“LÍNEA ABIERTA”

Por: César Delgado

—¿Con quién hablo— oyó una infantil voz femenina—, ¿cuántos años tienes? —Nuevamente, de un solo aliento—. ¡No vas a cortar! Quiero pedirte un favor.

Se dejó ganar por la candorosa vocecita.

—¿Cuántos años tienes? —insistió, más segura.

—Veintitrés. ¿Y tú?

—Catorce años.

—¿En qué año has nacido?

—En mil novecientos setenta y uno —respondió, sin vacilar.

—Bueno, digamos que podría ayudarte, pero cómo puedo saber que no estás jugando una broma.

—No me gusta hacer bromas. Soy muy seria en todo.

—Eso está bien, pero cómo puedo estar seguro.

—Para convencerte, voy a darte el número de teléfono de mi casa, corto un momento y luego llamas.

Marcó el número y ella respondió.

—¿Podemos vernos más tarde? —quiso saber de una vez la chica.

—En algún parque, supongo. ¿Hay alguno cerca de tu casa?

—No. Tan solo la Plaza de Armas.

—Creo que podría ser allí.

—Me parece bien, queda a tres cuadras de mi casa.

—A qué hora. Son las seis.

—¿A las ocho? Tengo que cenar, y después buscar una disculpa para conseguir permiso.

—¿Y cómo te reconoceré?

Un breve silencio.

—Estaré con un pantalón blanco, una blusa a rayas y chompa azul.

—Creo que podré reconocerte.

—No creo que te equivoques. No soy ni alta ni baja de estatura, más bien tengo un porte mediano, no soy ni gorda ni flaca, tampoco soy bonita ni fea.

—Creo que yo también me mantengo en ese término medio.

—Yo te buscaré, si me das una señal para encontrarte.

—¿Qué peinado usas? —preguntó él—. ¿Llevas el cabello suelto?

—Estoy a la moda, partido por el medio y un poco ondulado.

—Creí que la moda era el cabello suelto.

—Estás atrasado —respondió ella, divertida. —Iré con una amiga mía— se creyó obligada a decir.

—Mejor vas sola. ¿No te parece?

—Bueno, iré sola.

 

Pasó una muchachita con aspecto deportivo y entró en la Catedral. Al rato reapareció, se detuvo un momento al borde del atrio, miró la banca donde se hallaba un hombre fumando, y con paso rápido se dirigió hacia él.

—¿Usted no es Marcelo?

—¿Y tú, no eres Claudia?

Le estrechó la mano, haciendo sonar unos aros de metal que ella llevaba en la muñeca.

—¿Quieres sentarte?

—No me gusta sentarme en los parques.

—Entonces caminemos.

—Lo reconocí por la barba, y me acerqué. Tenía miedo de venir, pero temí que llamara a mi casa, y que mi abuela se enterara de esto. He salido apurada de mi casa. No he tenido tiempo de ponerme la ropa que había prometido usar, y me he venido así.

Observó que llevaba una chompa blanca, jeans y zapatillas blancas con franjas rojas.

—Vamos por aquí —dijo ella, señalando la calle Santa Catalina—. Tengo caterce años, iba a traer mi partida de nacimiento, pero con el apuro se me ha olvidado.

Caminaba junto a la pared, muy seria y con los brazos cruzados sobre el pecho.

—En mi vida creí que me acercaría.

—Yo tampoco pensé que vendrías.

—¿Verdad que es muy extraña la manera como hemos podido conocernos? —exclamó de pronto, animándose—. Marqué los cinco números del teléfono con los ojos cerrados, rogando dar con la persona adecuada.

—¿Y qué dices ahora?

—Me alegro que fueras tú.

Dos cuadras más arriba dieron vuelta y llegaron al Parque San Francisco. Estaba casi en penumbras, llenas de parejas de enamorados sentadas en las bancas, en las gradas y hasta en la puerta de la iglesia.

—Bueno, podemos conversar aquí —dijo ella, acercándose a las rejas de una ventana.

Seguía con los brazos cruzados, mirándolo ahora de frente y con cierta atención.

—Eras guapo de cara —dijo, y observándolo de arriba abajo, agregó: —Estás bien para mí, eres casi de mi porte, con tacos soy más alta que tú.

Levantó luego un brazo y, llevándose el índice a la boca, le pidió, esbozando una sonrisa pícara:

—Quítate los lentes.

¡Vaya mocita!, pensó él entre picado y divertido, y se sacó las gafas, sintiéndose un momento indefenso bajo su mirada.

—Bueno, te contaré —articuló lentamente, chupándose la punta del dedo índice—. Quiero que me ayudes a darle celos a mi enamorado. Pensaba traicionarlo con otro muchacho, pero ahora quiero darle celos. Nos peleamos porque un día, cuando estábamos juntos, un amigo nos pidió que le hiciéramos gancho con una chica, pero como yo la conozco a ella, y sé cómo es, me negué a ayudarle. Entonces él me dijo “Qué tienes que meterte en esto”, gratándome. A mí no me gusta que me traten de esa manera —dijo, mordiéndose el dedo y alzando los ojos para mirar  a las parejas—. Ya son tres veces que nos hemos peleado, la última vez que volvimos él me dijo que estaba más bonita.

—Sí, eres bonita…

—Me da celos con otras chicas —continuó, sin hacer caso del halago obligado—, y quiero pagarle con la misma moneda. Se ha portado muy mal conmigo. Se llama Walter… Es aquel que está con la chica de sacón azul.

—¿Y qué hago yo aquí?

—Podrías acércate más a mí —sugirió, dejando caer los brazos a los costados.

—Sería como marcar un número de teléfono con los ojos cerrados —dijo él, mirando sus pechos pequeños.

—¿Por qué?

—Porque uno nunca puede estar seguro de que al otro lado de la línea haya alguien que quiera responder a la llamada.

—¡Quién sabe!

 

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