30 años de la muerte del pintor ultraórbico

Por: Percy Prado

 Manuel Domingo Pantigoso nació con el siglo. Como suele pasar con notables artistas, en los números de su nacimiento parece haber un orden, un mensaje cifrado que adelanta, en cierta manera, algún carácter de su arte. Pantigoso nació en Arequipa el 26 de julio de 1901, sus primeros aires los bebió en el ambiente de las Fiestas Patrias, y más tarde nuestro pintor alcanzaría en sus témperas, murales y grabados una representación magistral del espíritu sincrético peruano.

Acosado por las estrecheces económicas, pero dueño de una voluntad inquebrantable, de una inteligencia sobresaliente y una extraordinaria sensibilidad, desde niño halló la forma de hacerse camino para no adeudarse ningún sueño. Su primer trabajo, cuando aún iba a la escuela primaria de Miguel Ángel Cornejo, fue el de canillita del diario El Pueblo (que hoy le rinde homenaje con la publicación de estas líneas) y del diario El Deber (ya desaparecido). Por entonces los niños vendedores de periódicos habían creado un pregón especial: iban por las calles arequipeñas gritando: “Puebliiii, Debiiii”, con esa manera infantil de usar la “i” para dulcificar la urgencia.

Así nació también lo que podemos llamar el primer sobrenombre de nuestro notable artista. Cada vez que lo veían llegar a la escuelita, sus compañeros le gritaban: “Puebliiii, Debiiii”. Nunca se arredró y asumió con hidalguía su trabajo. Más adelante, cuando ya era considerado uno de los grandes pintores peruanos, los amigos, familiares y admiradores lo llamarían simplemente “Panti”, con ese modo adulto de intentar sintetizar en un par de sílabas la calidad humana y artística de un hombre y pintor fuera de serie.

Pantigoso hizo su primera exposición individual en Arequipa a los 19 años. A esa edad impresionó al gran poeta César A. Rodríguez quien dijo aquella vez: “hay uno [de los jóvenes pintores arequipeños] que saca la cabeza por encima de todos: se apellida Pantigoso. Es un niño con el alma plena de un pintor”. Manuel Domingo Pantigoso fue un autodidacta, se formó a sí mismo desde pequeño, ya a los 14 años estuvo con la Sociedad Anonima de Arte (Cusco 1913-1914), poco después con el grupo de los Jóvenes Amantes del Arte, de Juan Manuel Polar, y con el pintor Pedro León Oviedo. Estuvo también próximo al grupo Aquelarre y después al grupo Tea, que después sería el grupo Orkopata de Puno.

En 1923 expuso en la Universidad de Cusco, integró luego el falansterio del maestro Rafael Tupayachi y exhibió en Puno, La Paz, Buenos Aires y Montevideo. El gran Leopoldo Lugones, refiriéndose al arte de Pantigoso, señaló que “involucra una vuelta al espíritu americano”. En 1925, Gamaliel Churata dijo de él que “Es el representante de lo que yo hube llamado el ultraorbicisimo en la vida (…), musicaliza en la forma más grave y alta”.

Precisamente sobre la corriente ultraórbica, uno de los hijos del pintor y mayor estudioso de su obra, Manuel Pantigoso Pecero, quien es además un reconocido poeta peruano, señala lo siguiente:

«Es sabido que el espacio-tiempo desde la categoría conceptual del Tinkuy andino, es decir, de la unidad de los contrarios, del “allá” en el “acá”, y viceversa, conforman una unidad indestructible, de imantación recíproca. Esta corriente en la filosofía, en el arte en general y en la pintura -que representa la obra de Pantigoso- se denominaría Ultraorbicismo (palabra acuñada por Gamaliel Churata) al referirse precisamente a la refracción interna y externa del ensimismamiento, de ese “mirar hacia adentro” (del “allá” en “acá”). En este simultaneísmo estético, el “allá” será su basamento, aquello que cobija la mirada diacrónica dirigida al pasado, al ayer, a la historia, que se concretiza en el “cunan” (en el ahora, en el “acá” de un momento dado). Aquí está la estirpe antropológica de los elementos naturales y de los personajes que habitan en los cuadros de Pantigoso, cuadros de modernidad raigal, estructurados dentro de un estilo inconfundible en donde lo estático en movimiento y lo dinámico en esencia ultraórbica se plasman en latidos de agitada geometría circular, de espirales envolventes, componiendo distintos ritmos interiores para sus acuarelas, témperas y óleos».

La primera exposición de Pantigoso en Lima (1930) fue muy bien recibida y mereció elogios de Carlos Solari, importante artista de la época conocido como Don Quijote. Ese mismo año las ilustraciones que Pantigoso hizo para el poemario Ande de Alejandro Peralta recibieron el elogio de José Santos Chocano. En 1927 viajó a París donde expuso con los auspicios de Ventura García Calderón y el apoyo de César Vallejo y Ernesto More. El poeta de Trilce admiró “su fuerza e intensidad del color”. En 1929 Pantigoso decoró el Pabellón Peruano en la Exposición Iberoamericana de Sevilla. Expuso también en Madrid. Un año después regresó al Perú casado con la dama española Antonia Pecero Hernández, con quien tendría 9 hijos.

En 1930 expuso en Lima “Decoración mural con motivos peruanos” e impulsó en La Paz la Semana del Arte Indianista. En 1932 fundó junto con otros pintores la revista Cunan que tuvo 6 números. Ese año realizó la Primera Exposición Peruana de Pintura Indianista. Luego exhibiría en Panamá y Chile, donde obtuvo el Premio de Honor y la Medalla Plata en la Exposición Internacional de Valparaíso.

En 1937 fundaría el salón de los Independientes, que luego se exhibirían en 1940 y en 1963, importante aporte al arte peruano por el cual es también reconocido. Su última muestra en Lima había sido un año antes. Fue entonces en que empezaron a llegar los reconocimientos de varias ciudades peruanas, entre ellas Arequipa y Magdalena del Mar (Lima), su distrito de residencia por cerca de 50 años. En 1984 se le concedió el Premio Nacional de Cultura, en Arte. Al cumplir 70 años de vida artística los coleccionistas de Londres expusieron sus témperas en el Canning House.

Manuel Domingo Pantigoso, el pintor ultraórbico, hijo de Manuel Trinidad Ámbur Pantigoso y de Juana Pinto Montoya, murió el 24 de enero de 1991. A 30 años de su muerte lo recordamos en esta apretada reseña de su vida y obra con la convicción de la vigencia de su arte y de la pervivencia del mismo en los años venideros.

Manuel Domingo Pantigoso llegó al arte con la convicción de que en él se hallaba la acción absoluta que todo hombre debe afrontar, la verdaderamente universal y fuera del tiempo, aquella acción que redime al hombre frente a la muerte. Pero entender el arte de Pantigoso como una mera «evasión» es casi un error tan grave como querer precisar con sabiduría de erudito los sesgos de interpretación que muchas veces se cometen sobre su obra: el espacio que requiere la creación es para Pantigoso el espacio de la mayor rebeldía y renovación, pero también de esperanza y unidad. Su arte constituye, por su trascendencia, un patrimonio de la cultura peruana. La proyección de su obra se manifiesta en todos aquellos pintores que, siguiendo su huella, han contribuido para que el arte peruano tenga actualmente categoría latinoamericana y universal. Partiendo de una línea independiente del llamado “indigenismo”, su lenguaje cromático y estructural –siempre renovado– alcanza una modernidad sorprendente por su capacidad de abstracción y de síntesis.

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