos o sociológicos cuyo valor se mide en relación directa al grado de exactitud que guardan con los hechos y las épocas. La literatura en prosa, la narración, no aspira a ser verdadera, solo a ser verosímil, creíble. Un cuento no nos dice nada sobre las experiencias de su autor, sobre su pasado y su entorno. Crea un mundo alternativo, imaginario, ficcional, en el que las experiencias personales son apenas una parte de la estructura narrativa y no la más importante. Se puede contar hechos que nunca han sucedido y eso no desmerece al arte.

Jean-Marie Schaeffer, en un libro imprescindible cuyo título es “Por qué de la ficción”, deja claro que la narración literaria es un fingimiento lúdico compartido cuyo fin es crear mundos imaginarios en los que las contradicciones insoportables de los seres humanos hallan por fin un medio catártico de resolverse.

Literatura es ficción, es un hacer como-si, una especie de juego en el que participan el autor y el lector bajo un contrato ficcional: uno finge que cuenta algo verdadero y el otro finge que le cree; y sin embargo ambos lo hacen bajo el supuesto de que aquello no es verdadero sino literatura. Una especie muy extraña de fingimiento porque es compartida. Aprendemos desde pequeños que del mismo modo en que los juegos son un fingimiento, la ficción es otro: la invención de una realidad que no existe. Y entramos en este trance imaginativo con un fin bastante humano: para ver en esas historias imaginarias resueltos nuestros conflictos más íntimos y trascendentes. Antagonismos que en la vida real son insoportables de pensar en las historias ficcionadas pueden serlo. Eso significa creación de mundos posibles, y de ningún modo mera representación del mundo ordinario y la realidad existente. Esa es la naturaleza de la ficción literaria y del cuento: crear, no reproducir.

Por eso ningún escritor competente juzgará a su obra en la medida de la verdad de sus acciones respecto al mundo o por la importancia de sus denuncias o por la fidelidad con sus fuentes.

La literatura, repito, no habla de lo que ha pasado; propone un futuro posible.

 

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