Lectura bajo la lluvia

Por el escritor arequipeño P. Condori

Días de blanca lluvia. ¿Leer la lluvia es equivalente a leer la poesía: lees un misterio que te desborda, un enigma que te aniega, una inasible minuciosidad adorable de lo extraño y lo singular? Leo estos poemas amados en días de blanca lluvia, en cierto pueblo desaparecido del Ande, la Tierra de los Watayponchos. A lo largo de sus nomadismos Mitmaq y sus sedentarismos Saykusqa, a lo largo de las residencias azarosas y los azarosos transtierros, a lo largo de las rutinas y las perplejidades, trabajos y desinocencias, ruidos, ensimismamientos, ritos, asechanzas, uno va apilando (acumulando y acumulando) la antología espontánea de los poemas más memorables que nos ha sido dado, por los hados, palpar, degustar, amar. Raro alimento este de la poesía: a cada paso se nos presenta. A cada paso estalla, en un tropel fulgurante, un cúmulo abisal, grandioso y cotidiano de hechos o seres, cosas o fenómenos, y no hay manera de huir. A cada paso emerge, ya luminosa o ya manchada. O bien virgen y reciente o bien antiquísima o inmemorial. Ya sea pagana, ya sea pura. Efervescencia contradictoria. Multitud de placeres confusos. La poesía te toca, sin más, o con el satén de lo extraordinario o con el papel de la trivialidad. Se puede decir que se imanta por igual a lo sagrado y por igual a lo profano. No hay día en que no baile para ti su pasmo. No hay día en que tú no bebas su hálito. Duerme, noche a noche, lecho a lecho, a tu lado. Hasta ha ineminado tus sueños. La poesía se ha enamorado del Todo, si tal laberinto existe.

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